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  • Salta y sus problemas
  • Todos los días me sorprendo un poco más al comprobar que académicos, gobernantes y empresarios especulan entusiasmados con un futuro venturoso para Salta, basado en el crecimiento económico, el empleo y el bienestar.
Mario Antonio Cargnello, Arzobispo de Salta
Mario Antonio Cargnello, Arzobispo de Salta

Puedo equivocarme, pero la mayoría de ellos sueñan con que nuestro sistema productivo florezca y viva una prolongada primavera; que la puna se convierta de repente en un vergel de salmuera y que el Valle de Lerma sea la huerta que abastezca al mundo de alimentos (aunque por el momento solo nos provea de carne vacuna proveniente del abigeato seguido de faena clandestina).


Para apuntalar estos sueños, los académicos, los gobernantes y los empresarios se han lanzado como halcones a formar «herramientas vivientes» (al decir de Aristóteles), conscientes de que, sin ellas, sus sueños de prosperidad y bienestar se estrellarán contra un muro.

Pero todos ellos —excepto Aristóteles, por supuesto— son conscientes de que cuantos más obreros supercualificados inyectemos al veleidoso mercado, más posibilidades hay de que la Inteligencia Artificial termine superando en algún momento sus competencias y saberes; esas que tanto dinero ha costado formar, a pesar de la amenaza de su pronta caducidad.

Sinceramente, no entiendo la euforia de las universidades y mucho menos el discurso de sus rectores, que parecen subrayar con líneas gruesas las políticas del gobierno y de los empresarios, orientadas a formar a «buenos trabajadores», cada vez más especializados, en desmedro de la sabiduría y el conocimiento de largo aliento, y también en desmedro del obrero polivalente, poseedor de un amplio espectro de conocimientos técnicos y preparado para adaptarse con rapidez y eficacia a los cambios científicos y tecnológicos.

Este problema ya venía de antes, pues recuerdo que a finales del año 1999, cuando ya tenía yo las maletas preparadas para regresar a Europa, fui a despedirme del Arzobispo de Salta, tras dejar el cargo de decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Católica de Salta, que había desempeñado en los años anteriores.

Aunque había sido designado durante el episcopado de monseñor Moisés Julio Blanchoud, me tocó despedirme de monseñor Mario Antonio Cargnello, que se había hecho cargo de la Archidiócesis solo unos meses antes.

En aquella breve reunión noté en el nuevo Arzobispo una inusitada curiosidad por la marcha de la Universidad. Recuerdo especialmente la sorpresa que me produjo que el prelado apuntara prolijamente en una libretita cada cosa que yo le iba diciendo; especialmente su interés por aquello que —a mi juicio— a la Universidad le faltaba.

Le dije: «Monseñor: A la Universidad le faltan intelectuales católicos. Hay muy buenos feligreses, sin dudas, y profesores muy bien preparados, pero muy pocos intelectuales. Se debería trabajar en eso».

A casi treinta años de aquello, compruebo con bastante pena que en la universidad salteña (no solo en la que yo trabajé) hay profesionales muy capaces, pero muy pocos pensadores. Al contrario de los académicos, gobernantes y empresarios de hoy, pienso que los problemas que afligen a Salta no se van a superar aun en el improbable supuesto de que se produjera un «milagro económico». Si algo como esto ocurriera en los próximos quince años, lo más seguro es que nuestra desigualdad estructural se profundice y que aumente sustantivamente la brecha que hoy separa a los más ricos de los más pobres.

Se me podrá decir —y con razón— «¿para qué queremos pensadores en Salta si muy pronto la Inteligencia Artificial pensará por nosotros?». Nada más cierto. Pero hay que tener en cuenta que mientras que en los países más avanzados la IA sustituirá en algún momento al pensamiento humano al más alto nivel, en Salta la IA solo se ocupará de llenar un vacío. No es lo mismo que alguien ceda el testigo a la Inteligencia Artificial a que no lo haga nadie.

Por eso y porque Salta necesita soluciones que van mucho más allá del desarrollo de fantasiosos negocios (inmobiliarios, mineros, turísticos, agropecuarios, etc.), pienso que es imperioso que las universidades, sin dejar de lado su responsabilidad de formar cualificaciones para el mundo del trabajo, sirvan como refugio para el pensamiento regional del más alto nivel. Me temo que hoy ningún centro de educación superior apunta en esta dirección. Mucho menos, desde luego, la «sachauniversidad» que gira en la órbita del gobierno provincial.

Pienso que, en la medida en que la Universidad siga enfrascada en su papel de fabricante de «herramientas vivientes» y siga reaccionando a espasmos a las idas y venidas del mercado de trabajo, el pensamiento sufrirá un enorme menoscabo y los problemas más acuciantes de Salta no se resolverán en mucho tiempo.

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