Esta fractura social es un fenómeno relativamente nuevo en Salta, pero no en el mundo. Los salteños hemos conocido épocas en las que los pobres se relacionaban con los ricos a través de una relación asimétrica, producto de la traslación a la esfera social de las desigualdades características del sistema productivo (los peones desvalidos frente al omnipotente patrón de estancia).
En casi todo el mundo industrializado, los niveles de desigualdad, que habían decrecido de manera muy significativa desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta aproximadamente mediados de la década de los 80, volvieron a remontar en las últimos veinticinco años, en coincidencia con el retroceso del Estado del Bienestar, la globalización de los mercados financieros y el culto desmedido por la riqueza.
En Salta, donde nunca ha existido un Estado del Bienestar genuino y los mercados financieros siempre han parecido inalcanzables, la posesión de riquezas (y sobre todo el contraste entre los diferentes estilos de vida) ha dañado significativamente nuestra convivencia. Asomamos ahora al nacimiento de una nueva era en la que los niveles de desigualdad son aún mayores de lo que lo fueron históricamente, con el agravante de que la política se muestra cada vez más impotente a la hora de reducir la disgregadora distancia que separa a unos y otros, en rentas, en bienestar y en oportunidades.
Lo que es sorprendente, sin dudas, es que semejante tensión social no haya producido todavía en Salta ninguna consecuencia política importante. En nuestra Provincia todo sigue más o menos igual desde la década de los años cincuenta del siglo pasado. Lo demuestra el hecho de la convocatoria a una más que innecesaria Convención Constituyente, en medio de una crisis social que apenas si registra precedentes.
Aunque nada se ha movido de forma significativa en el terreno político (las estrategias de combate contra la pobreza no pasan de ser simples parches, colocados de forma oportunista y con claras intenciones de captación del voto), se pueden percibir algunos movimientos sutiles en el seno del poder «tradicional».
Y es que para gobernar (o mejor dicho, para seguir gobernando) una sociedad tan desigual sin perder ni la centralidad ni la influencia, el cada vez menos numeroso grupo dominante necesita emplear herramientas mucho más duras que antaño. Precisa de engaños muy sofisticados para captar el voto de los necesitados y en no pocas ocasiones debe recurrir a la fuerza para asegurarse de que los fuertes seguirán siendo fuertes y los débiles no serán capaces de reunir la energía necesaria para contestar el predominio de los anteriores.
Hasta hace poco, el mejor aliado del grupo dominante, el que aseguraba el mantenimiento de una paz social más aparente que real, era el carácter sumiso de nuestros pobres, producto quizá de una herencia milenaria o tal vez un eco tardío de aquella relación entre patrones y peones que durante muchos años fue el molde sobre el que se dibujó el mapa de nuestras relaciones sociales.
Sin llegar a convertirse en abiertamente belicosos, aquellos ciudadanos que forman parte de la vasta legión de excluidos no parecen ya estar por la labor de seguir guardando silencio o de limitarse a mirar lo que sucede en la altas esferas del poder, sin actuar en defensa de sus derechos o de sus intereses.
Para comprender mejor lo que está sucediendo en Salta ahora mismo quizá sea conveniente desconectar de una vez la idea de oligarquía de la imagen (ya por cierto desfasada) de una aristocracia improductiva y prebendaria (que casi ya no existe), y llamar con aquel nombre griego a los pequeños grupos enquistados en el poder, a los nuevos ricos y a los nuevos influyentes, cualesquiera sean su procedencia territorial o su grupo social de pertenencia.
Forma parte de una oligarquía, en el sentido más prístino de la expresión, no aquel que porta un apellido determinado, sino el que, con lujo de insolidaridad, por ningún motivo desea compartir su suerte con los demás y se refugia en pequeñas identidades para no pertenecer a esa sociedad desvertebrada y carente de la que todos, al fin y al cabo, formamos parte.
Pero en una sociedad fracturada se esconden vidas fracturadas. Y en este caso no hablamos solo de los pobres. Una sociedad fracturada es también aquella que no quiere o no es capaz de ver y de conmoverse por los dramas personales de los individuos que la componen.
Esta fractura social, no solo reparte desigualdad con amplísima generosidad: también es un guante lanzado a la cara de la política y de los políticos. La división que amenaza con hacernos desaparecer como sociedad está creando la conciencia de que los que detentan el poder desde hace casi dos siglos ya no tienen derecho a gobernar, por más que conquisten, una y otra vez, la mayoría de los votos que necesitan.
La política ya no puede excluir a los más desfavorecidos del proceso de toma de decisiones. La fractura social que nos atenaza y paraliza desde hace algunos años plantea una serie de desafíos que ya no se pueden resolver con soluciones populistas como las que instrumentan (por falta de recursos intelectuales y de destreza política) el gobierno provincial y el gobierno nacional.
Ni siquiera son suficientes las soluciones democráticas, tal cual como las conocemos. Hace falta un gran salto de calidad si es que no queremos que en pocos años, para mantener el poder (y los privilegios), en Salta haya que instaurar una suerte de apartheid sostenido a base de pistolas y fusiles.
Entre todos debemos ser capaces de comprender que las palabras justicia e igualdad están cambiando de significado, y que probablemente lo hagan de forma definitiva; comprender también que ahora es necesario articular nuevas respuestas, inventar nuevas protecciones para las nuevas necesidades y encontrar nuevos significados para las palabras estado y gobierno. Abandonar el noventismo es un imperativo de la hora, pero hay gente en el gobierno que no conoce otra forma de abordar los fenómenos políticos y sociales.
En pleno siglo XXI, mientras nos maravillamos con la explosión de la tecnología y la abundancia de información, debemos aprovechar para dedicar la escasa inteligencia disponible a pensar en la mejor forma de acabar con la fractura social (que no sea lógicamente construir barrios fortificados tras altísimos muros).
Debemos crear los estímulos necesarios para que nuestras mejores cabezas (no todas ellas están en el grupo social en que se supone que están) abandonen la siempre desagradable (aunque bien remunerada) tarea de pensar en cómo conservar el poder y defender su incolumidad, y se aboquen a imaginar libremente un futuro en el que quepamos todos y seamos capaces de convivir en paz y en una armonía razonables.

