Debe de haber sido una reunión muy particular, pues no muchas veces se puede juntar alrededor de una misma mesa al «ordinario del lugar» (Canon 134) y a la «extraordinaria del lugar» (Nikon D5100).
Revisando el Código de Derecho Canónico no he podido encontrar (en una de esas no he buscado bien) una norma que diga que los obispos diocesanos tienen competencias urbanísticas y paisajísticas, de modo que si la Intendenta ha pasado por aquellas sagradas estancias debe de haber sido en atención al carácter de vecino de la Plaza, que con todo derecho ostenta nuestro Arzobispo, ya que duerme todas las noches a pocos pasos de la impávida estatua escuestre del general Arenales.
Que la Intendenta Municipal acuda a las oficinas del Arzobispo para consultarle sobre las obras de la Plaza es como si el cirujano jefe del servicio de cirugía general del Hospital San Bernardo, antes de practicar una colecistectomía lleve las ecografías a la curia para ver si ellos ven también las mismas piedras en la vesícula.
«¡Mire qué bonita que está quedando!», debe de haberle dicho la Intendenta; aunque quizá por sus adentros se estaba lamentando de que el aluvión zoológico de los peregrinos, que se espera para los próximos días, casi con seguridad le vaya a estropear la estética de las nuevas obras.
Los salteños somos gente piadosa, de modo que es muy poco probable que la señora Romero haya cometido el mismo error de la portavoz presidencial Gabriela Cerruti, que al citar el episodio histórico de los trabajadores peronistas llenando la Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945, dijo: «En aquella fuente se remojaban las patas».
Algunos dicen que Romero fue a pedirle al Arzobispo la protección del Señor del Milagro, para que a través de la poderosa intercesión de su madre, la Virgen, obre el prodigio de hacer que las obras se terminen antes de que lleguen los peregrinos e inunden la Plaza. Y también para que, en voz baja, el prelado ore a los pies de la Sagrada Imagen para decirle: «Señor, perdona a este hijo ingrato que no ha sabido lo que ha hecho al haber despreciado unos planos más sensatos y unos plazos más razonables».
Me pregunto -y se preguntan muchos- que ocurriría si al Arzobispo, sea en su calidad de vecino de la Plaza, sea como supremo árbitro del diseño urbano de la ciudad de todos (de cristianos y no cristianos), decide que no le gusta lo que Romero ha elegido para el tontódromo. Aunque la Intendenta le asegure que el proyecto permitirá a la Virgen de las Lágrimas salir del templo sin barreras arquitectónicas, si Cargnello le dice que no, lo más probable es que Romero tenga que renunciar.
Pero desde los lapachos en flor hasta la lluvia de pétalos de rosa, todo está previsto para que la Plaza -el ágora que simboliza la separación de la Iglesia y el Estado- se llene de «detalles» del agrado de nuestro pastor de almas descarriadas. Desde ayer, la reforma de la Plaza 9 de Julio de Salta se ha convertido en una obra sacra; tardía, inoportuna, inútil, pero sacra.
Se comenta que entre las novedades que incluye el upgrade romerista de la Plaza (con el beneplácito siempre desinteresado del Banco Macro) se cuenta un camino de piedritas muy filosas que culmina en una plataforma en la que los avaros del lugar y los millonarios con mala conciencia pueden hacer sangrar sus rodillas peregrinando contritos y colocar sus bolsas llenas de caudales para pedirle misericordia al Señor del Milagro en caso de sismo mayor. La «extraordinaria del lugar» ya se ha asegurado de tener allí un buen espacio para desplegar sus emolientes y sus activos.
No se puede ahorrar a la hora de obtener el perdón divino.
