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Imagen ilustrativa
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Comunicadores y abogados tienen también en común el empleo de la palabra, que es como la mayonesa del cocinero o la crema chantilly del pastelero.



Así pues, cuanto más vulgares e imprecisas sean las palabras que comunicadores y abogados utilizamos en nuestra tarea diaria, menos eficaz y más sujeto a críticas y a impugnaciones será nuestro trabajo.

Tengo que admitir que mi cultura jurídica —si es que puedo hablar en esos términos— es «mestiza». Pero de algún modo me he preocupado por que mis usos lingüísticos en el campo profesional se puedan entender en la mayor parte del mundo hispanoparlante.

Por este motivo, o quizá simplemente porque soy un tipo que le da una excesiva importancia a las palabras, he rechazado siempre la expresión «testimoniales», para referirse a la prueba de testigos, en cualquier procedimiento legal, sea judicial o administrativo.

Lo de «ronda de testimoniales» me suena aún peor, ya que cuando la leo escrita me imagino una especie de calesita procesal, una danza circular de personas que van desfilando de una en una ante los estrados, en medio de sudores incontenibles.

En Derecho, la prueba de testigos recibe el nombre de prueba testifical.

«Testifical» es el adjetivo específico, pues, según el Diccionario, significa «perteneciente o relativo a los testigos».

El adjetivo «testimonial» tiene, en cambio, un significado mucho menos específico, pues se refiere, en primer lugar, a lo «que hace fe y verdadero testimonio», algo que puede abarcar desde la declaración de un testigo en juicio hasta el testimonio de los Apóstoles sobre la prodigiosa vida de Jesucristo.

Pero «testimonial» también es sustantivo y, como tal, tiene dos significados. Por un lado, se llama así al «instrumento auténtico que asegura y hace fe de lo contenido en él» (en este sentido, no es muy diferente a la segunda acepción del Diccionario para la palabra «testimonio»). Por el otro, se llama también «testimonial» al «testimonio que dan los obispos de la buena vida, costumbres y libertad de un súbdito que pasa a otra diócesis».

Fue precisamente un «testimonial» de su obispo lo que recabó el desaparecido Milo Sierra, cuando en los años setenta del pasado siglo imaginó cambiar no solo de diócesis sino también de religión y se proclamó a sí mismo testículo de Jehová.



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