Una sociedad atomizada, insegura respecto a su futuro e impotente frente a amenazas existenciales, escribía Morgenthau, hará que los «Estados Unidos participen cada vez más en aquellas tendencias de la cultura moderna que han encontrado sus manifestaciones más extremas en la Rusia soviética y en la Alemania nacionalsocialista», escribía en la quinta edición de su Politics Among Nations.
Es indudable que el vacío espiritual que ha dejado este proceso de afirmación de lo público intensificó en el individuo la sensación de inseguridad e impotencia ante una existencia vital, a priori, carente de sentido. Era necesario, pues restaurar el sentido, y efectivamente se restauró, pero no en el Dios omnipresente, sino en la lealtad del individuo a religiones seculares. Desaparecido Dios de la escena pública, los mortales construyeron sobre las ruinas de su iglesia demolida un nuevo templo: la nación.
Cualquiera sea el lugar del mundo en el que viva, el individuo es propenso a dejarse seducir por el nacionalismo moderno, que ofrece, como nadie, un refugio seguro para una existencia desnortada y deprimente; una tierra prometida para la restauración del orgullo en la solidaridad del grupo.
La experiencia de los años 30 y 40 del pasado siglo enseñó a los realistas clásicos una lección crucial: A menos que se satisfagan las necesidades espirituales del individuo, el nacionalismo extremo seguirá llamando a la puerta, amenazando el frágil internacionalismo del orden liberal.
El desafío para los arquitectos del orden de posguerra consistía, pues, en atender las necesidades psicosociales del individuo; en restaurar el sentido y la solidaridad social en un mundo complejo y cada vez más secularizado. Muchos creyeron ver entonces en el trabajo asalariado y en el empleo el factor de cohesión de la sociedad y la superación del individualismo.
Pero, ¿logró en realidad el orden de posguerra responder a este desafío de la modernidad liberal?
Tan temprano como en las décadas de 1950 y 1960, Morgenthau argumentó que los Estados Unidos se habían convertido en una «sociedad del desperdicio», impulsada por la búsqueda hedonista y preocupada únicamente por la producción y el consumo sin fin. Su respuesta a la anterior pregunta era claramente «no».
Decía Morgenthau en The Purpose of American Politics que la falta de compromiso de los ciudadanos y su renuncia a deliberar sobre el sentido de la nación conducía a la desintegración moral y, con el tiempo, conduciría al fascismo o la guerra civil.
Un liderazgo político que desatienda esta dimensión fundamental deja un vacío que será ocupado por «alguien más, muy probablemente un demagogo o una élite demagógica que se aprovecha de las emociones y prejuicios populares y que creará una opinión pública en apoyo de una política más probable que no sea insana y peligrosa», escribió Morgenthau en 1960.
El trumpismo —lo estamos viendo— ha venido a llenar aquel horrible vacío espiritual dejado por la modernidad liberal. Aun con sus políticas erráticas e impredecibles, Trump se dirige a una sociedad congelada por el egoísmo y anestesiada por el hedonismo, que ofrece «solidaridad grupal» y reconocimiento —«visibilidad», como se le dice ahora— a «los hombres y mujeres olvidados de nuestro país». Esos hombres y esas mujeres dejan de ser finitos, porque Trump los ha reunido nuevamente con su Dios: la nación.
Es aquí donde vuelve a cobrar significado el proceso de deliberación democrática, pues solo a través de la participación en unas deliberaciones, abiertas y plurales, puede el individuo sentirse parte significativa de un grupo y ahuyentar el fantasma de la alienación. En la modernidad liberal, la participación y el compromiso cívico son, sin dudas, los argumentos más fuertes contra la usurpación del poder por parte de las religiones seculares.
La ausencia de vías para el compromiso político deja al individuo alienado. Los demagogos capitalizan ese sentimiento ofreciendo una falsa sensación de comunidad para avanzar sus intereses privados y, muy a menudo, políticas peligrosas.
Es muy probable, pues, que Donald J. Trump haya hecho realidad las profecías de Hans Morgenthau.