Y aquí entra en cuestión el valor de la palabra ya que nuestras palabras nos definen como personas, nuestra forma de decirlas, nuestra manera de usarlas nos delata y mal usadas nos condena.
Antaño, Dios prometía la salvación, el Estado prometía protección y la sociedad prometía seguridad afectiva. Lamentablemente los representantes de Dios han roto algunas promesas y han dejado muy mal parada a la salvación. La sociedad está en franca “sálvese quien pueda” y los políticos gobernantes… se han convertido en los antiguos sofistas que banalizan, degradan, ensucian y desvalorizan en todo sentido el hecho de prometer, justamente porque la verdad es un valor relativo para el poder. Pero quizás peor es que los ciudadanos están ya convencidos que estos filibusteros mienten y que no van a cumplir sus promesas. Es una frustración institucionalizada. Ya hace un tiempo se ha roto el “pacto social”.
Lamentablemente la sociedad se ha contaminado con esta situación y ha ido perdiendo el culto a este valor tan bello que genera otro concepto tan importante que es «la confianza». Cada vez hay más ciudadanos que no se presentan a emitir su voto, cada vez se cree menos en la democracia.
Lo cierto es que las promesas perdieron importancia y como tal perdió significado el hecho de lo prometido. Una promesa es un pacto a futuro, y como ese pacto se ha roto, por consiguiente, se ha perdido el concepto de futuro. Y viceversa: ¿Qué futuro tendremos si no hay promesas?
La tensión entre verdad y realidad lo marca la palabra. El discurso marca la realidad. Pero al perder el valor de la palabra comprometida se pierde la acción en busca de un destino.
Pero hay otras cosas que también perdieron sentido. Los juramentos que otrora marcaron los cimientos y la constitución de las naciones. La obligación de servir a la patria, a las leyes o la misma moral ya no tienen significado. Se ha ido constituyendo un individualismo sordo no solo a la comunidad, a la solidaridad, a la familia y al mismo conjunto social sino más bien al sufrimiento del otro, principio rector de lo humano.
Pero si hay alguien que promete con todo descaro es el “sistema neoliberal” que ofrece lo ilimitado en una especie de delirio esquizoide. Ya Carlos Saul Menem definió, más que nadie, este sistema perverso: “Estamos mal… pero vamos bien”, o sea, aunque nos estemos ahogando en pobreza y miseria la felicidad parece posible… sólo hay que ganar la lotería.
Hoy, una persona que se precia de seria, o que pretende serlo, de seguro ante alguna cuestión de servicio te arguye: “no puedo prometer nada…” ya que, de por sí, prometer algo es un acto de cinismo.




