He crecido contemplando el ascenso -fulgurante en algunos casos, pero aun insuficiente- del Derecho Internacional, de los compromisos entre naciones, de la cooperación, de la disuación, de la deliberación y del diálogo. Especialmente aquellos esfuerzos relacionados con el deseo y aspiración universal de la paz.
Pero no es tanto esto lo que me sorprende y me disgusta, sino que nadie -pudiendo hacerlo- le pida explicaciones a ese presidente por su apartamiento del Derecho y lo siente a una mesa de negociaciones como el «gran patriota» al que hay que reverenciar.
Al final, creo que mi contemplación juvenil del triunfo de la racionalidad jurídica en las relaciones internacionales no fue más que eso: una ilusión contemplativa; la esperanza vana de superar el crudo realismo de Hans Morgenthau.
Escuchar a presidentes elegidos democráticamente en el siglo XXI hablar de anexionar territorios, comprarlos por monedas o modificar fronteras como si fuera un juego de mesa, me despierta sensaciones aun peores que el regreso de la esclavitud o la extensión de la pena de muerte, que ya me provocan un asco intenso.
Siempre pensé que los individuos y sus intereses están muy por encima de los intereses y necesidades de los países en los que viven. Nunca he creído mucho en las fronteras -debo admitir- pero una cosa es descreer de su utilidad y otra muy diferente es cambiarlas porque a uno le da la gana. Creo que las fronteras se deben respetar, como se deben respetar las normas jurídicas que limitan el poder de las naciones en la arena internacional.
Como buen tipo del siglo XX que soy pienso que los que han liderado una guerra de agresión deben reconocer que sus motivaciones y sus acciones no han respetado las normas que nos rigen. Los demás -los que nos quedamos mirando- debemos hacer lo posible para hacerle sentir al agresor que ha sacado los pies del tiesto, y no legitimarlo escuchando sus «razones» para pactar un alto al fuego o el fin de la guerra.
Si al que promueve el acercamiento de dos naciones en guerra le importa más el final de la guerra que la responsabilidad de su inicio, su origen agresor y expansionista, es que al sistema internacional que tan desarrollado creía yo que estaba en el siglo XX le faltan aún varios siglos para convertirse en algo serio y respetable.
