Al parecer, el candidato ha preferido el consejo de los aprendices de brujo que diseñan las campañas proselitistas a cambio de toneladas de dinero y ha despreciado a sus instintos, que, bien interpretados, podrían haberle sacado de más de un embrollo.
Como pocos en su generación, Urtubey es un político «trazable», lo que quiere decir que su sinuosa trayectoria se puede reconstruir fácilmente poniendo una al lado de la otra sus numerosas apariciones públicas, en las que se ha mostrado desde antiabortista acérrimo a abortista calculado, y de católico de misa diaria a divorciado con dudas existenciales. En poco tiempo también, Urtubey ha pasado de ocupar la ancha «avenida del medio» a circular por solo uno de los carriles de la circunvalación Noroeste.
Y no es que sus contrincantes sean más coherentes, que no lo son. Lo que ocurre es que son menos «trazables», y este es un handicap que el candidato a senador nacional por Fuerza Patria ha intentado superar poniendo en práctica una de las más viejas recetas del manual del buen perdedor, que consiste en inventarse un atentado contra su vida mientras estaba de campaña.
Los fiscales han sido contundentes: tras una investigación profunda y minuciosa, no han encontrado ni vestigios de un atentado ni de un ataque con arma de fuego. En el interior del vehículo chanchero en el que se desplazaba el candidato por los polvorientos caminos del Departamento de Anta solo se halló «partículas ambientales», lo que, traducido al cristiano, significa «un poco de tierrita».
Luego del archivo fiscal —una verdadera bofetada en la cara de los arquitectos de la campaña—, ha quedado claro que Urtubey solo tiene un orificio de entrada y ninguno de salida.
Dicho en términos maradonianos, todavía LTA.
