Muchas de las cosas que hoy se consideran lujosas o inaccesibles en la Argentina pueden estar al alcance de cualquier persona que tenga ingresos medios en Madrid y en cualquier ciudad española.
Recuerdo que hace algún tiempo un diario de Salta calificó como vehículo de «alta gama» a un Peugeot 206, que aquí es uno de los coches más normalitos.
Mi verdulero, por ejemplo, se mueve en un Audi A6 y a nadie le parece escandaloso. Desde luego, a mí no me lo parece. Pienso que si viviera en Salta, mi verdulero seguramente estaría tirando de un carro a pulso y estacionado en la avenida San Martín, si es que Bananita lo deja, por supuesto.
Muchas veces el lujo es una percepción subjetiva.
Un restaurante que cobra su menú de Nochevieja a 250 euros por cada persona no es especialmente caro, ni «lujoso». En cualquier otro día, ese mismo restaurante cobraría una cena no menos de 90 euros por persona.
Madrid es una ciudad cara, pero no lujosa. No es un refugio de bon vivants, como algunos en la Argentina piensan que es. La calle de Serrano no es la rue Castiglione ni Place Vendôme.
Hay aquí por supuesto gente a la que le gusta vivir muy bien, pero también la hay en la Argentina y me temo que allí son más. La diferencia -al menos la que yo veo- es que mientras los madrileños y madrileñas con un gusto especial por la buena vida no reniegan de la solidaridad y pagan altos impuestos, en la Argentina sucede casi todo lo contrario.
España no es de los países más igualitarios del mundo, pero al menos las desigualdades no son tan escandalosas e inmorales como las que destruyen la convivencia en otros países.
Los españoles viajan por todo el mundo y vacacionan en lugares lejanos y exóticos, porque pueden hacerlo y porque les gusta. Cuando van a la Argentina, o a Bali, nadie se pregunta aquí a quién le han robado. Se supone que han pagado sus vacaciones de una forma honrada y transparente.
Pero si el viaje fuera al revés; es decir, si un argentino pisa Europa, sea pobre o sea rico, inmediatamente se encienden las alarmas: «Pero miralo vos a este pelagatos. ¿De dónde habrá sacado la guita?».
Buena parte de la culpa la tienen algunos argentinos que viven por aquí muy modestamente y que sobreviven con empleos muy malos pero que en sus redes sociales se muestran como si fuesen auténticos potentados. Le dicen a sus más próximos que viven en la Moraleja cuando en realidad se apiñan en Usera.
Señoras que se compran un pantalón de Zara o un top en el Primark de la Gran Vía, y que le refriegan por la cara las compras a sus parientes en la Argentina, que adquieren sus pilchas en La Salada y no saben que en Zara o en Primark hay ropa de ultimísima moda a precios realmente bajos.
A ningún argentino expatriado, por motivos que muy bien conocemos, le gusta que en su pueblo o en su barrio sepan que en Europa se gana la vida conduciendo un Uber o repartiendo paquetes para Amazon, que no tiene nada de malo por supuesto, pero que no encaja con su «imagen» ¿Remisero yo? ¡Jamás! Yo opero cerebros en el hospital de La Paz o controlo las naves a Júpiter desde la estación de Robledo de Chavela.
El resto lo pone el gran complejo de inferioridad nacional. Para el acomplejado «argento» todo lo que hay fuera es «lujo» y lo que hay adentro es «miseria», aunque él viva mucho mejor de lo que viven algunos de los que han decidido emigrar.