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  • Una renuncia inexplicable
  • Visito casi a diario los perfiles en las redes sociales de personas a las que toda la vida conocí sensatas y reflexivas, no con otra intención que la de comprobar, con tristeza, que han abandonado sus buenos hábitos.
Imagen ilustrativa
Imagen ilustrativa

No entiendo bien si es el formato (los mensajes cortos) o el desafío de la inmediatez (que obliga casi siempre a reaccionar «sobre el pucho») lo que hace que muchas de nuestras mejores cabezas se ahorren el trabajo de pensar en la complejidad del mundo y en la necesidad de adaptar la democracia a las nuevas realidades.



El lugar de aquellas personalidades otrora sosegadas y pensantes lo ocupan ahora unos indignados, que disparan consignas enfurecidas a toda hora y que en vez de elaborar interpretaciones sobre los hechos (algo absolutamente necesario para lograr comunicarnos) inundan el ciberespacio con datos a los que atribuyen un poder taumatúrgico.

Es evidente que las redes sociales -para quien las usa con una frecuencia excesiva- conducen a crear una ficción de participación o de proximidad con los asuntos públicos y, lo que es peor, condenan a la sospecha eterna a los intermediarios, anulando de hecho los beneficios de la democracia representativa.

Me produce una cierta pena leer a quienes antes dedicaban horas y horas a estudiar y a pensar, y ahora se dedican a conspirar y a atacar, cuando no a defenderse de los intrusos que cuelgan en sus muros insultos y descalificaciones ideológicas en su contra.

Ya en otra ocasión me manifesté a favor de la superioridad de la opinión (las interpretaciones) sobre los datos. Ahora creo que también debo decir que no me parece del todo razonable la idea de que sea más democrático participar que delegar. La democracia solo puede salir adelante si somos capaces -con generosidad o con indulgencia- de tolerar ciertas cosas que antes no nos llamaban la atención pero que ahora nos indignan, y de no condenar a los intermediarios, a los que agregan opinión o quienes se encargan de procesar los datos crudos.

La indignación paralizante, la que ha hecho a alguna gente ya mayor abandonar su sosiego intelectual pacientemente cultivado durante décadas, para adoptar una postura verbalmente beligerante, nace de la extraordinaria abundancia de información sobre la «cosa pública» y de una exagerada exigencia de «transparencia», según la cual, si no lo sabemos absolutamente todo, la democracia no funciona.

Es inútil y hasta contraproducente indignarse por los datos públicos que se difunden y conocen, sin detenernos a examinar su significado. La democracia no mejora en absoluto, ni somos mejores ciudadanos, cuanto más datos y documentos se difunden en las redes, y cuanto más reacciones viscerales «sobre el pucho» se producen sobre aquellos.

Sé que será difícil rectificar el rumbo, pero llegará un momento en que tengamos que elegir entre democracia y gobernabilidad. Si comprobado está que el tsunami de datos, de información y de opiniones inmediatas (que lleva unos quince años alterando nuestra vida en común) no ha hecho sino que la democracia pierda su calidad, primero, y su eficacia, después, es que estamos obligados a hacer esfuerzos para intentar bajar los niveles de indignación y aumentar la reflexión todo lo que nos sea posible.

Estamos demasiado atentos a lo que pasa en la política y lo estamos de una manera constante e inmediata. De lo que no nos damos cuenta es de que la vigilancia extrema sobre los protagonistas políticos, en lugar de hacerlos más «transparentes» los hace más opacos y escondedores, pues el minucioso celo sobre lo que hacen o dejan de hacer les empuja a sobreproteger sus acciones y provoca que -temerosos de su repercusión- su discurso carezca de significado.

El denuesto de los intermediarios no solo afecta a los representantes electos sino que, de una manera algo menos visible pero igualmente dañina, lo hace sobre los partidos políticos, que son los que deberían encargarse de distinguir entre lo esencial y lo anecdótico y los que debieran emplear largas horas en analizar pacientemente los datos y ponerlos en un contexto útil. Pero todo esto -que es esencial para rescatar la utilidad y eficacia de nuestra democracia- demanda una ingente cantidad de tiempo (un tiempo que la inmediatez de las redes no concede) y unas competencias cognitivas que no abundan (no por haber ahora más información disponible hay más personas inteligentes que antes).

No defiendo una democracia de expertos y no desdeño la democracia de ciudadanos informados o, aun, hiperinformados. Lo que intento decir es que la desconfianza hacia el experto empobrece sin dudas nuestro proceso democrático. Y el gran problema es que no siempre Internet nos permite distinguir a un consumado experto de un amateur, pues unos y otros se expresan a través de canales parecidos, al menos en su apariencia. Cómo olvidar la anécdota de Umberto Eco, que editó anónimamente su propia biografía en Wikipedia, por unos datos que consideraba incorrectos, y su corrección fue anulada por un editor que creyó saber más de Umberto Eco que el propio Umberto Eco.

En política no todo es atacar, conspirar, derribar, filtrar o indignarse. Para que la política nos reporte aquellos beneficios democráticos que nos son tan necesarios se requiere bajar la indignación y dejar que aquellas personas que saben más que los otros se expresen, a su ritmo y con la tranquilidad que la tarea reflexiva requiere.



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