Cabe preguntarse, en consecuencia, si esta cantidad de dinero ha sido producida solo por la fe (por el paisaje o por la gastronomía), o si, por el contrario, ha influido en la movilización de turistas y en los jugosos resultados económicos el extraordinario espectáculo de decenas de miles de peregrinos bajando a pie de las montañas.
Pero si los pobres son los que atraen a una considerable cantidad de turistas y promueven un alto impacto económico, ¿por qué el dinero que ingresa Salta durante el Milagro no se distribuye entre ellos?
Una de las razones posibles es que a los curas les interesa que los peregrinos sigan siendo pobres por toda la eternidad. Si dejaran de serlo, seguramente peregrinarían menos y sus «rostros» dejarían de reflejar el sufrimiento de la pobreza. No tendríamos nada para mostrar a los porteños curiosos.
Otra de las razones es que al gobierno le interesa mantener un alto nivel de pobreza —especialmente en zonas alejadas— porque los departamentos más deprimidos, tanto en materia económica como demográfica, son los que aportan más escaños a la Legislatura provincial y aseguran así el fácil control de amplias mayorías. El voto del pobre en Salta sigue siendo un voto cautivo, a pesar de la creciente difusión de las tecnologías y el conocimiento.
Enorgullecerse por los buenos resultados económicos y al mismo tiempo mantener un elevado nivel de pobreza y de marginalidad no es solamente una paradoja curiosa. Es hipócrita y calculador porque esconde el deseo de perpetuar las desigualdades y de asegurar que el dinero no se distribuya de una forma equitativa entre quienes lo arriesgan y quienes contribuyen con su trabajo subordinado a producir las ganancias, que constituyen la enorme mayoría.