En algunos centros sanitarios y residencias de mayores del viejo continente se están abriendo espacios, cada vez más grandes y confortables, para que los pacientes y residentes reciban a sus mascotas e interactúen con ellos mientras se recuperan.
En ciertos ámbitos, las personas deberían poder llevarse a los lugares en donde se ven obligados a estar lo que normalmente utilizan en sus casas y que generalmente sirve para que se sientan mejor. Hay adultos que no pueden separarse de sus ositos de peluche y los llevan incluso a las revisiones médicas o a las salas de juicio.
¿Por qué motivo entonces, si se siente más segura y protegida de ese modo, se le ha de prohibir a una persona que acude a una extracción compulsiva de ADN a hacerse acompañar por un inocente perrito de parte?
Más allá de las garantías, la transparencia o el derecho de defensa, lo que molesta al sentido común es que haya personas a las que se les paga para aplicar la ley que hacen su trabajo de una forma cruel y deshumanizada.




