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  • Del 'régimen de la disciplina' al 'régimen de la información'
  • Una sociedad que durante varios siglos no ha sabido hacer buen uso de la valiosa inteligencia humana de sus individuos, muy probablemente no será capaz de aprovechar las enormes ventajas que ofrece la inteligencia artificial (AI).
Imagen ilustrativa
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Sobre la campaña electoral que está a punto de comenzar (legalmente) en Salta -aunque (ilegalmente) lleva ya varios meses instalada- sobrevuela la amenaza/ilusión de que la inteligencia artificial es capaz de alterar los resultados, en beneficio de aquel que demuestre una mayor habilidad en el manejo de esta novedosa herramienta.



Todo el mundo, hasta el más ignorante, habla hoy de la AI. Casi nadie la ha visto ni ha experimentado con ella, pero no ahorran ocasión para hablar del asunto, bien en términos elogiosos, bien en términos peyorativos. La expresión está en boca de todos, incluso de aquellos que no la conocen más que por lo que de ella publican los diarios. El asunto está tan de moda entre nosotros, que ignorar los últimos avances consumados (o las tropelías cometidas) en el campo de la AI, nos expone a hacer el ridículo en una conversación casual.

Hay entre nosotros personas audaces que se animan a hacer algunos pinitos con ChatGPT y con otros servicios de pago . A pesar de que se trata solo de balbuceos, esas personas nos muestran orgullosos sus experimentos como niños con juguete nuevo. Es esta la parte más trivial de la inteligencia artificial: la que hace que algunos se sientan como protagonistas de una saga de Star Trek, sentados en el puente de comando de la Enterprise.

Pero ¿qué es exactamente lo que persiguen los precoces experimentadores salteños en AI?

No es difícil adivinarlo. Buscan ganar poder, porque el poder es la mercancía de cambio más valiosa entre nosotros; es el objeto social más apetecido por aquellos que viven y se reproducen gracias a las desigualdades y a las injusticias que nos son tan familiares.


Los salteños no sabemos vivir sin poder; sea para perseguirlo obsesivamente o para resistirlo obstinadamente. Por eso es que, en la medida en que la AI se insinúe como una forma novedosa de alterar los equilibrios conocidos, tanto los que buscan conquistar el poder (ganando las elecciones, por ejemplo), los que buscan ampliarlo y los que buscan conservarlo, así como los que invariablemente están obligados a sufrirlo y padecerlo, se afanarán por llegar primero en esta alocada carrera por conquistar las claves del invento.

La idea, por supuesto, es que una vez alcanzado el objetivo, el control de la AI nos permita excluir a los demás de su disfrute, instaurando lo que el filósofo coreano-alemán Byung-Chul HAN llama el «régimen de la información»; es decir, una nueva forma de dominio en la que la información y su procesamiento mediante algoritmos e inteligencia artificial determinan de modo decisivo los procesos sociales, económicos y políticos.

La conquista del poder a través del control de la AI en Salta busca también perpetuar las desigualdades, porque son estas el combustible que alimenta la convulsa caldera social de Salta. Es decir que, si finalmente la AI desembarca en nuestros ventosos valles, lo hará para profundizar el modelo feudal que tan bien conocemos (y en el que algunos se desenvuelven como peces en un acuario), pero de ningún modo para mejorar la democracia, expandir nuestras libertades, mejorar nuestra convivencia o hacer más eficiente la administración del Estado.

En Salta hay toneladas de inteligencia humana desaprovechada. Solo una parte de ella -bastante insignificante, por cierto- está empleada (mal empleada) en los juegos de poder. Estos juegos, que constituyen una práctica social muy arraigada, sirven básicamente para calmar las conciencias de aquellos que saben positivamente que no viven en una sociedad «política» (en el sentido más prístino del término) y que, sin embargo, aparentan todo lo contrario.


La parte más importante de aquella energía natural malvive de espaldas a los grandes asuntos que agitan la vida pública y permanece, en consecuencia, infrautilizada, sepultada debajo de gruesas capas de mediocridad y oscurantismo. En este aspecto, la inteligencia natural del ser humano se parece mucho a la energía eléctrica: la que no se consume al mismo tiempo que se genera no se puede almacenar y por tanto se desperdicia.

Es por esta razón que en Salta los experimentos con AI solo pueden, por el momento, alimentar la espiral de la desigualdad y, si acaso, contribuir a degradar aún más a la democracia y socavar las bases de nuestra convivencia. En palabras del economista italiano Michele BOLDRIN, «la desigualdad deriva de la innovación».

Solo en la medida en que la AI alcance a una mayoría de nosotros y que nuestros ciudadanos menos ilustrados sean capaces de controlar la elaboración de los algoritmos y el modo en que las máquinas aprenden a razonar, podremos tener la esperanza de encontrarnos a las puertas de una auténtica revolución social.

Si los experimentos se limitan, como hasta ahora, al diseño de memes más o menos ingeniosos, a la deformación interesada de la verdad con fines electoralistas o a la redacción de partes de prensa intrascendentes, los salteños no solo retrasaremos varias décadas la revolución que prometen las nuevas herramientas automatizadas, sino que demostraremos otra vez al mundo que así como durante siglos no fuimos capaces de utilizar con provecho la inteligencia natural de los hijos de la tierra, tampoco podremos en el futuro más cercano sacar el mejor partido de la inteligencia artificial y nos convertiremos, en el mejor de los casos, en sus obedientes esclavos y más atentos servidores.



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