Cualesquiera sean las fortalezas de la democracia, hablamos siempre de fortalezas relativas, nunca absolutas.
El éxito político de la democracia depende del contexto; básicamente, de la actitud y calidad de las personas gobernadas, del carácter de los que gobiernan y de la eficacia de las instituciones subyacentes a la hora de tutelar las libertades.
Vivimos en una época en la que los medios de comunicación se han segregado según líneas ideológicas bien diferenciadas. Hoy parece misión imposible informarse en un medio que no siga los sesgos de confirmación de los propios consumidores de noticias. Hay verdades para todos los gustos.
Esta segregación de los medios informativos conduce, sin dudas, al dogmatismo y al tribalismo, mucho más que al conocimiento y a la sabiduría política que necesita la democracia para pervivir y cumplir sus promesas. La información que hoy consumimos nos convierte en hooligans más que en ciudadanos.
A partir de esta constatación se puede afirmar que una defensa reflexiva de la democracia y el apoyo popular a una mayor democracia (o a la democratización total de las sociedades, como pretenden algunos) pueden llevar a la mayoría a defender instituciones que produzcan menos libertad económica e individual.
Creo, para concluir, que las propuestas de una menor democracia (y, sobre todo, de un gobierno más limitado) pueden llegar a reducir la sobreideologización de la convivencia y mejorar los resultados de las políticas, lo que, sin dudas, contribuirá a mejorar la democracia.