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  • Contra el pesimismo catastrofista
  • La Humanidad no ha utilizado jamás los recursos del planeta como lo está haciendo ahora. El miedo a que estos recursos se agoten por el uso intensivo que hacemos de ellos es real y tangible.
Hannah Ritchie
Hannah Ritchie

Pero también es real que, nunca como antes, nuestra especie dispone de la mayor cantidad de inteligencia interconectada, trabajando junta, a tiempo real, en la solución de los problemas que plantean la energía y la sostenibilidad, entre muchos otros que afectan y amenazan a nuestra civilización.



Soy uno de los -probablemente pocos- convencidos de que el mundo ha mejorado en prácticamente todos los aspectos y que es muy diferente, por suerte, al que supimos compartir con nuestros padres y, mucho más, al que ellos vivieron antes de que llegásemos nosotros.

Desde la reducción de la mortalidad infantil hasta la de la pobreza, el aumento de la expectativa de vida (que obedece tanto a la difusión y la práctica de hábitos saludables como al imparable progreso de la ciencia), la conciencia universal sobre los derechos humanos, la expansión de la democracia o la preocupación por el medio ambiente, muchas cosas importantes han ido a mejor. No se puede negar que así ha ocurrido a pesar de que algunos de estos avances parezcan estar hoy en entredicho.

Nuestra larga historia sobre este planeta demuestra que cuando el ser humano ha alcanzado un determinado nivel de progreso, si bien ha podido experimentar puntuales retrocesos, también ha guardado buena memoria de sus avances y se ha empeñado casi siempre en restaurarlos.

Esto va a ocurrir seguramente con la democracia liberal o con la preocupación medioambiental, por más que la llegada al poder de Donald Trump y sus ideas radicales sobre la política, el clima o la energía nos hagan temer el advenimiento de un futuro negro y sin esperanzas.

El diario El Mundo de España publica estos días una extensa entrevista a la joven científica escocesa Hannah Ritchie (1993) experta en datos e investigadora senior en la Oxford Martin School de la Universidad de Oxford.

Más que una consumada optimista, Ritchie es una enemiga mortal del pesimismo catastrofista en torno al destino de la Humanidad sobre el planeta. «Hay muchos comentaristas y activistas que dirigen sus mensajes a los jóvenes con un alarmismo climático que les impacta y hace daño. Lo sé porque me escriben diciéndome que sienten que no tienen futuro después de ver un vídeo en YouTube o leer un artículo. Es devastador porque, en algunos casos, llegan a la conclusión de que no vale la pena estudiar, trabajar o hacer planes porque el mundo está condenado», nos dice.

A mi edad, podría importarme un pepino lo que pueda ocurir con los océanos o el hielo del Ártico en 2060 o 2070, o si la democracia se hunde en el descrédito de la mano de líderes enemigos de la libertad y de la justicia como los que están tomando el control del mundo. Sin embargo, todo esto me importa; no solo porque tengo tres hijos que verán lo que yo no veré, sino porque mientras siga aquí, «nada de lo humano me es ajeno».

Por las mismas razones, mi padre no dejó un solo minuto en soñar con un mundo mejor y en actuar decididamente en esta dirección.

Sé que hay mucha gente que no piensa así y que a una determinada edad se deja invadir por el pesimismo o, lo que es mucho peor, por la indiferencia.

No puedo ser indiferente, por muchos motivos; pero si me piden uno muy directo y personal puedo decir que no me hace mucha gracia vivir una ola de calor de 45 días seguidos con temperaturas superiores a los 37 grados. Es inhumano; no el calor sino la indiferencia.

Por eso es que leer las opiniones de Hannah Ritchie me llena de esperanzas, y no solo en la cuestión climática y en el futuro de las fuentes de energía.

Creo que así como debemos aventar el catastrofismo en materia ambiental, que impide a las nuevas generaciones soñar con un mundo digno de ser vivido, también debemos superar el pesimismo político y social. La democracia que hemos conocido y practicado, con dificultades, pero también con enormes aciertos (en términos de paz, justicia y prosperidad en ciclos largos), va a sufrir mucho en esta era de mesianismos impíos de la que Donald Trump no es sino uno de los fenómenos más visibles, pero casi con seguridad, no el más peligroso.

El optimismo democrático debe empujarnos a recordar lo que la democracia ha hecho por muchos de nosotros, porque sus enemigos -los que ahora parecen controlar el mundo- quieren convencernos de que todo lo que hubo antes de la conquista de las libertades individuales era mejor que lo que vino después, y nos invitan todos los días a olvidar.

Los datos sobre la evolución de las libertades y el Estado de Derecho distan mucho de ser tan precisos y tan fácilmente comprensibles como los del calentamiento global o los de la acidificación de los océanos. Pero quizá por esta razón es que debemos ser más optimistas acerca del futuro de la convivencia de los seres humanos sobre la Tierra; porque nuestra esencia es ser impredecibles.

Confieso que he vivido siempre angustiado por los vaticinios apocalípticos, desde asteroides a punto de impactar sobre nuestras ciudades, al agotamiento de las fuentes de energía o de los alimentos. Pero siempre que me asaltaban estos pensamientos catastrofistas pensaba: «Han pasado millones de generaciones antes que la mía y a ninguna de ellas les tocó presenciar el fin del mundo. ¿Por qué la mía habría de tener ese privilegio?».

Sé que esta forma de pensar puede ayudar a que los irresponsables perseveren en sus acciones dañinas, pero esta es solo una posibilidad y creo que hay que tomar ese riesgo. Mucho peor, sin dudas, es que los jóvenes de hoy sientan que no tienen futuro, que no vale la pena estudiar, trabajar o hacer planes porque el mundo está condenado. Hay que contagiarles optimismo, aunque pequemos de ingenuidad.

Por ellos, y porque ellos se merecen por lo menos lo que nosotros tuvimos cuando fuimos jóvenes, es que no podemos permitirnos el catastrofismo pesimista. Nuestra civilización no solo no colapsará pronto, sino que, a mi muy humilde modo de ver, se encuentra solo al comienzo de una era de descubrimientos y desarrollos sorprendentes, que harán la vida del ser humano sobre la Tierra mucho mejor de lo es hoy.

Mi optimismo no es algo que yo pueda llamar «natural» o congénito. Al contrario, el tiempo y la cultura me han hecho optimista. Especialmente esta estrofa de Two Thousand Years (Billy Joel, 1993), que me gustaría recordar aquí.

There will be miracles
After the last war is won
Science and poetry
Rule in the new world to come
Prophets and angels
Gave us the power to see
What an amazing future there will be


(Habrá milagros
después de que la última guerra sea ganada.
La ciencia y la poesía
gobernarán en el nuevo mundo que vendrá.
Profetas y ángeles
nos dieron el poder de ver
qué futuro tan asombroso habrá)



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