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  • La lengua viperina de Massa
  • En una entrevista de televisión, el candidato a Presidente de la Nación Sergio Massa ha criticado con bastante acidez al senador vitalicio por Salta, don Juan Carlos Romero, al que acusó de «navegar durante cuatro meses al año en Europa, dejando su banca en el Senado».
Senador Juan Carlos Romero (1986-1995 y 2007-2023)
Senador Juan Carlos Romero (1986-1995 y 2007-2023)

Habiendo tantas cosas que se le pueden reprochar a nuestro ilustre exgobernador, el que Massa haya esgrimido contra él un argumento «insaurraldesco» se antoja bastante ridículo.



No tanto porque el senador Romero tenga buena defensa cuando de sus aficiones extraparlamentarias se trata, sino porque, una vez más, desde el gobierno kirchnerista se demoniza a Europa, señalándola como el continente de los vicios y de los placeres prohibidos para el bolsillo.

Por muchos motivos, y muy comprensibles, no tengo la misma opinión del viejo continente.

Seguramente, hay países más o menos austeros que otros, pero la frugalidad y la virtud son dos de los pilares que han hecho de Europa lo que es hoy en día: una Europa de ciudadanos comprometidos con lo que nos une y no de consumidores que solo buscan maximizar su bienestar personal.

A ello se une otra pasión netamente europea: el conocimiento. Hay quien viene por aquí a surcar los mares a bordo de yates de lujo y a recrear la vista en luminosos cabarets. Otros, sin embargo, vienen aquí a aprender de unos pueblos que deslumbran al mundo por su inteligencia y por sus avances científicos desde hace 2.500 años.


Ignoro cuánto constarán los barcos a bordo de los que -supuestamente- navega nuestro senador vitalicio (por el Cantábrico, especialmente); pero sí sé cuánto me cuesta a mí «navegar» en Europa: 360 euros al año, que es lo que pagamos por la conexión a Internet que me permite «surfear» la red, como Romero lo hace frente a las playas vascas, aunque sin tantos atunes a la vista. No todos los que «navegamos» en Europa somos inmorales o despilfarradores profesionales, lo puedo asegurar.

Por otro lado, me parece sumamente absurdo que se le acuse a Romero de «dejar su banca en el Senado», puesto que, según pude comprobar hace ya muchos años por mi propia experiencia, las bancas de aquel hemiciclo están bien atornilladas al suelo. Por más que quisiera, Romero no se las podría llevar en el avión hacia Bilbao y luego meterlas en su yate.

Por mucho que el senador salteño quisiera imitar, un siglo después, el refinado señoritismo del doctor Marcelo T. de Alvear (ex-Charcas), no parece que estuvieran a su alcance algunos de los más conocidos caprichos liberales de quien fue Presidente de la Nación entre 1922 y 1928 y embajador argentino en Francia un poco antes, como los de hacerse traer los sandwichs desde París o llevar una vaca en el barco para que sus niños pudieran beber leche fresca durante sus viajes a Europa.

¿Que lo que quiso decir Massa es que Romero «abandona» sus responsabilidades parlamentarias? Aunque no tengo ningún motivo para ponerme del lado de Romero, puedo decir que me consta perfectamente que, durante sus prolongadas ausencias, nuestro senador vitalicio mantiene un estrecho y muy inmediato contacto con el Senado. Desentendido no está, o al menos no lo está del todo. Otra cosa es que sus «preocupaciones a la distancia» le conviertan en un buen legislador.

Si fuera por lo que él mismo dice, cada tanto, de la marcha del país, el Estado federal del que él forma parte (y desde hace 25 años) es una auténtica porquería. Él debe de tener una conciencia clara de la calidad y de la utilidad de su trabajo.


Los tiempos en que vivimos no son los de mi padre, que ocupó -con bastante más dignidad, dicho sea de paso- el mismo escaño que ocupa ahora Romero, representando también a la Provincia de Salta. En 1975 mi padre debió viajar a Colombo, la capital de la lejana Sri Lanka, para representar a la Argentina en una reunión de la Unión Interparlamentaria Mundial. Fueron solo unos días, pero de no haber sido porque mi padre se las ingeniaba para contactar con la Argentina a través de sus colegas radioaficionados de todo el mundo, durante su viaje no hubiera podido ni siquiera enterarse de las terribles noticias que se producían en el país. Durante aquel periplo alrededor del mundo, en ocasión de una escala en Jakarta, el senador Caro encontró una cabina y aprovechó para llamar con monedas a su despacho del Senado. El país ardía en aquellos momentos, pero cuando el senador preguntó a su secretario si había alguna novedad importante, el despistado funcionario le respondió: «¡Ah! Sí, doctor. Ya le pusieron el teléfono a Larumbe».

En pleno siglo XXI, Romero puede estar enterado hasta de la cadena del baño que no funciona (hubo una época en que salían ruidos extraños de los excusados parlamentarios). Basta con que tenga el smartphone cerca. Lo llamativo es que Massa, su implacable crítico, está en el epicentro mismo de los acontecimientos, y aun así, no acierta en nada de lo que hace. Romero debe de estar en estos momentos (en el barco con el que surca la ría, en las proximidades de Getxo) dándose una panzada de alegría pensando que quien lo critica es el mismo tipo que ha hundido al país.

Para algunos, que se pasan de malos, es casi mejor que Romero esté más tiempo fuera de su «banca» que sentado en ella. Así que no sería irrazonable pensar que así como el padre del senador en los años ochenta del siglo pasado inundó la plaza con «bonos de cancelación de deuda», los salteños de hoy debiéramos imprimir unos «vouchers» para que, en vez de cuatro, sean ocho los meses que el senador se dedique a las actividades náuticas recreativas, lo más lejos posible de Cabra Corral.


El problema siempre es y será el «orgullo salteño». ¿Sabe Massa cuántos votos ha perdido por criticar a Romero e intentar colocarlo a la altura de Insaurralde? ¿Cuál será la postura al respecto de Gustavo Sáenz, tan comprometido con el massismo como con el romerismo? ¿Qué pensará el ultrarromerista ingeniero Villada que ayer mismo subrayaba con grandes brochazos su apoyo al candidato Massa?

Massa ha suavizado un poco las críticas diciendo que Romero puede permitirse el pecado de la navegación europea «por su situación patrimonial», trazando así una línea divisoria invisible con el «bon vivant» Insaurralde, cuya fortuna (tan inexplicable como inexplicada) parece -dicen algunos- estar bien guardada en un país muy cercano, bien lejos del alcance de la AFIP y del ámbito espacial de aplicación del «impuesto país». Tal vez Massa -por ser el jefe del aparato económico del Estado- sepa con precisión dónde tiene Romero sus caudales y por eso se anime a opinar con tanta soltura.

Mientras tanto, el diario de propiedad del Marco Polo de San Alejo y que, cada vez con menos tirada, se imprime en Salta a fin de que quienes envuelven huevos en el Mercado San Miguel no se queden sin material de packaging, escracha a un diputado de frontera por pasear a lomos de una moto Ducati. «Se asusta el muerto del degollao», dirían en La Caldera.

Como buen navegante que es, el hombre que quiso (con bastante poco éxito, todo hay que decirlo) recrear en Salta el mito de Camelot debería saber que la tripulación de los barcos del insigne explorador veneciano se sabía de memoria aquel dicho que dice: «Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar».

Aunque si tuviera que dirigirse a Massa, sería más adecuado que Romero utilizara aquel viejo dicho que murmuraban, desde el otro extremo del mundo y de la escala social, sus austeros ancestros genoveses: «Dove l’oro parla, ogni lingua tace».



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