La extensión de la vida política no está determinada por las leyes. Tampoco lo está por la voluntad de los ciudadanos expresada a través del sufragio. Pensar que con una avalancha de votos se va a enterrar a alguien, forzarlo al exilio u obligarle a llevar una vida monacal, es un error de principiante.
En primer lugar, no se puede incursionar en la política maldiciendo a la propia política y a sus mecanismos. Deformada o no, la política es útil, como lo son los políticos, aun los más ambiciosos, los más longevos y los menos eficientes.
La solución para estas distorsiones no pasa por jubilar a esta clase de políticos, como ha propuesto hoy mismo un candidato a diputado nacional por Salta, sino por intentar poner en el lugar que injustamente aquellos ocupan a personas con mejores cualidades. Pensar en la jubilación como la única salida posible a esta encerrona es solo para dos clases de personas: los optimistas en el grado superlativo de ingenuidad y los pesimistas antropológicos irreductibles.
El anuncio de jubilar a políticos de larguísimo recorrido solo puede partir de quien anhela hacer lo mismo que sus candidatos al retiro. Un político bien intencionado, capaz de anteponer la vocación de servicio al prójimo a sus deseos de figuración y a su apetito de cargos, solo puede mostrarse dispuesto a convivir con los indeseables, porque la política en el fondo es eso.
Si todo el que participa en política encontrara solo adversarios de su agrado, es muy probable que las sociedades no progresaran en absoluto. Un político con ciertas aspiraciones de arrastre tiene que demostrar que puede compartir el espacio público con aquellos con quienes no se sentaría ni a tomar un café, y no anunciar a las primeras de cambio que su misión consiste en expulsarlos.
El caso de Juan Carlos Romero
No es un secreto para nadie en Salta que la vida política del senador nacional vitalicio por Salta es excesivamente larga. Pero el problema no es la longitud sino la capacidad de hacer daño, que en el caso de don Juan Carlos Romero se mantiene intacta, a pesar de las vicisitudes (los highs and lows de su dilatada carrera).A una persona que ha demostrado que las derrotas electorales más estrepitosas no le hacen ni cosquillas no se lo puede combatir en las urnas y, menos aún, pretender jubilarlo propinándole una inolvidable paliza cívica.
Probablemente lo mejor que le puede pasar a la democracia salteña es que no se haya inventado todavía la fórmula secreta para quitar a Romero de la escena política. No es bueno que esté, pero ¿quién tiene ahora la autoridad suficiente para decretar que su hora de marcharse ha llegado?
Si alguien la tuviera, seguramente no será quien propone su jubilación inmediata, pues para pedir una cosa como esa debería despojarse primero del cartel de «recién llegado» que pende de su cuello.
Todos los que se anuncian a sí mismos como «la nueva política», los que se presentan como el mesías redentor de la opería, la venalidad y la ineficiencia, son sospechosos de ser portadores de una infinita vanidad, y, muy probablemente, son parte del mismo problema que denuncian con grandes aspavientos.