Sobre la campaña electoral que está a punto de comenzar (legalmente) en Salta -aunque (ilegalmente) lleva ya varios meses instalada- sobrevuela la amenaza/ilusión de que la inteligencia artificial es capaz de alterar los resultados, en beneficio de aquel que demuestre una mayor habilidad en el manejo de esta novedosa herramienta.
Hay entre nosotros personas audaces que se animan a hacer algunos pinitos con ChatGPT y con otros servicios de pago . A pesar de que se trata solo de balbuceos, esas personas nos muestran orgullosos sus experimentos como niños con juguete nuevo. Es esta la parte más trivial de la inteligencia artificial: la que hace que algunos se sientan como protagonistas de una saga de Star Trek, sentados en el puente de comando de la Enterprise.
Pero ¿qué es exactamente lo que persiguen los precoces experimentadores salteños en AI?
No es difícil adivinarlo. Buscan ganar poder, porque el poder es la mercancía de cambio más valiosa entre nosotros; es el objeto social más apetecido por aquellos que viven y se reproducen gracias a las desigualdades y a las injusticias que nos son tan familiares.
La idea, por supuesto, es que una vez alcanzado el objetivo, el control de la AI nos permita excluir a los demás de su disfrute, instaurando lo que el filósofo coreano-alemán Byung-Chul HAN llama el «régimen de la información»; es decir, una nueva forma de dominio en la que la información y su procesamiento mediante algoritmos e inteligencia artificial determinan de modo decisivo los procesos sociales, económicos y políticos.
La conquista del poder a través del control de la AI en Salta busca también perpetuar las desigualdades, porque son estas el combustible que alimenta la convulsa caldera social de Salta. Es decir que, si finalmente la AI desembarca en nuestros ventosos valles, lo hará para profundizar el modelo feudal que tan bien conocemos (y en el que algunos se desenvuelven como peces en un acuario), pero de ningún modo para mejorar la democracia, expandir nuestras libertades, mejorar nuestra convivencia o hacer más eficiente la administración del Estado.
En Salta hay toneladas de inteligencia humana desaprovechada. Solo una parte de ella -bastante insignificante, por cierto- está empleada (mal empleada) en los juegos de poder. Estos juegos, que constituyen una práctica social muy arraigada, sirven básicamente para calmar las conciencias de aquellos que saben positivamente que no viven en una sociedad «política» (en el sentido más prístino del término) y que, sin embargo, aparentan todo lo contrario.
Es por esta razón que en Salta los experimentos con AI solo pueden, por el momento, alimentar la espiral de la desigualdad y, si acaso, contribuir a degradar aún más a la democracia y socavar las bases de nuestra convivencia. En palabras del economista italiano Michele BOLDRIN, «la desigualdad deriva de la innovación».
Solo en la medida en que la AI alcance a una mayoría de nosotros y que nuestros ciudadanos menos ilustrados sean capaces de controlar la elaboración de los algoritmos y el modo en que las máquinas aprenden a razonar, podremos tener la esperanza de encontrarnos a las puertas de una auténtica revolución social.
Si los experimentos se limitan, como hasta ahora, al diseño de memes más o menos ingeniosos, a la deformación interesada de la verdad con fines electoralistas o a la redacción de partes de prensa intrascendentes, los salteños no solo retrasaremos varias décadas la revolución que prometen las nuevas herramientas automatizadas, sino que demostraremos otra vez al mundo que así como durante siglos no fuimos capaces de utilizar con provecho la inteligencia natural de los hijos de la tierra, tampoco podremos en el futuro más cercano sacar el mejor partido de la inteligencia artificial y nos convertiremos, en el mejor de los casos, en sus obedientes esclavos y más atentos servidores.