El exgobernador de Salta no quiere que Milei cambie el rumbo de su gobierno. Lo que se ha propuesto es derrocarlo, por lo civil o por lo criminal, y poco le importa la moralidad o la inmoralidad de los artefactos argumentales que utiliza para lograr este antidemocrático propósito.
Según Urtubey, Milei «no conoce el país» (vive en Manchuria) y, por no conocerlo, no sabe de la astucia ladina de los gauchos de esta parte del país. Los salteños tenemos tanta fuerza que somos capaces de mantener a flote una empresa como Celulosa Argentina y asegurar que casi 1.500 trabajadores no terminen en la calle.
Con estos argumentos, más las hinchadas de Juventud Antoniana y Central Norte (unidas por primera vez) vamos a por la cabeza del Presidente, a cortársela directamente, porque ¿para qué sirve una cabeza que se olvida de los que más necesitan? ¿Por qué tendríamos que mantener en el sillón de Rivadavia a quien comete el imperdonable pecado de describir una realidad que no existe?
Urtubey, que ha convocado a los salteños a jugar un juego medieval de acoso y derribo, no para de escupir hacia arriba. A sus contradicciones de obra y pensamiento (que son muchas y muy graves) el exmandatario salteño une ahora unos reproches que bien podría hacerse a sí mismo. ¿Se acordó el de «los que más necesitan» durante sus doce años de gobierno en Salta? ¿O se acordó más de sus negocios, de sus chanchos y de su patrimonio familiar?
Probablemente, cuando Urtubey se refiere a «los que más necesitan» no alude a los desposeídos de la Argentina, sino a sus chanchos, que también necesitan comer y criarse gorditos y mantecosos como toda criaturita de Dios.