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  • Expertos en comunicación política
  • En Salta no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que aquello que, con alguna generosidad, podríamos llamar «el proceso electoral» no está en manos de los políticos o de sus partidos, sino en las de pequeños «gerentes» o «entendidos», presuntamente expertos en «armados» y en «comunicación política».
Imagen ilustrativa
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Si en Salta existe algo parecido a una «agenda política», es casi seguro que a ésta no la definen ni los ciudadanos interesados en que sus asuntos se resuelvan, ni los políticos. La «agenda» se alimenta de la imaginación fantasiosa de estos entusiastas señores y señoras que, con el argumento de aplicar un barniz científico a la política, lo que han hecho -además de engordar sus cuentas corrientes- es empobrecer la política, despojar a los políticos de su discurso y distanciarlos de las necesidades ciudadanas.


Son ellos la versión vallista de Les Hommes de l'ombre, aquella serie francesa que pintó como ninguna otra las miserias de un oficio periférico de la política, pero que en Salta reclama su centralidad y pugna porque sus practicantes abandonen las penumbras de sus gabinetes y salgan a la luz pública.

Antes, cuando estos gerentes ya revoloteaban alrededor de los partidos y de los candidatos, se las habían ingeniado para instaurar una suerte de «dictadura de las encuestas». Lograban así, con esos primitivos números, no solo hacer que los políticos se rindan al «marketing científico», sino rentabilizar unas determinadas titulaciones universitarias que, de no ser por la preocupante ingenuidad de los políticos, estarían hoy proporcionando abundantes recursos humanos al gremio del taxi.

Las encuestas no han perdido su utilidad y cada vez vienen más coloridas, con gráficos de «donuts» y un montón de «gadgets»; pero ahora, aquellos que aconsejan a los políticos qué hacer y qué decir, más que analizar datos crudos, cuentan likes y retuits como si fuesen empanadas, examinan con lupa las stories, bucean en los reels y tratan de identificar sin mucha suerte a los perfiles falsos. Los expertos salteños, obnubilados por la Inteligencia Artificial, han conseguido maridar, como en ningún otro lugar del mundo, el big data con el small brain.

Son sus «nuevas herramientas», con las que mantienen engatusados a políticos en su mayoría pretecnológicos, y las que emplean para saber qué candidato o candidata se encuentra «mejor posicionado», pero no de cara al ciudadano (que es el que menos importa) sino de frente a los otros «analistas», con los que comparten un oficio que se asemeja mucho al que en el siglo XIX y buena parte del XX ejercían las alcahuetas.

Si las primitivas computadoras del Tribunal Electoral de Salta han registrado más de 12.000 candidatos para un puñado de cargos, no es precisamente por una «excitación participativa» de los ciudadanos de Salta sino por una muy controlada operación de expansión del negocio de estos sagaces «expertos», que más facturan mientras más numerosas sean las listas, más absurdos sean los nombres que las identifican, y menos representativos del pluralismo social sean los candidatos que se presentan. La destrucción de los partidos políticos y el final anunciado de su rol de intermediación y de filtro de los apetitos electorales tiene que ver también con este despliegue de «gerentes» políticos, sin ideas (que no sean, por supuesto, la de vivir como reyes) y sin ninguna empatía por el ciudadano y sus padecimientos.

Solo hay que escucharlos hablar para darse cuenta de que en Salta los opas no se han extinguido, como algunos dicen. Si antes los opas se escondían en los patios del fondo y eran famosos por hablar muy lentamente y con dificultad, los opas del siglo XXI ya no se esconden; no solo son lenguaraces a darles con un caño sino que hablan a toda velocidad y es muy probable que todos hayan estudiado la misma carrera o que dediquen su «tiempo libre» (aquel que obsesionaba a José Luis Perales) a despojar a la política de su esencia.

La empeñosa tarea de estos personajes ha convertido a las elecciones salteñas en un confuso baile de máscaras. Alguien -probablemente uno de ellos- obliga a los políticos a sentarse en círculo y hace girar velozmente una botella de tinto vacía. Si el pico queda apuntando a uno (que no muestra su cara), el afortunado o la afortunada irá a integrar las listas del frente «Construyamos con Pirulo», en donde los mismos expertos que han accionado la botella le prepararán un traje a medida, le organizarán entrevistas, le dirán lo que tienen que poner en las redes sociales y, si les da el bolsillo, colocarán anuncios azules en las marquesinas electrónicas del Estadio Madre de Ciudades mientras Messi perfora las redes rivales.

Al tiempo que esto sucede en la superficie, por debajo del ruido, de las fake news y las demandas por difamación, un millón y medio de salteños y salteñas mira Gran Hermano (dedica horas a admirar el jopo dorado del agraciado nieto de doña Intromisión Veloz) o espera que el Pilcomayo no se les lleve el rancho. Lo que «arman» los expertos en comunicación política y propalan los gurúes más oscuros de la demoscopia lugareña no les importa. Los «armados» solo parecen importarle a ese microuniverso de 12.000 candidatos, porque cada uno de ellos vive del tropiezo de los otros de su misma especie.

Los ciudadanos -olvidados sistemáticamente por los políticos (que los usan como material de descarte) y por sus asesores marketineros (que nunca los tienen en cuenta)- sintonizan otra onda; no porque no les interese la política, sino más bien porque sienten que son el jamón del sandwich que se llevan a la boca los «cuantificadores» y los «brokers» que han convertido a la política en un juego de bolsa.

«Lo que importa» -por ejemplo, la calidad de nuestras libertades o la tutela del interés general- está ausente de la oferta electoral. Los «expertos», que todo lo miden y todo lo calculan, solo hablan de metros de pavimento, de cantidad de vacunas, del número de patrulleros, de la superficie de los playones deportivos, de la extensión de los cordones cuneta y, en definitiva, de hacer el bien «por metro». La política de Salta se ha convertido en la mesa de saldos y retazos de la Tienda San Juan y no porque los políticos hayan querido sino más bien porque se han dejado copar la parada por unos charlatanes de laptop en ristre.

Lo único que los ciudadanos normales podemos esperar en estas circunstancias tan desgraciadas es que el benemérito gremio del taxi (incluidos los remises) absorba a lo que en el futuro casi todos deseamos que sea la mano de obra desocupada más gloriosa e ilustrada de nuestra historia.

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