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  • Seguimos perdonando impuestos a los empresarios
  • En Salta existe la creencia de que la economía la protagonizan exclusivamente las empresas y, para ser más concretos, los empresarios.
Roberto Dib Ashur y Emiliano Durand
Roberto Dib Ashur y Emiliano Durand

Por tanto, cuidar de la economía significa en Salta cuidar a los empresarios; esto es, mimarlos, escucharlos y hacerles caso, ayudarlos cuando estén en dificultades y aun cuando no lo estuvieran.



Desgraciado error. El gobierno pierde de vista la decisiva importancia económica de las familias. Aunque no seamos conscientes de ello, la economía no podría funcionar sin los trabajadores individuales y sin las familias (aunque algunos de sus miembros no trabajen), ya que todos somos agentes económicos.

Las familias son tan importantes para la economía como lo son las empresas o el mismo Estado. Todos los días las familias llevan a cabo actividades que son decisivas para la marcha del sistema económico.

Para empezar, todas las familias consumen productos (naturales o elaborados) que son creados, transportados y vendidos por personas y empresas que dependen (algunas en última instancia) del consumo familiar para su existencia.

Padres, madres, esposas, hermanos y abuelos trabajan y ganan un sueldo que les paga una empresa o una persona. O bien tienen su propio negocio y necesitan comprar o producir artículos que luego venden. Nos sorpendería saber de la importante contribución a la riqueza colectiva de aquellas personas que, aun sin tener ni empleos formales ni negocios, dedican su tiempo solo a cuidar de su hogar, a asistir a personas dependientes, a enseñar, a tejer, a escribir, a tocar un instrumento, a pintar, a jugar al fútbol o programar en su computadora.

Aunque no todos lo hacen en la misma medida, la gran mayoría de familias e individuos pagan impuestos al Estado para que este organice los servicios básicos del país. Las familias son las que ahorran. El volumen del ahorro familiar, aunque no aflore como es debido, es una variable económica de primera magnitud.

La familia no solo genera capital capital humano, moral y social, sino que asegura su reproducción y contribuye permanentemente a su enriquecimiento. Consecuentemente, las familias son un factor clave en la determinación del uso de recursos, de la actividad y de las estructuras económicas.

Podría estar toda la tarde hablando de lo mismo, de la escasez de empleo formal o de la necesaria e inevitable desconexión entre trabajo y dinero.

Pero lo que realmente me gustaría es que el Ministro de Economía de Salta me explicara por qué, si él es consciente de la importancia económica de las familias (porque dudo mucho que no lo sepa) y del tremendo impacto de la crisis sobre quienes peor se pueden defender, el gobierno al que pertenece ha elegido ayudar a los empresarios (y no a todos, sino a los que son «del palo»), con subvenciones, créditos fáciles, perdón de impuestos y un montón de «favores» que terminan pagando los más débiles; es decir, las familias y los individuos.

Puedo entender que se concedan algunas ayudas (excepcionales) en sectores que atraviesan por dificultades especiales, pero no entiendo que se les perdone impuestos, con carácter general en un momento de crisis económica tan aguda a empresarios que tranquilamente podrían pagarlos con solo aplacar un poco su apetito de lucro.

El discurso siempre es el mismo: «preservando a la empresa impedimos que se cierren fuentes de trabajo y aseguramos que las familias puedan seguir comiendo».

En un 90% de los casos este argumento es una falacia. Si, como he dicho, muchos de los «favorecidos» están en perfectas condiciones de afrontar la crisis aguantando con más deportividad la caída de su actividad e, incluso, sus pérdidas, me consta que muchas familias desearían que las empresas más ineficientes e insolidarias pudiesen quebrar, cerrar y desaparecer.

Si el Estado ayudara directamente a las familias, con la misma cantidad de dinero con que ayuda a las empresas (incluyendo la cantidad de impuestos perdonada), las familias no solo consumirían o ahorrarían más sino que se abrirían nuevas empresas y negocios.

Creer que los únicos «laboriosos» son los empresarios y que los que no emprenden son unos zánganos a los que les gustar vivir mantenidos por otros, es un error que estamos pagando caro.

El Estado ayuda a los empresarios sin exigirles nada a cambio; sin contrapartidas económicas o sociales. No asumen el compromiso de pagar impuestos religiosamente, porque a ellos los impuestos se les perdonan o se difieren. No asumen el compromiso de emplear a más trabajadores, porque el Estado hace la vista gorda frente al trabajo en negro. No asumen el compromiso de moderar los precios, porque al primer trueno, antes de invocar a Santa Bárbara, corren presurosos a remarcar las góndolas.

A los empresarios, que en realidad deberían ser profesionales del riesgo lo único que les interesa es asegurar sus ganancias a como dé lugar, sin arriesgar nada. Para eso se refugian en el Estado y el Estado entra como caballo y los cobija bajo su paraguas.

Por eso, la verdadera profesión de riesgo (y no debería serlo) es la gestión de la familia. No es ni filosófica ni moralmente admisible que el Estado reduzca consciente y deliberadamente el riesgo de quienes han nacido para arriesgarse, y se lo aumenten proporcionalmente a quienes deberían vivir una vida exenta de sorpresas desagradables y de contratiempos imprevistos.

Perdonamos impuestos a las empresas mineras, a las turísticas, a los comerciantes, a los grandes bancos y las grandes corporaciones mediáticas (más bien a una en particular). ¿Y cuál es su respuesta? Pues, por lo que se puede leer en estos días en los diarios, la respuesta de los favorecidos es la evasión impositiva a gran escala, el trabajo ilegal, la discriminación y la reducción de puestos de trabajo con indemnizaciones miserables pagadas en cuotas.

Si seguimos instrumentando estas genialidades, si seguimos perdonando impuestos y ayudando a los que chantajean al gobierno con el apocalipsis social inminente, cada vez abusarán más de nosotros y encontrarán formas cada vez más novedosas de acabar con el riesgo de sus negocios, cuya desaparición es la que verdaderamente provocará el descalabro económico que todos tememos.



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