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  • Las complicaciones del salteñismo
  • Probablemente a finales de la década del 50, o comienzos de la del 60, no sé muy bien, nuestro ilustre vecino de Palo Marcao, don Arturo Dávalos, escribió la más bella zamba jamás dedicada a Güemes. Una pieza musical a la que el insigne poeta salteño bautizó con el desafiante título de Zamba del Guerrillero.
Centro Argentino de Salta
Centro Argentino de Salta

Rompiendo los estereotipos de la época -y de casi todas las épocas- Dávalos aludió a Güemes en su zamba como el «guerrillero». Para más inri, la primera palabra de la letra de su zamba es nada menos que «caudillo».



Las dos etiquetas (poéticas, al fin y al cabo) pondrían hoy seguramente los vellos de punta a los güemesianos más puristas, que, como bien es sabido, sostienen con bastante razón que, más allá de sus tácticas de combate, Güemes era un militar en toda regla y que el mote de caudillo se debería reservar en todo caso para el entrerriano Pancho Ramírez o para el riojano Ángel Vicente Peñaloza.

Lo cierto y verdad es que Güemes jamás empuñó las armas contra sus hermanos ni se vio envuelto en luchas fratricidas de ninguna naturaleza.

Centro Argentino de Salta, junio de 1976

Pero mi relación con la hermosa zamba de Dávalos va un poco más allá de la historia.

Recuerdo que, unas pocas semanas después del golpe militar de marzo de 1976 y en medio de un clima muy denso de represión, angustia e incertidumbre, animado por una amiga cantora que vivía en Villa Mitre (una voz preciosa) y que se paseaba por los escenarios de Salta acompañada por un guitarrista boliviano al que ella misma apodaba «Verija Vieja», me anoté en un festival de canto que se iba a hacer en el Centro Argentino, en la avenida Sarmiento casi esquina Güemes.

Una gélida noche de invierno, cerca de las magnas fechas de junio, con el salón a reventar y las tanquetas del Ejército goteando silenciosamente por la desierta avenida desde los cuarteles hacia el centro, me subí al escenario y me dispuse a cantar la zamba de mi vecino Dávalos.

Cuando anuncié al respetable que iba a cantar la Zamba del Guerrillero, se hizo en la sala un silencio espantoso, que fue seguido inmediatamente de unas murmuraciones que no facilitaron que me relajara, precisamente. No eran épocas seguras para mentar a los guerrilleros en ninguna circunstancia y, menos todavía, para dedicarles una zamba. Pero I took my chances (por ejemplo, la de no regresar vivo a mi casa) y empecé a rasgar nerviosamente mi guitarra.

Vencida la initial awkwardness, el entusiasmo de la audiencia permitió que la interpretación, en un crescendo breliano, ganara fuerza y dramatismo sobre el final del estribillo; especialmente en aquella partecita que dice: «Martín Miguel de Güemes, tu estirpe resurgirá cuando el clarín marcial de la patria, gauchos de Salta llame a pelear».

Combates gauchescos

Casi medio siglo después de aquella osadía musical (terminé ganando el festival, todo hay que decirlo), todavía me emociono cuando escucho (o canto) aquel vibrante estribillo, que me evoca una llamada épica a luchar «por la patria»; es decir, al lado (y en defensa) de todos aquellos que la conformamos, desde La Quiaca hasta el Canal de Beagle.

No sé si por culpa de don Arturo Dávalos, o por por culpa de Güemes, no imagino a los «gauchos de Salta» peleando contra «gauchos de Buenos Aires». No entiendo de ninguna manera que el poncho rojo se deba enfrentar a los ponchos azules o a los ponchos de cualquier color. Quizá sí a un agresor extranjero, a un invasor o cosa por el estilo; pero jamás a un enemigo interno. Si hiciéramos algo como esto, seguramente los salteños nos convertiríamos en la antítesis de Güemes; es decir, en unos gauchos ladinos que se regocijan atacando a sus congéneres, para dividir el país más que para unirlo.

Por eso es que hoy veo con bastante desconfianza que el legítimo combate por los recursos federales preteridos se libre con argumentos gauchescos y que se nos invite a liarnos el poncho a la cabeza y a salir como toros embravecidos a embestir todo lo que no huela a salteño.

Defender a Salta, para mí, es defender la concertación y el acuerdo; es decir, practicar la política, más que reinvindicar la lucha y agitar el espíritu de los gauchos; y menos de unos gauchos devaluados cuya mayor hazaña contemporánea es haber logrado que el gobierno les pague el asado y el chupi cuando promedia el mes de junio.

Estoy bastante convencido de que «el clarín marcial de la patria» aún no ha sonado. Ni el clarín ni la nación, ni ámbito financiero. Y estoy convencido también de que los gauchos de Salta no han sido convocados a pelear contra los porteños avaros, centralistas y miopes, ni contra ningún argentino. Aunque algunos de ellos sean duros de entendederas, pienso que hay que convencerlos y no vencerlos (Unamuno dixit).

No tiene ningún sentido luchar contra ellos enarbolando el poncho como divisa. Si nuestro poncho no es símbolo de paz entre iguales, no es nada, no mereceríamos llevarlo. Creo que usarlo como bandera para dividir, para confrontar, para tirarnos los trastos a la cabeza y para marcar fronteras no es «güemesiano», si se me permite la expresión.





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