En estos tiempos en que se exalta la diversidad por encima de las características comunes de hombres y mujeres —que es lo que nos hace «semejantes», en el mejor sentido de la expresión— muchas veces no se tiene en cuenta que el antagonismo entre dos existencias diversas es lo que constituye la causa de la guerra.
Con esto pretendo decir que si queremos mantener la paz, la solución no es «visibilizar» las diferencias, como algunos quieren que creamos, sino intentar que por encima de la «visibilidad» brille todo aquello que hace que nos reconozcamos los unos a los otros como pertenecientes a una humanidad única; no exenta de conflictos, pero única, al fin y al cabo.
Hasta hace poco, las «diversidades» se limitaban a embellecer el discurso pseudoprogresista en el interior de las sociedades. Mientras esto ocurría, los países democráticos mostraban una —quizá para algunos, «antigua»— uniformidad de métodos y narrativa.
Salvo la distinción entre democracias «avanzadas» y democracias «en fase de consolidación», no había «diversidad» entre países que compartían unos ciertos valores, presididos por los principios de soberanía popular, igualdad ante la Ley y respeto a los Derechos Humanos y a la integridad territorial.
Hoy, sin embargo, las democracias —empezando por la de los Estados Unidos— quieren ordenarse jerárquicamente y ganar «visibilidad» en la arena internacional, proclamando la supremacía de unos países sobre otros y la excelsitud de la moral personal de ciertos gobernantes por encima de la de los demás. Es una especie de trasvase de los mecanismos internos de diversificación social al campo de la política internacional, en donde todo es más peligroso, si cabe, porque allí no rige el Derecho sino la fuerza.
A mi juicio, hay pocas diferencias éticas y filosóficas entre proclamar la superioridad de la raza aria, la superioridad de la clase obrera y el objetivo grandilocuente de Make America Great Again.
En los tres casos se trata de poner a una clase de individuos sobre los demás, señalando al mismo tiempo un objetivo ideal y futuro que solo se alcanzará con el tiempo y que consistirá en el triunfo definitivo y atemporal de la raza, de la clase o de un país, sobre sus teóricos oponentes. El expansionismo territorial y el intervencionismo no son meros complementos: son condiciones sine qua non, y por tanto, inevitables, del pensamiento ideológico.
Lo que promete el supremacismo es nada menos que la supresión futura de la política. Pues, allá a lo lejos, cuando el objetivo se alcance —se nos dice— todos seremos tan libres y tan felices, que la política, con sus enredos, con su lentitud y hasta con su corrupción, no será de ningún modo necesaria.
Esta forma de entender al mundo fue la que propició el estallido de dos guerras tremendas en el siglo XX. Dos guerras cuyas dramáticas enseñanzas echaron las bases de un sistema internacional de preservación de la paz que hoy está deshaciéndose a pedazos gracias a las «diversidades invisibilizadas» y a un discurso disgregador que no es patrimonio exclusivo de ninguna forma particular de producción.
Si no queremos que la desgarradora historia del siglo XX se repita en el XXI, tenemos que hacer esfuerzos por reducir tanto la «visibilidad» como las «diversidades», y poner el acento más en lo que nos acerca al prójimo que en lo que nos aleja de él, y celebrar aquellos rasgos, aparentemente insignificantes, que compartimos con toda la humanidad.




