Pero en ambos casos se trata de violencia física, de acciones directas contra una persona determinada, que suceden inmediatamente a ejercicios de violencia verbal en el combate político.
Es por ello que dudamos mucho de la sinceridad de aquellas condenas a la violencia física que provienen de personas o de medios de comunicación que todos los días emplean grandes dosis de violencia verbal y que convocan —siempre veladamente— a la agresión directa.
Si queremos erradicar la violencia física de la arena política de Salta, deberíamos comenzar por combatir la violencia verbal y exigir, a los mismos protagonistas primero, y a los medios de comunicación después, que moderen sus expresiones de censura hacia las opiniones o posturas diferentes.
Pero solo con moderarse no se solucionará el problema. Es necesario que tanto los políticos (en persona y en sus redes sociales) y los medios de comunicación en general se esfuercen por comunicar sus ideas con un lenguaje de mayor calidad. La precisión de las palabras, su pertinencia y propiedad, transmite siempre la idea de un pensamiento elaborado; mientras que un lenguaje empobrecido y vulgar deja entrever una reacción visceral e inmediata, que agita pasiones y privilegia el acaloramiento circunstancial sobre la racionalidad y el sosiego.
Desde luego que es repudiable que se atente físicamente contra un candidato o contra una diputada en ejercicio; pero debería ser igual de repudiable que contra ellos se empleara violencia verbal, entendiendo por tal los insultos y las descalificaciones que no se refieren a sus posturas políticas sino a sus personas y, en algunos casos, también a sus familias.




