Hoy, por esas cosas que tiene la acelerada actualidad que vivimos, me entero de que un psicoanalista de nuestros valles ha analizado «el discurso» del Presidente de la Nación, en el que el profesional advierte elementos psicóticos, de manipulación de la verdad y de enfermedad mental.
Inmediatamente pensé que nuestro Arzobispo, inflexible y dogmático como él solo, es en realidad un santo, comparado con el retrato satánico del Presidente de la Nación del que nos acabamos de enterar. Al final, si el Papa es el representante del «Maligno» en la Tierra, el Presidente es el mismo «Maligno», sin intermediarios terrenales.
En defensa de las sufridas psicólogas del Poder Judicial hay que decir que sus dictámenes, aunque superficiales y carentes de soporte científico, han sido ordenados por una jueza en el contexto de un proceso judicial disciplinado por normas objetivas y preexistentes. Hablo de una jueza que debería haber preservado estos informes y no darlos a conocer como si se tratara de cualquier verdulera.
Pero el «análisis del discurso» del Presidente de la Nación, aireado como si nada en un programa de televisión, no ha sido solicitado por ninguna autoridad y, en todo caso, ha sido efectuado sin conocimiento ni consentimiento de la persona «analizada».
En muchas partes del mundo, psicólogos y psicólogas de diferentes escuelas y orientaciones reclaman a diario que su ciencia sea reconocida entre las que contribuyen a la salud humana. En España, por lo menos, los psicólogos son profesionales sanitarios.
Los psicoanalizados, que se sepa, se denominan «pacientes», igual que se llama a uno que padece una hernia o que tiene piedras en la vesícula. Es decir, por principio, se debe respetar su autonomía y el profesional que los asiste o los trata debe guardar una estricta reserva de todo lo que de él conozca o pudiera llegar a conocer por aplicación de sus métodos.
No entiendo, en consecuencia, que se pueda hacer, a la distancia, -esto es, sin haber tenido un solo minuto al sujeto analizado delante de uno- un «análisis del discurso» y luego ventilar sus resultados alegremente como si esa operación de desembarco invasivo sobre el inconsciente de una persona (por más importante que sea) fuese de interés público.
Ya que estamos, ¿por qué no conocemos también los resultados de los análisis de orina del Presidente? Mucha gente estaría interesada en saber si los recortes a las universidades nacionales no están relacionados con un alto nivel de ácido úrico.
Alguien podrá decir que «solo» se ha analizado el discurso, pero, hasta donde soy capaz de saber, los psicoanalistas se dedican justamente a eso; es decir, a desmenuzar el discurso de sus pacientes, que hablan, hablan y hablan, mientras el shrink escucha con una pose freudiana y toma notas en una libretita.
La Constitución Nacional no exige a quien ejerce la primera magistratura del país tener todos los tornillos bien apretados. Si nos gobierna un chiflado, el problema no es de los psicoanalistas o de los psiquiatras sino de los que pudieran haber votado al que no está en sus cabales. Hay casi 300 señores y señoras (entre diputados y senadores) que podrían destituirlo y no lo hacen. No veo por qué tengan que hacerlo los psicólogos, a los que nadie ha votado.
Los psicoanalistas, casi como los curas, o quizá más, tienen una obligación reforzada de guardarse para sí lo que conocen, en el confesionario o en el diván. Esta obligación es eterna, puesto que se extiende mucho más allá de la muerte del paciente o del feligrés. Estaría bueno que un cura, sin haber confesado al Presidente (que tal vez prefiere contarle sus pecados a un rabino), sin haberlo tenido hincado en un reclinatorio arrasado y delicadamente perfumado, le prescriba por las suyas doce avemarías y setenta y seis padrenuestros, por pecados que él no ha confesado, de los que no se sabe si está arrepentido o no, y que surgen solamente de la lectura de los titulares de los diarios.
Tal vez el Presidente padezca hipertiroidismo y de allí su carácter un poco bastante mercurial. Pero estoy seguro de que ningún endocrinólogo en sus cabales, por más «militante» que sea, se animaría a pronosticar una disgregación del país o el colapso inminente de la democracia, sin siquiera haber tenido a la vista los resultados de un dosaje de TSH del Presidente de la Nación, sin haberle explorado y «tinqueado el coto» varias veces, como dictan los cánones. Muchos de los que engordan sin control, más que problemas de tiroides, tienen problemas de olla.
No veo por qué motivo, tratándose de la salud mental, alguien pueda aventurar diagnósticos lapidarios -e invocar a Lacan- solo porque no le gusta la personalidad del Presidente de la Nación. ¿Lo hizo Lacan con el general De Gaulle?
Un exceso como este, más que a desconfiar del Presidente, nos impulsa a desconfiar del psicoanálisis, o, para no generalizar, de algunos de quienes dicen practicarlo.