Ayer, el presidente argentino, Javier Milei, fue recibido con todos los honores en la Casa Blanca, mientras que, un día antes, el español Pedro Sánchez solo recibía un confuso apretón de manos en el balneario egipcio de Sharm El-Sheikh, al que fue invitado de última hora, después de haber apoyado abiertamente al bando palestino en contra de Israel y haber ignorado desdeñosamente la concesión del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado.
De regreso a casa, Trump se deshizo en elogios hacia el presidente Milei, su equipo de colaboradores y su programa económico; al mismo tiempo que volvía a amenazar al gobierno de Pedro Sánchez con «echar a España de la OTAN» si no cumplía con la exigencia de llevar al 5% del PIB el gasto en defensa, para contribuir con la Alianza. El noteamericano llegó a calificar a España como «disrespectful» con la OTAN.
Pero a la hora de elogiar a Milei, Trump tuvo un pequeño desliz, que comenzó siendo imperceptible, pero que después se convirtió en una imparable bola de nieve: Dijo que solo sería «generoso» con la Argentina (o con Milei, no se sabe bien) si este ganaba las elecciones. Si las perdía, pues olvídate.
¡Para qué! De las dos orillas del Atlántico y casi al mismo tiempo empezaron a llover baldazos de excrementos dirigidos a Washington DC y a la amarillenta cabeza del magnate que ocupa la Casa Blanca. Aunque los dos asuntos (la OTAN y el swap) poco tienen que ver entre sí (como pocas similitudes hay entre Milei y Sánchez), la furia antitrumpista no tardó en encontrar dos puntos en común: la soberanía y el dinero.
El ministro de exteriores y la ministra de defensa del Gobierno español salieron como gallinas sin cabeza a defender la «capacidad» de España para atender a sus compromisos con la OTAN y el propio Sánchez salió a decir que aumentar el gasto militar significaría rebajar el nivel de protección del Estado del Bienestar español.
Pero si otros países europeos con estados del Bienestar incluso más eficaces que el español han aumentado el gasto hasta donde pide Trump, sin afectar los niveles de protección social, ¿por qué no puede hacerlo España? ¿Acaso la economía española no es hoy la de mejor comportamiento en toda la zona euro?
La respuesta que hoy se da en Europa a esta crucial pregunta es que el Estado del Bienestar español es tan precario y está tan pobremente financiado, que cualquier modificación en los presupuestos pondría la protección social hispana en muy serio peligro.
Que el país militarmente más poderoso del mundo y el que ha garantizado en las últimas ocho décadas la seguridad de Europa pida aumentar el gasto nacional en defensa, es como que te aumente la cuota del colegio o la de la medicina prepaga. Si podés pagar el aumento, bien; pero si no, te vas a tener que buscar otro colegio o llevar tu hipertensión al hospital de Güemes.
En la vida siempre llega un momento en que se debe elegir entre Netflix y Pluto. España está en esa disyuntiva.
Gauchos hasta el caracú
Pero, sin dudas, ha sido en la Argentina donde el presidente Trump ha sido peor interpretado en sus intenciones.Una legisladora provincial, en plena sesión pública, ha calificado de «amenaza» la advertencia de Donald Trump de que dejará de «ser generoso» si Milei no se impone en las elecciones. En su arrebato, la legisladora salteña ha llamado «fool» al presidente norteamericano.
¡Pero señora! Trump no dijo que iba a bombardearnos ni que iba a anexar a sangre y fuego la isla Maciel; simplemente dijo que retiraría su ayuda financiera y, muy probablemente también, su simpatía hacia nosotros, hacia el presidente, los libertarios, o quien sea que a Trump le caiga bien, si las urnas le daban la espalda a Milei.
Es como si el padrino de la criatura, que todos los años se hace presente para su cumpleaños con un fastuoso regalo, un buen día le dijera al ahijado que le va a suspender los obsequios si se porta mal. ¿Es esta una amenaza o algo que legítimamente puede hacer el padrino?
Según los gauchos montaraces de Salta, Trump nos tiene que ayudar, sin condiciones de ninguna naturaleza. Cualquier condición que el presidente estadounidense nos ponga es «una afrenta a nuestra soberanía». Deberíamos recordar que en ciertas parcelas de nuestra economía, la Argentina tiene tanta «soberanía» como la tiene España en materia de gasto militar, o política monetaria.
Piensan de este modo tan bárbaro incluso aquellos gauchos deudores o ludópatas que en Salta recurren al auxilio de un usurero y firman lo que le pongan por delante, incluso la hipoteca de la casa en la que malviven su mujer y sus ocho hijos. La «soberanía» es la versión internacional de lo que en el derecho de los contratos se conoce como «autonomía de la voluntad».
Pero si se trata de los Estados Unidos, hasta ahí podíamos llegar. A la primera que nos digan algo, movilizamos al Fortín Tuscal de Velarde y mandamos a los gauchos cabalgando hacia el Norte para hacerle sentir a Trump y a su secretario del Tesoro el famoso «rigor salteño».
Mi consejo es el mismo que le dieron al Chino Garcé cuando Maradona lo llevó al Mundial de Sudáfrica, pero al revés: «¡Lleven alfajores!».