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  • Cómo hablamos los salteños
  • Llevo muchos años fuera de Salta y la evolución de las costumbres me tiene un poco desconcertado.
Imagen ilustrativa
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Estoy seguro de que si mañana mismo me plantara en la Plaza 9 de Julio (hoy prolijamente adoquinada) y caminara junto a un lugareño de mi edad por la recova del Cabildo, mi acompañante me diría: «¿Te has dado cuenta de que cada vez hay menos viejos en Salta?».



Me parece lógico: los viejos ahora somos nosotros. Pero apenas nos damos cuenta de ello, porque además de viejos somos opas; pero no como los opas de antaño que hablaban lento y caminaban con paso bamboleante. Ahora hablamos a mil por hora y ya no damos tumbos al caminar.

Quizá les lleve yo a alguna ventaja a aquellos comprovincianos míos que se sientan a arreglar el mundo en las mesas de café, porque -como ellos bien saben- no celebro la cotidiana ceremonia del cortado con dos maicenitas y un minúsculo vaso de soda.

Tal vez por esa falta de conexión con los ritos aldeanos es que, desde la distancia oceánica a la que me encuentro, pueda darme cuenta mejor de cómo han evolucionado (o involucionado) nuestras costumbres.

Sería incapaz, por ejemplo, de valorar lo que los salteños y salteñas comen o visten; los vehículos que conducen, las tiendas en las que compran, o los colegios a los que envían a sus hijos. Pero sí que me llaman la atención las palabras que utilizan para comunicarse, porque las leo o escucho a diario, sin tener necesidad de desplazarme.

En muchas de esas palabras encuentro una explicación plausible para nuestros desencuentros, para nuestros problemas irresueltos, para las tensiones políticas y para los desvaríos judiciales o legislativos, que, como todo el mundo sabe, son muchos, muy extravagantes y, en algunos casos, muy dañinos.

El lenguaje preciso es y ha sido siempre para mí la clave de la buena convivencia. No siempre, por supuesto, me propuse hablar y escribir con la máxima claridad. Lo vengo haciendo con algún empeño después de haber leído aquella aterradora sentencia de Albert CAMUS que dice: He llegado a comprender que todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro (J'ai compris que tout le malheur des hommes venait de ce qu'ils ne tenaient pas un langage clair).

No entiendo, pues, que cuando un legislador decide votar afirmativamente el proyecto de otro diga que va a «acompañar» la iniciativa. El procedimiento constitucional de formación de las leyes no prevé en ningún caso que los proyectos se «acompañen» sino que se «aprueben» o se «desechen». Un buen proyecto «solitario», si está bien hecho, vale mil veces más que uno hecho a los ponchazos, pero «millonario en amigos».

El «acompañamiento» salteño es tan repetitivo y tedioso como el «fortalecimiento», la «optimización», la «modernización», la «capacitación», la «articulación», el «beneficio» o la «concientización». Todos ellos sustantivos empleados hasta el hartazgo por la comunicación oficial.

En Salta ya nadie «padece» ni «cursa» una enfermedad: ahora las enfermedades se transitan. Y no solo eso: los estudiantes, de cualquier edad y cualquier materia, ya no tienen «cursos» ni «carreras» sino trayectorias.

En Salta parece que hay una pasión por el «tránsito» (que no abrasa [sí, con 's'] al Arzobispo, que es más bien, o ha sido, una víctima de «Tránsito», con mayúsculas).

Otros salteños, más que apasionarse por el «tránsito», han construido su vida alrededor del tráfico. Y no crea el lector que estoy haciendo un juego de palabras o mezclando las cosas, porque, hace solo unos días, un fiscal federal dijo que el uso de permisos oficiales de circulación del Ministerio de Seguridad para el tráfico de drogas y de divisas es un pecado más grave que el de las fiestas clandestinas en la residencia de Olivos durante la pandemia.

Tanto el «tránsito» como el «acompañamiento» como la «trayectoria» recrean en nuestra mente la idea del movimiento de un cuerpo a través del espacio. Pero, para los salteños, la línea imaginaria que dibuja ese cuerpo que se desplaza no es un «itinerario», un «camino», un «rumbo», una «ruta», una «dirección» o un «trayecto»: es un derrotero.

La palabra derrotero es muy bonita, sin dudas, y para nada inapropiada para llamar al camino elegido para llegar a un fin propuesto. Pero, además de que su estructura silábica evoca la palabra «garrotillo» (una inconfesable enfermedad masculina), derrotero es una palabra nacida en el mundo de la navegación marina, que es donde se emplea con más frecuencia y propiedad.

Tal vez derrotero se utilice en Salta con tanto entusiasmo justamente porque no tenemos mar, aunque muchos salteños crean todavía que debajo del Cerro San Bernardo yace dormido un océano amenazante que en cualquier momento, si no nos portamos bien, va a «acompañarnos» a «transitar» nuestro «derrotero» hacia el más allá.

Y en ese caso, «que brille para todos la Luz que no tiene fin».



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