El cuento de «aniquilar el Estado desde adentro» es solo eso: un cuento. Porque cuando Milei consiga acabar (si es que lo consigue) con las regulaciones que -según él- lastran la economía del país y le impiden despegar, la maquinaria del Estado no habrá sido desguazada sino que saldrá notablemente fortalecida.
El problema del Estado no es su existencia ni son sus dimensiones. Su problema es la ineficiencia, cuyas raíces se deben rastrear en el clientelismo (una deformación del peronismo más prístino) y en la firme creencia de que «los destinos» de los individuos deben estar regidos por una entidad colectiva superior e incontestable (un objetivo que forma parte de la doctrina peronista clásica).
Con mucha suerte, Milei hará desaparecer el Estado regulador e intervencionista, pero jamás podrá extirpar -no al menos en esta vida- el paternalismo estatal, que en la Argentina siempre ha sido más demandado por la sociedad que impuesto por el Estado.
En estos términos, plantear un combate contra el Estado no tiene mucho sentido. Y no lo tendrá hasta que nuestra civilización encuentre y desarrolle una forma más avanzada y más justa de organizar la convivencia entre sujetos diferentes. El Estado es, por así decirlo, «un mal necesario», pero afortunadamente pasajero.
Pero para limar las aristas más duras de un Estado que tenderá siempre a la concentración del poder y a la limitación de las libertades de los ciudadanos (y más todavía las de los agentes económicos) precisamente existe la política, que aunque el Estado llegase a extinguirse algún día, seguirá felizmente existiendo.
Milei puede decir que quiere «aniquilar el Estado desde adentro», lo cual -aunque peligroso- tiene algún sentido. Lo que no lo tiene es intentar acabar con la política desde fuera (es decir, colocándose en la periferia de ella) porque hasta la más abyecta de las actitudes antipolíticas es política por definición.
El Presidente de la Argentina parece empeñado, pues, en hacer bueno aquel temerario consejo del dictador Francisco Franco, que aconsejó a uno de sus obedientes seguidores, que se había enredado en ciertas intrigas, diciéndole aquello de: «Usted haga como yo: No se meta en política».
La política (por ejemplo, la de Milei) es la que puede enterrar el Estado y firmar su certificado de defunción; pero también es la que puede salvarlo y poner sus mecanismos al servicio del interés común, encontrando sus dimensiones exactas y extirpando los nódulos de ineficiencia que entorpecen su funcionamiento.
En síntesis: el Presidente de la Argentina tiene sus razones para librar una batalla contra el Estado (no todas ellas se pueden compartir, lógicamente), pero ninguno para combatir a la política. Él mismo necesita de ella, no solo para sobrevivir sino también para gobernar. Y para hacer esto último lo han elegido y cobra un sueldo.
A casi nadie gustan los políticos de esta época. Idealizamos, en general y sin muchos motivos, a los del siglo XX. Pero aquellos no fueron mejores que estos.
Ni la política ni los políticos han perdido calidad, por lo menos en los niveles alarmantes que algunos dicen. Lo que está sucediendo es que mientras en décadas pasadas los chanchullos políticos apenas si salían a la luz, hoy se conocen hasta los detalles más intrascendentes de las negociaciones políticas.
La superficialidad y el lenguaje vulgar han existido casi siempre; la única diferencia es que ahora ya no se los puede ocultar y algunos hasta disfrutan haciendo pública su vulgaridad, su zafiedad y su escasa densidad moral, sin saber quizá que con esta exhibición indecente no hacen mejor cosa que envilecer la vida en común de los argentinos.