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  • Reflexiones en el día de la Patria
  • A mediados del siglo XX, Salta prácticamente estrenaba su nueva extensión territorial, después de que en 1943 el gobierno nacional de entonces decidiera disolver la antigua Gobernación de Los Andes y adjudicar el extenso Departamento de Pastos Grandes a la Provincia de Salta.
Imagen ilustrativa
Imagen ilustrativa

La capital de la Provincia era por aquellos años un «pueblo grande», dividido en dos grandes territorios muy desiguales (la zona noble y «las orillas») que sin embargo se prestaban sus costumbres el uno al otro, y en los que habitaban un poco más de 75 mil almas, entregadas en su mayoría a los ritos aldeanos.



Aun la clase prominente de Salta -claramente menos numerosa- no era muy propensa a viajar al extranjero para conocer nuevas culturas y para enriquecerse con el contacto con el mundo.

Los que gobernaban -casi todos pertenecientes a aquella clase social privilegiada- parecían convencidos de que los grandes países del mundo no tenían nada para enseñarnos y que bastaba con regodearse en las «glorias» del pasado para prescindir de los aportes que la cultura universal y los nuevos hallazgos científicos podían hacer a nuestra convivencia y a nuestras instituciones.

Quienes aspiraban a ensanchar sus horizontes intelectuales debían emigrar a Buenos Aires, a Córdoba, a Rosario y en los años 60 y 70 a la vecina ciudad de Tucumán, que había logrado erigir en pocos años una universidad pujante y prestigiosa.

Los salteños que hoy tienen más de 80 años y que no tuvieron la suerte de estudiar en otras provincias crecieron convencidos por los enamorados del pasado de que «Salta tiene un espíritu invicto de grandes», aunque a esa «grandeza» hubiera que buscarla con lupa en la historia, enfrentándonos al riesgo de no encontrarla jamás.

Salta pudo atravesar la segunda mitad del siglo XX gracias a que algunos de nuestros comprovincianos que no estaban demasiado convencidos de la eterna contemplación de las glorias pretéritas hicieron enormes esfuerzos por conectarnos con el mundo, primero a través de la radio y poco después a través de la televisión. Solo en el quinquenio final del siglo algunos salteños inquietos -muy pocos, en realidad- consiguieron que nuestra Provincia se conectara a Internet.

Recuerdo que 1997, el gobernador Juan Carlos Romero, con un gesto de perplejidad o desdén (no estoy muy seguro), rechazó un proyecto de decreto que yo mismo había elaborado por encargo de su entonces Secretaria General. Aquella iniciativa tenía por objeto declarar el interés del gobierno en Internet y allanar el camino para que el acceso a la Red pudiera ser considerado en el futuro un derecho fundamental de los ciudadanos de Salta. Más de un cuarto de siglo después, Romero y sus epígonos parecen más interesados en Internet que yo mismo. Se dieron cuenta bastante tarde.


Temerosos del «peligro» que las comunicaciones electrónicas con el mundo pudieran corromper nuestras más prístinas costumbres y exponer al ridículo al gauchaje reinante y a su precariedad cultural, los conservadores de Salta se lanzaron como halcones sobre los medios de comunicación, valiéndose de su poder económico y reivindicando su autoproclamada exclusividad de producir bienes culturales. De este modo, consiguieron poner a la radio primero y a la televisión después al servicio del aldeanismo tradicionalista. Desgraciadamente para ellos, no pudieron hacer lo mismo con Internet.

Los conservadores no pudieron impedir que los salteños inquietos emigraran a otras universidades, pero se ocuparon de fundar en Salta las suyas propias, con un sesgo elitista que luego abandonaron, en parte por la variedad demográfica y en parte también porque el nivel intelectual de las nuevas generaciones del grupo principal no era el que ellos habían calculado.

Pero llegó un momento en nuestro devenir histórico en que los «opas encapsulados», de los que alguna vez habló el genial Carlos Vázquez Iruzubieta, dejaron de vagar por los patios del fondo y decidieron salir, viajar a grandes distancias y conocer el mundo.

Muchos de ellos han visitado países muy avanzados; otros se han decantado por países exóticos. Algunos han salido a estudiar a prestigiosas universidades extranjeras, otros -los más- han aprovechado para echarse panza arriba en playas paradisiacas, conocer hermosos monumentos, y, en algunos casos puntuales, alegrar la vista en festivos cabarets europeos. Hay quienes han hecho de los viajes al extranjero un hábito que se repite casi todos los años.


La gran paradoja

Pero los salteños trotamundos vuelven una y otra vez a Salta, en donde en vez de aportar al progreso y a la renovación de nuestros hábitos más desgastados, se esmeran en hacer todo lo contrario. Como dijo aquella salteña que pisó por primera vez Times Square: «Casas más, casas menos, igualito a mi Santiago». O aquella que asomada al puente Alexander III sobre el Sena exclamó aquello de «¡Que profunda emoción!» y un salteño afincado en París le dijo: «Eso es en Venecia, hija».

Esta clase de salteños puede presumir de haber pasado por el mundo, pero lo que es más seguro es que el mundo no ha pasado por ellos.

Tal parece que solo hubieran salido afuera para confirmar aquello de que «Salta tiene un espíritu invicto de grandes» o que las carreras que imparten las universidades locales tienen mayor nivel científico que las que se imparten en la Universidad de Oxford o en la de Harvard.

El fenómeno del regreso al conservadurismo más cerril después de una estancia en el extranjero nos alerta de que la ciudad de Salta, con casi 700.000 habitantes, es hoy mucho más aldeana de lo que lo era hace 80 años atrás.

Son pocos los que regresan a Salta con la intención de mejorarla y los pocos que se animan a plantearlo tropiezan por lo general con esos gauchos robustos que anteponen sus guardamontes a cualquier progreso social, porque para ellos todo lo que viene del extranjero es perverso como el mismo diablo.

Pero lo que llama la atención no son estos intentos marginales de modernización, sino la profesión de fe ultraconservadora de la gran mayoría de salteños trotamundos que ha tenido la fortuna de conocer el progreso social por haberlo visto de cerca en otras latitudes y que, sin embargo, sigue pensando que nuestras enormes e hirientes desigualdades son el no va más de la convivencia democrática y que Salta no puede ni debe ser de otra manera porque posee ese «espíritu invicto de grandes».


A veces no solo es preferible ser un poco más «pequeño» (el sentimiento de grandeza impide muchas veces reconocer nuestras propias debilidades) sino que de vez en cuando conviene perder algún partido que otro. Si no recuerdo mal, la Selección de Scaloni llevaba 36 partidos seguidos sin perder antes de toparse con una sorprendente y veloz Arabia Saudita en Qatar. Al final, los nuestros terminaron campeones del mundo.

Si por el indómito gauchaje de los salteños trotamundos fuera, seguramente Salta caería eliminada en primera ronda. Necesitamos que los salteños que viajan y se aventuran lejos de la tierra regresen maravillados del contacto con el mundo para transformar nuestra sociedad de raíz y no para seguir hundiéndola en las miserias del pasado.

Por supuesto que los salteños tenemos cosas buenas y hasta muy buenas. Pero incluso a nuestros mejores productos debemos someterlos periódicamente a un filtro crítico, porque, sin crítica y sin debate, lo mejor de hoy puede convertirse en lo peor de mañana.

Que el «espíritu invicto de grandes» que inflama nuestro hiperdesarrollado «orgullo salteño» no nos haga incurrir en el imperdonable pecado de ignorar y despreciar ese mundo que está ahí afuera y que existe para que podamos compararnos con él y mejorar todo aquello que podría funcionar mejor.



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