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  • Quienes imaginaron el acto del último jueves en el gran Teatro Argentino de La Plata como una jubilosa coronación del “operativo Clamor”, destinado a que Cristina de Kirchner revisara su decisión de no ser candidata a nada, tuvieron que sacarse esa ilusión de su cabeza: “No se hagan los rulos”, les pidió, exultante ante el respaldo de su público (que ella había suscitado), pero implacable en su resolución de no figurar en la próxima competencia electoral. “Yo ya di lo que tenía que dar”, argumentó.
Sergio Massa, Ministro de Economía
Sergio Massa, Ministro de Economía

Por cierto, no renunció al papel político que desempeña: aunque el cristinismo ha perdido el poder hegemónico que supo detentar, ella sigue siendo la titular del capital electoral más cuantioso en la, digamos, confederación panperonista. En La Plata dejó algunas definiciones y algunos gestos significativos.



Atribuyó al Fondo Monetario Internacional (a su “programa enlatado”) la condición de principal causante de la inflación, pero estuvo lejos de las soflamas que solía disparar su sector: “No digo que no haya que pagar, más allá de las sobretasas. Lo que queremos es que se revisen las condicionalidades y creo que en el futuro vamos a tener que pedir que las sumas que se paguen estén atadas como un porcentaje al superávit comercial, porque los únicos dólares que producimos son los del superávit comercial"... “La gran discusión no va a ser si el capitalismo sí o no, sino quién conduce los procesos de producción para no dañar tanto el medio ambiente, y para que haya mayor igualdad”. Más elocuente que esas y otras líneas de texto, demandantes pero negociadoras, es el hecho de que ella sostiene, no tan implícitamente, la acción que desarrolla el ministro de Economía, que corre paralela (con algunos desvíos inteligentes y pactados, signados por su carácter ineludible) al programa acordado con la entidad financiera.

Otro ángulo de la conferencia de La Plata fue la elección de Javier Milei como blanco principal de las críticas. Se trató de una táctica transparente (inmediatamente decodificada por la totalidad de los actores políticos). La señora de Kirchner intenta levantar la cotización del propagandista libertario con el objetivo de devaluar a Juntos por el Cambio, que es, en rigor, el competidor principal del oficialismo. Todavía no se conoce el nombre del candidato a gobernador bonaerense de los libertarios, pero los analistas especulan con que el nombre de Milei al frente de la boleta sábana de su partido arrastrará votos para su candidato en la provincia. Como parece que su figura convoca sobre todo a parte del electorado de Juntos, el kichnerismo espera que los votos de la lista bonaerense de Milei ayuden al candidato oficialista (seguramente Axel Kicillof) a llegar primero en una competencia en la que no hay segunda vuelta y donde el ganador, así sea por un voto, se lleva el premio mayor. La señora de Kirchner tiene como prioridad que los suyos conserven el gobierno en la provincia de Buenos Aires. El riesgo que corre al apalancar a Milei es que puede ayudar a que –aunque hoy luzca improbable-, en la competencia nacional los libertarios empujen al Frente de Todos fuera de la segunda vuelta.

La señora no abandona el protagonismo político, pues, pero ha ratificado su abdicación como candidata. Sus seguidores deben buscar en sus mochilas el famoso “bastón de mariscal” del que habló Juan Perón.


La naturaleza aborrece el vacío

Entretanto, desde que, el 21 de abril, renunció a su impracticable candidatura, Alberto Fernández perfeccionó su creciente transformación en holograma, condenado hasta diciembre a soportar su levedad y a escenificar actos en los que su presencia se ha tornado redundante.

Con dos de los actores principales del elenco oficialista –Cristina Kirchner y el propio Fernandez- al margen de la candidatura presidencial, el tercero, Sergio Massa, pasa a convertirse en el centro del poder y de las especulaciones. La naturaleza aborrece el vacío.

El ministro de Economía es el hombre que hoy más decide en el gobierno y tanto la mayoría del peronismo (sindicatos, buena parte de los jefes territoriales) como, inclusive, la señora de Kirchner y hasta los cuadros camporistas que desconfían de sus amistades internacionales y de sus desprejuiciadas decisiones, parecen convencidos de que él sería el único candidato presidencial en condiciones de recuperar para el oficialismo algo de su añorada competitividad electoral.

En medio de la vorágine económica –con las reservas internacionales por el suelo, los precios de mercancías y servicios, así como el del dólar, subiendo por el ascensor-, Massa vacila con buenos motivos. Por ahora está corriendo una muy demandante competencia de plazos cortos. Sin duda le gustaría ser candidato a Presidente, pero simultáneamente está atado a su misión en el Palacio de Hacienda, que ha conseguido, pese a todo y con medidas descalificadas por la oposición como meros “parches”, evitar la crisis mayor que muchos analistas vaticinaban. “Apareció un parche importante que tiene el sector con el dólar soja –acreditó, por ejemplo, Enrique Flaiban, CEO de Los Grobo, uno de los mayores grupos bioeconómicos del país-; para nosotros es un paliativo sumamente importante porque, en el contexto de una sequía considerada la peor de los últimos 20 años, este parche a nosotros nos permite recomponer el margen, ya que una cosa es vender a $300 y otra es vender a $220 [el dólar oficial]. Los productores pueden verse tentados con la soja a $300″. En todos los sectores productivos, así como en el sector financiero y en influyentes despachos oficiales de Washington y en las entidades internacionales de crédito, la presencia de Massa en Economía es altamente valorada. Y esas funciones (al menos por ahora) parecen poco compatibles con las exigencias de una candidatura presidencial.

Durante la semana en curso, Massa tuvo que tomar decisiones fuertes para ponerle freno (con cierto éxito) a la corrida del dólar. “Notificamos al FMI de las restricciones que pesaban sobre la Argentina y que vamos a cambiar en la rediscusión del programa”, declaró el ministro y dejó de lado el compromiso con el Fondo de no utilizar la venta de bonos para neutralizar la suba de los dólares financieros.


“Desalentador e inquietante”

Massa se siente con respaldo. Hace semanas que él mismo y sus hombres de confianza Gabriel Rubinstein y Leonardo Madcur vienen conversando con el FMI la rediscusión de los términos del programa acordado en su momento por Martín Guzmán y el Fondo admitió oficialmente que “los intercambios entre las autoridades (argentinas) y el equipo del Fondo Monetario Internacional avanzan de manera constructiva”.

Economía busca que la entidad adelante los desembolsos previstos para el corriente año (en rigor, agendados para llegar en tres tramos: junio, septiembre y diciembre, en función al cumplimiento de metas referidas a la acumulación de reservas, la contención del déficit fiscal y el cese de la emisión monetaria). El pedido de máxima importa unos 10.800 millones de dólares.

Varios de los argumentos esgrimidos por Economía para flexibilizar las condiciones han sido admitidos en Washington. Por ejemplo: el impacto de la sequía y de las nuevas condiciones generadas por la guerra en Ucrania sobre las exportaciones (y, por ende, los objetivos de acumulación de reservas), así como el impacto de la caída de exportaciones sobre los recursos fiscales.

Dado que Massa aparece como el eje de un eventual aumento de la competitividad electoral oficialista, no es sorprendente que la oposición dedique esfuerzos a frustrar sus negociaciones. Por ejemplo, trabajando sobre las confrontaciones internas habituales en organismos internacionales.


El representante argentino ante el Fondo , Sergio Chodos aseguró que economistas de Juntos por el Cambio se entrevistaron con técnicos y directivos de la entidad para objetar que se produzcan aportes de divisas antes de las elecciones, en especial si el gobierno argentino se resiste a hacer ajustes y devaluar. Chodos descalificó esa gestión considerándola “triste y antipatria”. Del otro lado, la información proporcionada por Chodos fue calificada, sin mayores detalles, como “algo mafioso”.

El argumento para objetar que el Fondo autorice lo que Economía pretende fue resumido por el prestigioso columnista Carlos Pagni: “Los técnicos del Fondo no tienen tanto margen de maniobra para tratar a la Argentina como un caso especial. Porque junto con la caída de las exportaciones por la sequía, hay una caída en las retenciones, que significan mucho menos ingresos para el Tesoro. Y como el Gobierno no quiere devaluar, todo el ajuste que se lleva adelante es por el nivel de actividad, y al caer el nivel de actividad, también cae la recaudación. Por lo tanto, la cuestión cambiaria y la sequía terminan afectando las cuentas públicas y hacen que el compromiso del Gobierno, ya no de metas de reserva sino de metas de déficit, también esté incumplido frente al FMI. Entonces, el Fondo tendría que pedir un nuevo ajuste para conceder lo que Massa iría a reclamar”.

Alejandro Werner, que era titular de Departamento del Hemisferio Occidental del FMI cuando la entidad otorgó el crédito de más de 40.000 millones de dólares al gobierno de Mauricio Macri (y más tarde sufrió consecuencias de esa operación que lo alejaron del organismo) también estimó «muy difícil pensar que el FMI suelte recursos adicionales para financiar el faltante de reservas«. El miércoles 26 opinó que “es difícil que el FMI haga un desembolso a un gobierno que no tomó las medidas necesarias en tres años, no lo va a hacer ahora a punto de cambiar la administración”.

Carlos Pagni resume lo que define como “un cuadro muy desalentador, inquietante, para Massa. Balance: faltan dólares, el sector exportador no los provee y el Fondo está por verse”.


Los desafíos de Massa

Sobreponerse a ese “cuadro inquietante” es la prueba que debe superar el ministro de Economía. Acaba de refinanciar deuda por 127.000 millones de pesos y de disminuir apreciablemente la cotización con la que el dólar inició la semana; si consigue las reservas que los analistas pintan como tan improbables de obtener, si puede poner en marcha un acuerdo plausible de precios y salarios como el que describió ante la CGT el miércoles (falta sentar a la mesa a los empresarios), si contiene los corcoveos del dólar –objetivos que todos pintan como muy improbables- Massa podría quizás, en dos o tres meses sentirse en condiciones de pasar la posta a alguien en condiciones de aparecer como su continuador, mientras él acepta la candidatura presidencial, como cada vez con más intensidad desde el peronismo le reclamarán que haga.

Pero Massa, que cuenta con niveles apreciables de interlocución y confianza en puntos importantes del poder mundial y de las fuerzas de la producción local, actúa en el seno de un sistema de gobierno obturado, ineficaz y en retirada y en el contexto de un sistema político en centrifugación.

Elección y transición

El proceso electoral se despliega este año encarrilando transitoriamente esa dispersión, creando nuevas condiciones para un reordenamiento del sistema, tras una revalidación de las representaciones que permita gestar consensos sostenibles.

Aunque nombres y formas estén aún en borrador, las tendencias básicas están a la vista si se observa atentamente. El sistema ya exhibe un desplazamiento elocuente cuando el oficialismo baraja como candidatos plausibles a figuras como Massa, Daniel Scioli o Agustín Rossi –tres personalidades moderadas que han exhibido autonomía política-; cuando el llamado “círculo rojo” ( sin excluir la mirada de Washington) se muestra inquieto no por alguna amenaza de izquierda, sino por el crecimiento que se asigna a Javier Milei y sus ideas anarco-liberales; cuando el liderazgo original del Pro es firmemente contestado por los exponentes de un estilo dialoguista y propenso a los acuerdos y cuando a esas corrientes centrales está a punto de sumarse la del peronismo federal que encabezan Juan Schiaretti y Juan Manuel Urtubey, que también navegan hacia el centro y hacia el realismo.

Decíamos en este espacio un mes atrás: “el cuadro actual de fuerzas políticas y coaliciones que todavía está a la vista debería ser considerado una imagen transitoria, apenas una instantánea en medio de la deconstrucción y recomposición de un sistema que está pinchado y que seguramente seguirá así hasta su extinción”.

Con primera estación en las PASO de agosto, hay por delante un alborotado tránsito hasta las elecciones de octubre/noviembre. Allí se abre una nueva transición, hasta que un nuevo sistema político –con diversidad representativa legitimada y objetivos acordados- termine de configurarse.



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