De todos estos escritos, he escogido solo dos, por la razón de que han sido publicados en Salta y porque me ha parecido que su lectura detenida podría ayudarme a forjar una idea más o menos precisa del estado de salud intelectual del peronismo salteño.
Debo decir que ninguno de los dos artículos me ha defraudado, en el sentido de que su contenido ha confirmado lo que temía: que el peronismo lugareño -que nunca ha sido muy racional ni muy profundo que digamos- se encuentra en plena travesía por un desierto intelectual seco, enorme e insondable.
Un detalle sorprendente que he descubierto en estas lecturas matutinas es que tanto el editorial de El Tribuno como la columna de Urtubey se refieren a Aristóteles; el primero para justificar un inexistente «realismo» peronista y el segundo para perfilar una idea filosófica de la «dignidad», emparentada -cómo no- con lo que con generosidad se ha dado en llamar la «doctrina peronista».
En lo que respecta a Aristóteles, los dos escritos tienen en común que, nada más citar al filósofo, los autores comparan sus sentencias con frases sueltas de Perón, en un intento bastante descarado de poner al líder del joven movimiento (77 años) a la misma altura del pensador que influyó durante nada menos que veinticinco siglos.
Creo que hay que saber muy poco de filosofía (o quizá mucho de peronismo) para comparar a Perón con Aristóteles, para colocarlos en un pedestal de la misma altura, pero al fin y el cabo el ridículo es un riesgo que asumen conscientemente los que firman los dos escritos.
Tropezaríamos con la misma desproporción si nos atreviésemos a comparar a Gabriela Cerrutti con Hannah Arendt, a Alberto Fernández con Immanuel Kant, o a Sergio Massa con John Maynard Keynes. El ridículo sería casi el mismo.
Al menos hay que reconocerle a Urtubey el mérito de haberse metido en jardines filosóficos, algo que, por muchas exageraciones que se cometan, siempre es mejor que recurrir a la escritura panfletaria como hace el otro artículo que comentamos.
Pero la retórica de Urtubey se centra alrededor de la figura del «conductor», sujeto pasivo y activo a la vez de esa «lealtad» de ida y vuelta, cuya mayor virtud -según el autor- es la «sinceridad».
El elogio de la «sinceridad» del Conducător o del Duce sitúa a Urtubey en un terreno bastante confuso, pues debemos tener en cuenta que la mayor contribución intelectual de su denostada Cristina Fernández de Kirchner lleva por título el de «Sinceramente».
Pero además es confuso porque en sus doce años como Gobernador de Salta, el autor de la columna se ha mostrado más bien partidario del engaño, del cinismo y de la inmoralidad para la obtención y conservación del poder. Tal parece que los claroscuros éticos de Nicolás Maquiavelo calaron más en quien gobernó Salta entre 2007 y 2019 que en el propio Lorenzo de Medici.
Escribe Urtubey: «La sinceridad es el único medio de comunicación política, la lealtad y la sinceridad deben estar grabadas profundamente en el alma del Pueblo y la Patria decía Perón. Porque ésta es la base para que él tenga en su alma un sentido perfecto de justicia».
En este párrafo hay varias cositas. La primera y más llamativa es la frase «es la base para que él tenga en su alma un sentido perfecto de la justicia». Pero ¿quién es él?
Si volvemos a leer la frase completa veremos que él es el «pueblo» (o el «Pueblo») escrito con mayúsculas como lo hace Urtubey. Me pregunto: ¿hay algo más fascista que la referencia al «alma del pueblo»?
Fue Joseph Goebbels -a quien se atribuye erróneamente el elogio de la mentira- quien definió a la propaganda como «el arte no de mentir o distorsionar» sino de escuchar «el alma del pueblo» y «hablarle a una persona en el lenguaje que esa persona entiende»». La sinceridad así dirigida al «alma del pueblo» constituye, sin dudas, un componente esencial del arsenal ideológico del totalitarismo.
Además de cantar loas al Conducător, Urtubey lamenta la falta de «unidad» de los argentinos, una «unidad» que no puede entenderse sino ligada a la figura del Conducător, a sus sentencias aristotélicas y a su ejemplo moral. Esta es, sin dudas, la «unidad» a la que aspira el totalitarismo. No en vano, el partido que gobierna en la Argentina se llama Frente de Todos.
Para Urtubey, el pluralismo significa desunión. Pensar diferente a como lo hacen los aristotélico-justicialistas no solo te expone a quedarte fuera de la foto, sino que te expulsa del terreno de juego. Al menos en eso el pensamiento de Urtubey es consistente con su práctica.
El panfleto
El otro escrito (el de El Tribuno) gira en torno a la (lamentable) división del movimiento peronista, patentizada en una miríada de mítines con diferentes líderes y diferentes consignas, lo que no habla tan mal del peronismo como su autor supone.El peronismo nació mal avenido y sus discrepancias internas (algunas de ellas, muy profundas) no son producto de su innata tendencia a la «reproducción» como sostenía Perón, sino de las incoherencias de su cuerpo doctrinario (una adaptación apresurada del catecismo joseantoniano y del precario artefacto ideológico de la falange española) y de las actitudes calculadamente ambiguas del propio Perón, que fomentaba los enfrentamientos fratricidas para solazarse viendo cómo los que decían ser sus partidarios se despedazaban los unos a los otros.
No es para nada extraño, así como tampoco lamentable, que el peronismo de 2022 no sea la «roca» con la que algunos ingenuos todavía sueñan.
La segunda idea fuerza de este artículo es que no solo el peronismo está «hecho mierda» (expresión que se atribuye al siempre «sincero» Luisito Barrionuevo), sino que el país mismo, bajo el gobierno del peronista Alberto Fernández, está hecho una birria.
Pero ¿qué parte de culpa en los males identificados en aquel lapidario diagnóstico del país tiene el senador nacional Juan Carlos Romero? Es muy fácil hablar de inflación, de deuda exterior, de pobreza infantil y juvenil, de fracaso escolar, de «crisis sindical, social y de seguridad de alta intensidad» y hacerlo como si en estas patologías no tuviera nada que ver el peronismo. ¿Pero acaso no es peronista el senador Romero?
El portavoz editorial del senador Romero se pregunta: «¿Cómo se honra a esta 'verdad peronista' directamente vinculada con la lealtad: 'En la nueva Argentina el trabajo es un derecho que crea la dignidad del hombre y es un deber, porque es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume'?».
Si la dignidad del hombre depende de que su producción sea al menos igual que su nivel de consumo, ¿se puede afirmar con absoluta certeza que un consumidor voraz y un productor casi nulo como el senador Romero ha alcanzado la plenitud de su dignidad humana?
Sin dudas, mejor sería para todos que se recuerde al 17 de Octubre como «un sentimiento» y que su celebración no dé pie a elucubraciones filosóficas de insultante pobreza. Porque al fin y al cabo, desde que existe (cuando los Romero y los Urtubey detestaban a Perón y maldecían a Evita) el peronismo salteño ha producido teóricos bastante más sólidos y creíbles que estos dos esmerados manipuladores de ideas.