Lo que no esperaba, sinceramente, es que un diario serio publicara nada menos que un editorial con el aterrador e inhumano título de «La sombra del magnicidio se cierne de nuevo sobre Trump».
Decir o insinuar que a Donald Trump lo persigue «la sombra del magnicidio»; o peor aún: que la muerte violenta «lo amenaza de cerca» (significado académico del verbo cerner), no es tanto una sagaz constatación periodística, ni un acierto a la hora de describir la realidad, sino un presagio que esconde un deseo macabro, una franca invitación a atentar contra su vida; o, cuanto menos, una forma salvaje de menospreciar la existencia de una persona que, por muy equivocada que pudiera estar y por muy malos modos que emplee con la prensa, no merece de ningún modo este tratamiento periodístico.
Muchos líderes políticos del mundo han salido a condenar el suceso, aunque me temo que algunos lo han hecho como una mera formalidad. Más de uno está deseando en estos momentos, pienso yo, que Trump se aleje de la Casa Blanca, por las buenas o por la «vía rápida».
La llamada «violencia política» no existe. Es una contradicción en los términos. Cuando la violencia toma la palabra es porque la política ya no es posible. No se deben naturalizar de ningún modo los comportamientos violentos, por mucho que el personaje sea detestable. Especialmente en política.
Y mucho menos, celebrar los fallos de seguridad en un país con una desgraciada tradición de sucesos espantosos.
Antes de convocar a tiradores y «lone wolves», recordemos que allí donde el autoritarismo nos atenaza y nos encierra, la democracia abre siempre una salida.
