En esta misma línea, Juan Manuel Urtubey y Emiliano Estrada, han querido comprobar in situ que la presa más importante de la república disfruta de condiciones dignas y equitativas de detención, y por eso —autorización del juez mediante— la han visitado, para conocer por dentro la intimidad del lugar de cumplimiento de su condena. No vaya a ser cosa que el día de mañana...
Urtubey, por su parte, aún debe explicaciones convincentes acerca de una cantidad de dinero aproximadamente equivalente a la que la presa más importante de la república debe restituir al erario, a título de decomiso; es decir, como pena accesoria a la principal que consiste en la privación definitiva del producto del delito que ha cometido.
Pero como han ido a la cárcel doméstica a sacarse la foto, ninguno de los dos ha pensado en estas cosas tan desagradables.
Tanto Urtubey como Estrada han quedado impresionados por la biblioteca de la presa más importante de la república. Pero no por los títulos, muchos de los cuales no han alcanzado a ver, porque los libros están ocultos por una apreciable cantidad de muñequitos, estatuitas y cuadritos de sí misma, que la anfitriona conserva como trofeos. Entre los objetos más significativos merece ser mencionado un balconcito de alabastro que se encuentra justo entre la dueña de casa y Urtubey.
Destaca entre toda esta variada iconografía una foto de la presa más importante de la república con una rechoncha Mercedes Sosa, que se observa a pocos centímetros del hombro derecho de Estrada, junto a una réplica de la Torre Eiffel, que en septiembre de 2011 le regaló Sarkozy, cuando la señora fue a llevarle un informe falso sobre el crimen de las turistas francesas en Salta, que había encargado precisamente uno de sus ilustres visitantes.
Pero volviendo a los libros, si pudieran verse bien en la foto, sus títulos podrían ser analizados por algún intelectual experto en literatura o por un connoisseur en materia de bibliotecas, dejando para los decoradores la opinión sobre el extraño tapizado del sillón penitenciario que adorna el salón principal de la presa más importante de la república.
Pero los muñequitos, estatuitas y cuadritos son para que los analice una psiquiatra, pero no una casquivana al estilo de la que atendió a Maradona en sus últimos días, sino una profesional de guardapolvo blanco, en un sanatorio de Vienna.
Urtubey llegó a pensar que si apretaba alguno de esos muñequitos que tiene a la altura de su cabeza (un poco más arriba de la pancarta que dice «Cristina inocente») iba a salir una voz chillona que dijera «Holy Cow!», como el muñeco de hule de Phil Rizzuto, célebre beisbolista.
