Hace muchos años que no tengo la suerte de pasar las fiestas de fin de año en Salta. Estoy casi seguro de que, si volviera algún día y pudiera estar allí en estas fechas, encontraría ya muy poco de lo que antaño me atraía de aquel tiempo, agitado e irreal, que combinaba los días largos y extremadamente tediosos con jornadas de auténtico vértigo en las que las horas pasaban como una exhalación, entre viajes, compras y brindis.
Me gustaba saludar a la gente, visitarla en sus casas, sentirme arropado por las familias, compartir breves momentos con personas solitarias, con jóvenes taciturnos, con mujeres de carácter fuerte, con hombres laboriosos, con vagabundos y viajeros errantes, casi todos ellos buenos conversadores, aunque fuesen, en algunos casos, malos anfitriones.
Malos, lo que se dice malos, éramos nosotros, que un día de los Santos Inocentes de comienzos de los años 70 del siglo pasado llegamos a recibir en nuestra casa a un historiador de alta nota, al que por culpa de un corte de luz tan frecuente en esas épocas y el despiste de una pariente recién emparentada (igualmente frecuente, en todas las épocas) le servimos un supuesto vaso de whisky de una botella de VAT 69 que llevaba semanas guardada con una solución de jaboncillo que con el correr de las horas había adquirido un vago sabor a scotch, pero que no alcanzaba sin embargo para tapar el gusto alcalino del detergente. Hay que decir que, entre la poca luz que había y la exquisita educación del invitado, que se colocó aquel brebaje casi incoloro entre pecho y espalda como un caballero, sin decir esta boca es mía, no nos dimos cuenta de aquel horrible atentado al arte del buen recibir, sino hasta que alguien advirtió que la botella de grueso vidrio verde oscuro -que aguardaba pacientemente convertirse algún día en una lámpara- estaba ya medio vacía.
Dos días después de aquello la botella de VAT 69 estaba ya totalmente vacía. Un amigo de la familia se había bebido lo que quedaba de aquella solución jabonosa de cierto tenor etílico; pero hay que decir en su favor que lo suyo fue intencional pues sabía de antemano que no era precisamente whisky lo que contenía la futura lámpara.
Encontraba yo especialmente propicia la época navideña para visitar la casa de una familia amiga de Cerrillos, a la que se podía encontrar reunida en torno a los fogones y entregada a la complicada tarea de preparar las viandas, pero solo una vez que todos sus integrantes, en tropel, hubiesen regresado de la iglesia, a la que acudían a rezar transidos de la emoción y se pasaban horas y horas elevando plegarias al Altísimo, para disgusto del párroco, que no veía el momento de cerrar el templo de una vez y deshacerse de los tenaces rezadores para dedicarse a sus dos actividades favoritas: criar pájaros y amasar el panettone.
Tenía en su contra aquella señora que a último momento le compraba un peceto al carnicero de la localidad, pero que este solo podía ofrecerle a esas horas tan inoportunas un trozo de animal fresco; es decir, recién muerto y todavía no oreado. De aquellos músculos agarrotados venían aquellos medallones inmasticables. Por contra, mi padre empezaba a seleccionar el vitello con semanas de antelación, yendo de un sitio al otro hasta dar con el carnicero adecuado; con el que tuviera vacunos jóvenes, bien alimentados y, sobre todo, suficientemente oreados.
No había LED en aquellas épocas, o mejor dicho, sí los había pero no para iluminación, como los hay ahora y en cantidad. Las guirnaldas de luces de los árboles de Navidad solían entrar fácilmente en cortocircuito y no eran para nada infrecuentes los incendios, como el que se produjo una vez en mi propia casa, en presencia de un invitado ilustre -el Cuchi Leguizamón- que ante la amenazadora expansión de las llamas no tuvo mejor ocurrencia que festejar el incendio con un baile inolvidable, mientras que los demás echábamos baldazos de arena para evitar que el fuego acabara con toda la casa.
Aquellas fechas también eran inolvidables porque entre el 24 de diciembre y el 6 de enero solían desfilar por el Valle de Lerma algunos conspicuos metanenses, que iban a la capital en busca de alivio a uno de los males endémicos más conocidos y peor combatidos del centro-sur de la Provincia: el estreñimiento. Los excesos de las fiestas, unidos a las propiedades singulares del agua que circulaba por las cañerías de Metán, hacían que sus habitantes padecieran cada cierto tiempo serios problemas para evacuar el vientre. Fue exactamente lo que le pasó en 1977 a una pariente, que mientras esperaba a que una enfermera del sanatorio le aplicara una ducha en el colon con el dreaded apparatus, ensayó una convencida pieza de revisionismo histórico sobre el lugar y las circunstancias del casamiento de mis propios padres, que no guardaba ninguna relación con la verdad de aquel inolvidable año de 1943, época en que la revisionista tendría en torno a diez años de edad. Cuando al finalizar el extravagante relato le hicimos saber que a nuestros padres los había casado monseñor Desimone y no el cura Cortés, la revisionista, nerviosa, excitada y desafiante, repitió varias veces: «¡Ah! Entonces yo estoy loca».
Razones no faltaban para evitar las discusiones agresivas, las digresiones históricas de las estreñidas o los alardes culinarios de los fundamentalistas religiosos. Por eso es que cuando el tiempo parecía detenerse en aquellas tardes luminosas de espera interminable, que solían preceder a los apuros y los agobios de los días de fiesta, lo mejor era refugiarse en la soledad de unos, en la locura de otros o incluso intentar comprender las razones profundas de su sufrimiento, lejos de los supuestos esplendores y de las maledicencias absurdas a las que a veces asistíamos llenos de asombro en algunas casas ajenas, en las que el espíritu de la Navidad era sustituido por el del egoísmo y la figuración, y el duende de las buenas costumbres era reemplazado por el fantasma del mal gusto.
Mis navidades australes siempre estuvieron animadas por personajes raros, por situaciones absurdas, por relatos fantásticos, por actitudes ridículas, por actividades artísticas inconclusas y por despliegues grandilocuentes, que seguramente ya no volveré a encontrar. No porque todas estas cosas se hayan extinguido, sino porque las emociones que se agitan en el alma de las personas ya no son las mismas ni se movilizan del mismo modo. Las exteriorizaciones de antaño eran de algún modo sinceras, ya que en la mayoría de casos dejaban entrever la calidad de las personas y de las familias, que hoy es casi imposible de percibir a causa de los disfraces ideológicos, las modas exóticas, los fanatismos encubiertos y el descenso generalizado de la calidad de las costumbres de puertas hacia adentro.
Las fiestas que conocí ayer, hoy son más bien defensivas, aisladas, más bien íntimas, por no decir casi clandestinas. No se celebran a cielo abierto, puerta a puerta y con la ciudad grande por escenario, sino en urbanizaciones escondidas, en casas con muros altísimos e inescalables, a las que se accede solo después de trasponer un pórtico en el que le piden a uno hasta las vacunas para poder pasar del otro lado. Ya no se puede saltar de casa en casa, pasar de un universo a otro, como lo hacíamos antes para escuchar las penas ajenas o compartir las propias. Aquellas navidades pintorescas, variadas y plurales de otras décadas han muerto y han nacido las navidades del señoritismo y la desigualdad, que divide a unos cristianos de otros por medio de un muro invisible (tan invisible como vergonzoso), que antes no existía ni siquiera en la imaginación de los más audaces, como la dama de los rezos y las natillas de atún.
Ni los jóvenes, que en otros años se mezclaban unos y otros en una fiesta común, alegre, vital e interminable, parecen ahora celebrar la misma cosa o querer hacerlo en los mismos lugares, compartiendo las mismas ilusiones que los demás. Las diferencias sociales y de costumbres empiezan a notarse cada vez más pronto en Salta, sin que nadie parezca dispuesto a luchar seriamente contra la desigualdad que tanto daño nos hace.
