Y la razón que he encontrado no es el atraso del tipo de cambio, ni el nivel de las reservas, ni las dificultades que pueden estar atravesando nuestros exportadores o la protección de la producción de la precaria industria nacional.
La señora Kirchner considera que el peso argentino está sobrevaluado; pero no porque le preocupe especialmente la marcha de la economía nacional, el comercio exterior o la balanza de pagos. Es muy razonable pensar que la primera beneficiada por la depreciación de la moneda nacional sería ella.
Al peronismo en general —y al kirchnerismo en particular— no le importa para nada que el tipo de cambio que mantiene el gobierno nacional haga que los salarios que perciben los trabajadores argentinos les permitan (a pesar de la caída del poder de compra) ahorrar más dinero en moneda extranjera, un objetivo que una amplísima mayoría de los argentinos persigue y percibe como prioritario, aun por encima del consumo.
La apreciación del peso argentino, cualquiera sea la forma en que se haya conseguido, perjudica sin dudas los intereses de grandes deudores, como la señora Kirchner. Pero tampoco caben dudas acerca de que, pese a todo, pone al dólar al alcance de una mayor cantidad de ahorristas, que no podrían acceder a él (para ahorrar o para consumir) si la divisa estadounidense estuviera al precio que la señora Kirchner quiere que esté.
Por tanto, la devaluación que pretende el peronismo, y de la que ha echado mano cada vez que ha podido (recuérdese a Celestino Rodrigo en junio de 1975, o la siniestra pesificación de enero de 2002 dispuesta por Eduardo Duhalde), reducirá inmediatamente el salario de los argentinos (aunque pueda aumentar transitoriamente su poder de compra interno) y permitirá a la señora Kirchner cumplir con la pena de decomiso que pesa sobre ella con la mayor comodidad.