Los medios informativos suelen hacer malabarismos para cuadrar sus portadas de fin de año, entre consejos para evitar las quemaduras por la pirotecnia y recomendaciones para no terminar la noche abrazados al inodoro o llorando a moco tendido sobre los hombros de una desconocida o de un desconocido.
La noticia ha impactado de una forma importante en los periódicos de Europa; en parte por el interés que en este continente despiertan las antiguas monarquías, y en parte también porque Dinamarca es un país de la Unión, y todos los cambios y sucesiones en la jefatura de los Estados tienen su impacto en las instituciones comunitarias.
Pero ¿en Salta? ¿Cuál puede ser la repercusión de una abdicación a 12.500 kilómetros de Copenhague, una tarde en la que las amas y amos de casa están más pendientes de que no se les corte la mayonesa que de lo que acontezca en la realeza europea?
Gauchos republicanos como somos, no solo no comprendemos a las monarquías (ni a las absolutas, ni a las constitucionales, ni a las parlamentarias) y metemos a todas en el mismo saco, como lo hizo ya alguna vez la señora Secretaria General de la Gobernación en la Convención Constituyente, cuando dijo aquello tan culto de que en las monarquías «no existe la división de poderes».
Y no solo no las comprendemos, sino que por haberlas combatido alguna vez (en la guerra de la Independencia) las aborrecemos y pensamos que las monarquías no han evolucionado en doscientos años y que todas las del continente europeo son como la de Arabia Saudí, la del Sultán de Brunei o la del papa Francisco.
Hoy, cualquier monarca europeo -la reina Margarita II de Dinamarca, por ejemplo- tiene unas mil veces menos poder que el Presidente argentino, pero ¡ah la monarquía!
Lo que a mí me gustaría es que la señora Matilde López Morillo fuese invitada especialmente a la ceremonia de sucesión en la corona danesa, porque de esa forma tendrá la oportunidad de decirle en la cara, tanto a Margarita como a Frederik, que son unos tiranos sin conciencia ni sensibilidad por los derechos del pueblo.
Porque si hay un sitio en donde se respetan a rajatabla los derechos del pueblo llano, ese sitio es Salta, en donde nunca el Gobernador se ha metido con los otros poderes del Estado, ni ha dado instrucciones a sus empleados más directos para manipular la Constitución. Luego, los arbitrarios son los monarcas.
Cuando los salteños y las salteñas se den cuenta de esto (aun sin visitar Dinamarca), a más de uno y de una se le va a cortar la mayonesa.
