A una enorme proporción de argentinos no le interesan algunos aspectos de la economía como los «encajes» o el «crawling peg». A lo sumo, sobre los primeros se saben de memoria aquel chascarrillo que dice que no es lo mismo un metro de encaje negro a que un negro te encaje un metro.
Hoy mismo, el diario El Tribuno de Salta, con solo algunos píxeles de diferencia, publica la opinión de un economista que dice «No estamos ante pánico político, sino ante una crisis financiera», junto a la de otro que afirma, por el contrario: «El riesgo no viene de la economía, sino de la política».
Ninguno de los dos —probablemente por su formación, o quizá por sus inclinaciones políticas— alcanza a advertir que las crisis de este tipo, en la medida en que son fabricadas «a la carta» por la oposición, con la inocultable intención de derribar al gobierno, tienen más componentes fantasiosos que reales. El objetivo, como digo, no es provocar un tembladeral real en la economía, sino instalar en el insconsciente colectivo la idea de que el gobierno se va al garete, porque es incapaz de gobernar «la economía».Cuando en los países con democracias un poco más serias que la nuestra ocurren las crisis (que, por definición, afectan a toda la nación), las parcialidades políticas no las utilizan unas contra las otras para sacar ventajas electorales de corto plazo. Hay reproches, desde luego, pero no actitudes de abierto sabotaje, como está ocurriendo en la Argentina en estos momentos.
Las «crisis» fraguadas en los gabinetes de especuladores electorales no buscan agravar los indicadores económicos tanto como que la inquietud y la desconfianza generalizadas se traduzcan en un «vuelco electoral», para que, después de que este se produzca, en un plazo relativamente breve o muy breve, se produzca la tan ansiada «reconquista» del poder.
Cuando los economistas, que son los primeros llamados a mantener la calma, entran en un cono de histeria, como está sucediendo con una buena parte de ellos en la Argentina, solo pueden suceder dos cosas: que unos y otros estén embanderados en alguno de los bandos políticos en liza; o que, sin estarlo, ellos también se hayan contagiado del desasosiego colectivo que unos intentan instalar y otros resistir.
Durante todos estos días que se han sucedido a las elecciones en la Provincia de Buenos Aires, el diario El Tribuno de Salta —al igual que otros medios de alcance nacional— no han hecho sino publicar anuncios acpocalípticos sobre un inminente colapso de las variables económicas que controla el gobierno (el tipo de cambio, la tasa de interés, el pago de la deuda, las reservas de divisas, etc.). Solo hoy se ha dignado en publicar una opinión técnica que discrepa del enfoque catastrofista adoptado por aquellos economistas y pseudoeconomistas que pugnan por volver a instalar en el país las mismas políticas que nos han hundido, nos han aislado y nos han convertido en uno de los países menos productivos del mundo.
Evidentemente, la «crisis», si es que existe, no es política, ni financiera, sino moral, en la medida en que los sucesos nacionales ponen de manifiesto que para destruir a un gobierno no alcanza con la verdad y que quienes luchan contra su propia impotencia consideran necesario desafiar la legalidad constitucional (para lo cual no ahorran en gestos y decisiones) y crear realidades paralelas que solo dibujan un escenario de caos y descontrol que impide que los argentinos acudan a las urnas con la tranquilidad que requiere una democracia madura.
Las fantasías de unos y otros están utilizando como escudos humanos a los ciudadanos libres, y si nos parece horrible que lo hagan Hamas o Netanyahu, nos tiene que parecer igual de horrible cuando lo hacen los políticos argentinos. Nada de esto debemos permitir en democracia.
