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  • Comportamientos paradojales
  • El célebre Charles Baudelaire se quejaba de que los hombres que protagonizaron la Revolución se olvidaron de incluir en la famosa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 dos potestades fundamentales e imprescindibles: el derecho a contradecirse y el derecho a irse.
Urtubey
Urtubey

La obra del más célebre de los «poetas malditos» de Francia en el siglo XIX muy probablemente adorne los anaqueles de la culta y variada biblioteca de ese gran intelectual vallisto que es don Juan Manuel Urtubey, cuya afición a los clásicos, si bien es un poquito tardía, es también para tomársela muy en serio.



Baudelaire pensaba, sin apenas dudar, que las contradicciones anidan en el propio ser humano y forman parte de su constitución psicosomática. «Puede que sea dulce ser alternativamente víctima y verdugo», nos confiesa en una de sus obras.

El caso de Urtubey es muy particular, porque lo suyo consiste en afirmar y negar, sucesivamente y con un cierto intervalo de tiempo, una misma cosa, y en aceptar, con idéntica convicción y entusiasmo, determinados contrarios ontológicos, sin apenas cambiar la expresión de su rostro.

Un cerebro para que lo estudien en Viena

Sinceramente pienso que, en su testamento vital, –que el candidato ya debe de tener garabateado y bien guardado en algún cajón– Urtubey debería incluir la donación de su cerebro a la ciencia.

Porque así como al seso de Lenin lo tuvieron que cortar en 30.000 rebanadas para intentar desentrañar el origen de su «genialidad» política, al de Urtubey habría que cortarlo en, por lo menos, 300.000 lonchas finitas para que los científicos del mañana, con la ayuda de potentes computadores cuánticos, puedan descubrir en cuál de los lóbulos se localizan los cortocircuitos de los neurotransmisores que empujan al personaje a decir una cosa hoy y mañana la contraria, sin admitir nunca que se ha equivocado.

Un cerebro tan complicado, tan inagotablemente creativo, no se puede glosar en unas cuantas líneas. Para ello sería preciso hacer un repaso pormenorizado de las innumerables paradojas del discurso político del personaje.

Pero aunque la lista es muy rica en matices y haría seguramente las delicias de un psiquiatra, estoy seguro de que aburriría solemnemente a los lectores, que no esperan repeticiones sino noticias nuevas.

El fin de la 'avenida del medio'

Y lo más nuevo que nos ha regalado Urtubey en materia de contradicciones rotundas es que, con la intención de desacreditar a la candidata a senadora nacional del saencismo, ha proclamado el fin de la «avenida del medio» (se refiere a la equidistancia entre los dos extremos de «la grieta»), que hasta hace poco él mismo suponía ancha y caudalosa.

Ayer mismo Urtubey decía en un programa de televisión: «En el medio no hay nada, es la nada misma. La avenida del medio ya no existe».

En junio de 2019, Urtubey decía sin embargo lo siguiente: «Nosotros construimos en su momento Alternativa Federal para fortalecer una mirada que nos saque de esta grieta. Yo sigo pensando lo mismo que pensé siempre 😱, creo que hay que darle potencia a esta tercera vía, que es la que le da el canal de expresión a muchísimos argentinos que creen que la salida es que cambie este gobierno y no vuelva el anterior» (el gobierno kirchnerista).

No hace falta ser un genio para darse cuenta de que el sumo pontífice de la «avenida del medio» fue, hasta hace unas pocas semanas, Urtubey. El mismo personaje que «sigue pensando lo que pensó siempre»; el «capitán coherencia», que hace poco tachó a los kirchneristas de «ladrones» y que ahora se ha sumado a ellos; o ha vuelto a sumarse, que es más o menos como decir que los 39 discípulos de Alí Babá lo echaban mucho de menos. Al final, siempre la cabra al monte tira.

El ego bulímico

Fue Urtubey el gran artífice de la «avenida del medio», pero solo hasta que los astros se alinearon en su particular cosmos y le salió de adentro ese niño caprichoso que se preparó toda su vida para «ser» y al que el finado Francisco parece haber convencido en sus últimas horas de que tiene que «seguir siendo», hasta que alcance a tocar el cielo con las manos.

Cuando el ego llama a la puerta y el espejito de Blancanieves responde positivamente, mueren las palabras. El músculo duerme, pero la ambición no descansa.

Pienso que el mayor servicio que podría prestar Urtubey a los salteños no es político, sino científico. Creo que si donara su privilegiado cerebro a la ciencia, quizá las generaciones que habrán de venir serán capaces de descubrir dónde nacen determinadas deformaciones de la personalidad humana como el narcisismo, el mesianismo, el pensamiento paradojal y el desvarío ideológico.

Aunque si lo pensamos bien, podría Urtubey hacernos un favor impagable si se decidiera a ejercer el segundo de los derechos humanos ideados por Baudelaire: el derecho a irse.

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