Pero, instalados ya en la incertidumbre, si de algo podemos estar seguros es de que las transformaciones sociales que experimentamos a diario no parecen suficientes para inducir cambios institucionales profundos, que acompañen provechosamente la evolución de la sociedad o que de algún modo nos hagan sentir que las formas que nos hemos inventado para convivir o para sobrevivir son capaces de adaptarse al vértigo de los cambios sociales.
La identificación de la persona con la institución o con la función que desempeña es una de las características del absolutismo. Generalmente esta identificación afecta a personas que, así como están perfectamente convencidas de que lo hacen todo bien, piensan que es imposible que las instituciones de las que forman parte cometan errores.
Pero en sociedades complejas como la nuestra -aun a despecho de su probada inmadurez- los fracasos institucionales solo en parte tienen que ver con la calidad humana de las personas que las integran, y en mayor medida están relacionadas con un conocimiento insuficiente, que constituye, en realidad, la raíz de todos los problemas.
Pero las instituciones integradas por personas pagadas de sí mismas jamás podrán aportar a la construcción de una civilización optimista, puesto que quien no acepta la insuficiencia de sus conocimientos generalmente no está abierto a la innovación y casi siempre la teme.
Así como recela de la innovación y de los cambios (cuanto más profundos estos sean mayor será el miedo), este tipo de instituciones rechazan la crítica, que es lo único que podría ayudar a mejorarlas. Esa crítica que no aceptan, la que les duele en lo más íntimo y les provoca una incurable herida narcisista es, precisamente, la que, bien encajada y mejor digerida, podría permitirles detectar y eliminar los errores.
El rechazo a la crítica es un formidable indicador de encierro intelectual y un predictor fiable de la falta de adaptación institucional a los cambios sociales. Podemos distinguir claramente a este tipo de instituciones cerradas y oscuras cuando comprobamos que en el mundo exterior se produce una fácil circulación de las ideas y de las personas, y la institución en cuestión, en vez de interactuar con el entorno, dejando entrar el aire que se respira en el exterior, prefiere cerrar las ventanas y encastillarse, a la espera de que soplen mejores vientos.
El conocimiento al que aspiramos (el que se echa en falta en este tipo de instituciones pretendidamente perfectas) incluye una cierta comprensión de nosotros mismos, de nuestras limitaciones, de nuestra falibilidad. Pero así como no hay forma de encontrar provecho en personas deshumanizadas, no hay manera de que las instituciones funcionen adecuadamente sin conocimiento humano; es decir, sin tener en cuenta de que el objetivo de cualquier institución es el de proporcionar la máxima felicidad para el mayor número de personas, y no solo para que quienes integran la institución o para los titulares de los intereses ocultos a los que acostumbran a servir.
Todas las instituciones -especialmente las más jóvenes y menos rodadas- deben evaluar permanentemente su contribución al bienestar de la sociedad, a la regularidad de los comportamientos humanos, a su previsibilidad y su intrínseca justicia. Así como las instituciones deben examinarse a sí mismas con puntual periodicidad, los que no formamos parte de ellas (pero esperamos que se comporten de un modo determinado) debemos hacer un seguimiento de nuestras leyes y costumbres, y esforzarnos por pensar en formas de mejorarlas, aunque ello nos exponga a caer en el círculo infernal creado arbitrariamente por el ego abatido de quienes integran estas instituciones.
En un tema tan delicado como este, debemos imitar a la ciencia, que avanza lentamente a través de ciclos de teoría y experimentación. Su avance incesante, a despecho de los reveses y retrocesos puntuales, demuestra que es posible el progreso.
Esta demostración debería ser suficiente para estimular en las instituciones cerradas la pasión por el conocimiento y para desalentar las reacciones defensivas, que no solo demuestran pequeñez personal, sino -y esto es lo verdaderamente preocupante- nos instalan en un escenario de atraso colectivo que, si lo estudiásemos científicamente, comprobaríamos que, en vez de menoscabar el prestigio de los críticos o hacer más pequeña su audiencia, lo que consigue es contradecir a aquellos precoces cultivadores de las ciencias que, hace más de tres siglos, pusieron los cimientos de algo que hoy llamamos con el nombre de humanismo.
A la memoria de mi madre, nacida tal día como hoy hace 103 años.