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  • Si no fuera por un avispado carnicero de la periferia de Salta no me habría enterado yo que ser «peronista» y ser «libertario» son opciones ideológicas antagónicas, irreductibles y mutuamente excluyentes.
Imagen ilustrativa
Imagen ilustrativa

El Tribunal Electoral de Salta, tan amigo de las decisiones mayoritarias y plebiscitarias, debería enviar rápidamente un «veedor» a la cola de la carnicería para comprobar si es más larga la fila de los «peronistas» que la de los «libertarios», y, en consecuencia, pagar las subvenciones que corresponden a los diferentes partidos en función de la cantidad de asado que cada uno retire de la carnicería.



El razonamiento es muy sencillo: si en las elecciones que organiza y fiscaliza el Tribunal Electoral, peronistas y libertarios se falsifican descaradamente para sacar ventajas, lo que serán capaces de hacer y de fingir ellos mismos para obtener la falda de costilla a un precio más asequible. Con la democracia se puede jugar, pero jamás con el puchero.

La curiosa oferta del carnicero salteño me hace acordar mucho al viejo chiste del hombre que en medio de la fiesta pidió que de un lado se pusieran los invitados del novio y del otro los de la novia, y, al final, cuando los asistentes se dividieron por mitades exactas les dijo: «Ahora rajen malevos de acá, que esto es un bautismo».

Por un kilo de asado barato, me consta, hay gente capaz de disfrazarse de trotskista, de Barbie rosa o de perroflauta. El carnicero debería tener en cuenta nuestra tan innata propensión al camouflage.

Ahora, lo que me parece sorprendente es que, al menos para la carnicería, el peronismo y la libertad sean como el agua y el aceite, como Caín y Abel. ¿Es que acaso no hay peronistas que amen la libertad? ¿Fue el presidente Menem una especie de Stalin con patillas?

Quizá lo que debería aprender el carnicero, para ajustar un poco su estrategia de marketing, es que el peronismo es como la plastilina, que no solo se puede moldear fácilmente a gusto, sino que adopta -con solo manipularla entre los dedos calientes- el color que a uno más le satisface.

El ejemplo debería ser imitado por los «estacioneros», que ya mismo deberían pensar en poner un surtidor más barato para los peronistas y otro más caro para los libertarios. Sería una forma inmejorable de que todos nos volviéramos a fundir en un fraternal y extenso abrazo peronista: los que aplaudieron el golpe de Videla, los que execraron a Isabelita, los que le hicieron veinticinco huelgas generales a Alfonsín, los que jalearon a Menem, los que traicionaron a De la Rúa, los que auparon a Duhalde, los que glorificaron al «cavallista» Néstor Kirchner y a su esposa (que siempre creyó que fue la primera mujer Presidente), los que asistieron a las fiestas clandestinas de Alberto Fernández y los que cobraron con alegría justicialista los «planes platita» de Sergio Massa.

Al final, los libertarios (por más que hayan sacado el 55% de los votos) no existen.

Todo sea por el asado barato.



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