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  • Contrastes de la democracia
  • Para los ciudadanos argentinos que vivimos en el extranjero y que figuramos en las listas electorales bajo el rótulo ‘argentinos en el exterior’, el voto -felizmente- no es obligatorio.
Colegio Mayor Argentino Nuestra Señora de Luján
Colegio Mayor Argentino Nuestra Señora de Luján

Aun así, mañana tengo previsto recorrer una buena cantidad de kilómetros para llegar hasta el Colegio Mayor Argentino de Madrid y ejercer mi derecho al sufragio activo.


El Colegio Mayor Argentino Nuestra Señora de Luján ocupa desde hace décadas un edificio cuya arquitectura debe de haber sido vanguardista en la época en que se construyó (comienzos de los años 70) pero que con el tiempo ha ido perdiendo parte de su atractivo original.


Está emplazado en el corazón de la Ciudad Universitaria, a pocos metros de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional a Distancia (UNED) y del Paraninfo Sur de la Universidad Complutense de Madrid, en donde están ubicadas las principales instalaciones deportivas.

Las dos últimas veces que voté allí, lo hice en un ambiente distendido y hasta agradable, lo cual no es tan frecuente en las elecciones españolas, que si bien son tranquilas, a veces no están tan bien organizadas como se supone que deberían estar.

El Consulado Argentino de Madrid, sin embargo, lo suele hacer bastante bien en estas ocasiones. En las mesas receptoras de votos, el presidente nos identifica y, al hacerlo, automáticamente busca la Provincia de nuestro último domicilio en el país, saca una carpeta que contiene los votos de esa Provincia y nos da una papeleta única en la que se deben marcar los candidatos que nosotros elegimos.

En una cabina pequeña, aislada del mundo por una cortinita minúscula, marcamos el voto, lo doblamos y lo metemos en la urna. No recuerdo que ni siquiera nos dieran un sobre.

No conozco forma más sencilla de votar.


Desde luego, mis comprovincianos y comprovincianas en Salta no tienen esa suerte, pues allí tienen que identificarse ante una nube de fiscales con cara de policías de franco, pedir un sobre que antes de llegar a sus manos debe ser garabateado hasta por el ordenanza de la escuela, entrar con él a un «cuarto oscuro», enfrentarse en soledad a un mosaico de papeletas de voto con unas letras enormes y con unas fotos tan desproporcionadas que solo consiguen perpetuar el analfabetismo cívico; seleccionar una papeleta entre todas, fijarse que no esté rota o que alguien no la haya utilizado antes como papel higiénico, luego ensobrarla y todo el ritual que conocemos bastante bien.

No termino de entender el porqué de estas diferencias, ya que mientras a los que vivimos fuera de la Argentina se nos permite votar en unas condiciones, digamos, aceptables, al resto de nuestros semejantes se los maltrata, incluso antes de llegar a la mesa receptora de votos. Los electores -sobre todo los mayores- acostumbrados en algún momento a «esconder» el voto peronista, acuden todavía a votar con la misma sensación de clandestinidad con que los viejos socialistas españoles sintonizaban la Radio Pirenaica en los años 40 del siglo pasado, o con que las mujeres veneraban el retrato de Eva Perón, desafiando a quienes por decreto en una época se empeñaron en extirpar su imagen de la memoria popular.

Como escribí alguna vez, a la salida del Colegio Mayor no encontraré a los traficantes de choripanes que ofrecen un tentempié a cambio del voto, ni a los que a la entrada nos prometieron darnos la zapatilla que falta para completar el par. En el lugar generalmente hay policías nacionales hispanos con cara de no saber por qué los han mandado allí con vehículos blindados a cortar la pacífica calle Martín Fierro, como si se tratara del Paseo del Prado ante una manifestación inminente o la celebración de una victoria del equipo del Cholo Simeone.

Para muchos será una «fiesta democrática», pero no para mí, que siempre me he tomado estas cosas con una seriedad quizá inútilmente solemne, alejada de cualquier sentimiento «festivo». La democracia para mí es una trabajosa forma de convivir, que no debería producir una especial satisfacción a nadie. Pero también entiendo que haya personas que piensen que el mero acto de votar colma sus expectativas cívicas.

Afortunadamente, no es mi caso.



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