El editorial de El Tribuno dice que Maduro pretende «eternizarse» en el poder, lo que no puede interpretarse sino como una voluntad de suprimir los límites temporales al ejercicio presidencial previstos en la Constitución.
Es bien sabido que la Constitución que fue sancionada en 1986, durante el gobierno de su padre, no contemplaba la posibilidad de que los gobernadores de Salta fueran reelectos ni una sola vez. Sin embargo, el hijo mandó a reformarla dos veces para permitir, primero, una segunda elección y, posteriormente, una tercera.
¿Cuál es la diferencia moral entre estas reformas y la que se supone que planea el presidente Nicolás Maduro?
Si ser considerado dictador es una mera cuestión de tiempo, habría que recordar que Romero gobernó Salta durante 12 años seguidos (desde el 10 de diciembre de 1995 hasta la misma fecha de 2007), mientras que Maduro -que hace rato es considerado un gobernante ilegítimo, aunque está amparado por una Constitución- gobierna desde el 5 de marzo de 2013; es decir, lleva menos tiempo en el poder que Romero, que se ha convertido en uno de sus críticos más implacables en el Senado argentino.
En materia de duración de los mandatos y de manipulación de la Constitución, Maduro y Romero se parecen como dos gotas de agua. Quizá no se parezcan en otras cosas, pero en estas desde luego que sí.
Y este parecido, que parece accidental, debería ser tenido en cuenta por quienes ahora reprueban el poder absoluto de Maduro, sin acordarse de que antes ejercieron un poder similar, al menos en lo que tiene que ver con el tiempo y la modificación de la Constitución.
