Esto quiere decir que, según las encuestas que el Presidente consulta -y que, según se comenta, él mismo ha encargado a un precio bastante elevado- su popularidad, en vez de caer, crece.
Su forma de gobernar -y sus resultados- son en estos momentos objeto de una amplia contestación, pero no solo entre sus opositores (los despechados kirchneristas) sino entre quienes forman parte del mismo partido que sustenta al Presidente.
La popularidad, sin dudas, favorece la tarea de gobierno; o, en términos parecidos, lo que se conoce como «gobernabilidad».
Sin embargo, la misma popularidad apenas si tiene influencia sobre la «gobernanza».
La distinción parece superflua o para exquisitos, pero no lo es.
Porque mientras la gobernabilidad se enfoca en el resultado y efectividad del gobierno (aspectos que pueden ser espoleados de algún modo por la popularidad del líder), la gobernanza se enfoca directamente en el proceso y en la colaboración entre los actores.
Y es justamente en el proceso de toma de decisiones y colaboración entre actores gubernamentales y no gubernamentales en donde el Presidente -a pesar de su popularidad al alza- obtiene una calificación muy pobre.
El rol del Estado
El Presidente, autopercibido como enemigo frontal del Estado, emplea sin embargo la autoridad de este para expandir, según él, las libertades de los individuos; especialmente las económicas.Por tanto, si nos atenemos a su particular discurso, el Estado es para Milei un enemigo al que se puede utilizar como aliado transitorio para alcanzar sus fines, que no son otros que la extinción misma del Estado.
Pero esto del Estado como «fase transitoria» no es una creación teórica de los anarquistas sino de los comunistas.
Quien primero formuló la teoría fue Friedrich Engels, para quien, con la realización de los ideales del socialismo, la institución social de un Estado finalmente se volverá obsoleta y desaparecerá a medida que la sociedad pueda gobernarse a sí misma, sin el Estado y su aplicación coercitiva de la ley.
Fue, en aquel entonces, una adaptación de las ideas de Henri de Saint-Simon, retomadas posteriormente por el propio Karl Marx y, más tarde aún, por Lenin.
Milei ha calificado al Estado de «organización criminal», por sus exacciones tributarias, basadas según él, en la compulsión; que es exactamente lo mismo que harán desaparecer los comunistas cuando extingan el Estado: esto es, cuando tras el periodo temporal de la dictadura del proletariado, los individuos se comporten de una forma tan beneficiosa para la sociedad que ya no será necesaria la coerción (o la compulsión).
Las analogías son demasiado estrechas para pasarlas por alto. El déficit de gobernanza democrática se explica, en buena medida, por esta deriva filosófica.
Lamentablemente, «popular» también era el general Videla cuando en 1976 acabó con un gobierno carcomido por la ineficiencia y cercado por la violencia ideológica de uno y otro signo. Baste recordar, que el apoyo inicial a la dictadura militar fue amplísimo, y que, si bien cayó posteriormente, volvió a recuperarse parcialmente con los sucesos de abril de 1982.
La historia nos enseña, por tanto, que hay determinadas «popularidades» que pueden durar lo que vive una mariposa, y que si no hay gobernanza democrática (es decir, diálogo en libertad entre los que toman las decisiones y los que deben obedecerlas) lo que hay es autoritarismo puro y duro, o lo que es lo mismo, una forma de gobernar que, por los métodos que emplea y por su sustento discursivo, se asemeja a un remedo descafeinado de la dictadura del proletariado.