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  • Aunque recibió abundantes señales de que se aproximaba a una curva peligrosa, Javier Milei quiso mantener su arriesgado compromiso de acelerar a toda costa y se estrelló contra la mayoría de los senadores: los pliegos de Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, los dos jueces supremos que él designó por decreto, fueron rechazados el último jueves por la Cámara Alta. Es la primera vez, desde la recuperación de la democracia, que una propuesta de esta naturaleza del Poder Ejecutivo es contrariada de esta manera por el Senado.
Hemiciclo del Senado de la Nación
Hemiciclo del Senado de la Nación

Lijo, el magistrado federal que no juró en la Corte porque se negó a renunciar previamente al influyente juzgado que maneja en los Tribunales de Comodoro Py, recibió 43 votos en contra. El catedrático García Mansilla, quien ya había ingresado provisionalmente a la Corte, fue desestimado por 51 senadores. Se presume que, tras este revés, García Mansilla renunciará al asiento que ocupó por unos días. Él informó que, antes de tomar una determinación, consultará a los otros tres cortesanos. Uno de ellos, Ricardo Lorenzetti, se adelantó a declarar que “el tema atañe a una decisión personal” de García Mansilla. Puntualizó, además: “Yo nunca aceptaría ser designado por decreto”.


La Casa Rosada no solo desatendió los avisos sobre la catástrofe inminente, sino que desoyó los consejos de amigos probados, como el jefe del bloque radical de senadores, el correntino Eduardo Vischi, quien propuso que el gobierno retirara los pliegos antes de que llegaran a la votación. El entorno de Milei solo intentó que los senadores libertarios forzaran una postergación de la sesión del jueves que trataría los pliegos, una maniobra disparatada que habría culminado en escándalo. La vicepresidenta Victoria Villarruel –quien ese jueves estaba a cargo del Poder Ejecutivo debido a un viaje del Presidente al estado de Florida– contribuyó a que reinara la sensatez y la aceptación resignada de una derrota que podría considerarse autoinfligida. Por ese comportamiento realista, la vice fue ácidamente criticada por el mileísmo ultra en las redes sociales. Música de fondo.

Primero, cazar el oso

El mismo jueves del desaire en la Cámara Alta, Milei llegaba a Estados Unidos acompañado por el canciller, el ministro de Economía y la secretaria general de la Presidencia. Provistos por fuentes oficiales, los medios habían anunciado dos días antes que el Presidente argentino se entrevistaría con Donald Trump, una reunión que –en el marco de la negociación con el FMI– se avizoraba como muy importante para calmar la ansiedad de los mercados, que venían obligando a un Banco Central con reservas negativas a desprenderse de dólares en cada jornada. La noticia del pendiente encuentro con Trump deparó 24 horas de relativa calma, pero enseguida la sangría de dólares del Central continuó, en parte porque los anuncios de un incremento generalizado de aranceles del presidente estadounidense provocaron un temblor en los mercados de todo el mundo (y también en Argentina, claro).

Pero también se hizo sentir localmente el hecho de que Milei tuvo que regresar a Buenos Aires sin siquiera saludar personalmente a Trump, pese a que ambos se encontraban en Mar-a-Lago, la suntuosa residencia del presidente norteamericano. Si el viaje termina inscripto en la columna de fiascos, no se debe primordialmente a ese singular desencuentro, sino a la sobreventa anticipada de la reunión. Es esto lo que torna significativa la ausencia del acontecimiento. Milei podría haber viajado sin alharaca a Florida a recibir el irrisorio galardón que le entregaron y, si se producía el encuentro con Trump, recién entonces hacer sonar las trompetas. La tendencia a la hipérbole en la descripción de méritos y la de vender la piel del oso antes de cazarlo son dos inclinaciones que no favorecen la mejor comunicación del Presidente.

Cuando las cosas andan bien, los defectos de comunicación se disimulan mejor; en cambio, se agigantan cuando aparecen problemas. Cuando estalló el escándalo de la criptomoneda Libra, se produjeron fallas comunicativas: Milei desarrolló la idea de una separación entre el Milei particular y el Milei presidente; informó que el primero tendría como defensor al ministro de Justicia, etc. Como consecuencia de estos deslices, el superasesor Santiago Caputo intervino abiertamente en una entrevista televisada y –carambola– corrigió en cámara al Presidente y reveló los manejos que unen a ciertos periodistas con el poder.

Actualmente, lo que está haciendo ruido en la realidad es que el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional se demora y las reservas del Banco Central se van drenando dramáticamente. La prestigiosa consultora Marina Dal Poggetto (a quien el Presidente insiste en incluir en su nómina de “econochantas”) describió esta semana la situación: “Se está entrando en una zona donde faltan dólares (…) y se ha generado incertidumbre sobre la sostenibilidad de este esquema cambiario (…); los importadores quieren pagar, los exportadores frenan la liquidación y estás en una situación donde la expectativa es que haya rápido alguna noticia en torno al FMI y, en el medio, un mercado que no sabe bien para dónde dirigirse”.

El club de la pelea

Sucede que el gobierno, que en su primera etapa achicó marcadamente el índice de inflación y recortó “bestialmente” el gasto público, contó para hacerlo con la ayuda discreta o silenciosa de algunas fuerzas opositoras, así como con el silencio o la discreción colaborativa de otros sectores, incluyendo importantes medios de comunicación. Como si esa cooperación no hubiese existido, el oficialismo actúa como si monopolizara los logros y con la intención de monopolizar los eventuales réditos. Así, se enajena apoyos y cosecha enemistades. Muchos empiezan a examinar más cuidadosamente la gestión y encuentran que los éxitos han sido exagerados por la propaganda y, en muchos casos, se han alcanzado con instrumentos poco consistentes.

Cuando esos exámenes son expuestos públicamente, el gobierno reacciona con furia. Como lo hizo Milei con Domingo Cavallo, por ejemplo. El exministro, que en modo alguno alberga malas intenciones hacia la experiencia mileísta, puede ser amigo de esa experiencia, pero es más amigo de su verdad. Y advierte, por caso: “Pensar en el uso de las reservas externas conseguidas a través de los organismos financieros internacionales para intervenir en el mercado cambiario e inducir o mantener una apreciación exagerada del peso (también llamado vulgarmente ‘atraso cambiario’) es contraproducente y puede significar el fracaso del proceso de desinflación”. Cavallo (otro “econochanta” para Milei) sostiene que hay que prepararse para un “sobresalto cambiario” y señala que sería un error considerar que esa eventualidad equivale a un ingreso a la hiperinflación. Él también ve errores en la comunicación: “La comunicación de los cambios, por el momento, ha sido confusa y hace pensar que la palabra final la tiene el FMI”.

Pero los voceros no tienen la culpa (de hecho, al vocero presidencial lo han premiado dándole la cabeza de la lista de concejales porteños). Los traspiés comunicativos suelen ser la sombra de traspiés en la gestión. Más vale revisar lo que ha funcionado mal en la práctica política y administrativa sin ahogarse en un vaso de agua ni dar una guerra por detalles. Lo importante, lo que sí hay que defender con uñas y dientes, es la orientación general. La orientación general puede ser el eje de articulación de distintas fuerzas y la creación de una base amplia. La guerra por los detalles convoca a peleas insensatas, dispersión y aislamiento. Es la madre de todas las derrotas.

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