Los robots y las telecomunicaciones, los algoritmos y la inteligencia artificial, cada uno a su manera, están modelando un mundo enteramente diferente, en el que las innovaciones tecnológicas -especialmente en el campo de las tecnologías de consumo- parecen haber conseguido eliminar la necesidad de tratar directamente con seres humanos.
Somos una especie eminentemente social que ha sabido sacar un extraordinario partido de su habilidad para transmitir conocimientos y descubrimientos, y que se beneficia constantemente de esa inclinación tan humana a cooperar para lograr lo que no podemos alcanzar solos.
En su libro Sapiens, Yuval Harari nos dice que es precisamente esta capacidad lo que nos ha permitido tener tanto éxito. El filósofo israelí también explica que la cooperación humana fue a menudo facilitada por nuestra capacidad de creer en «ficciones», como las naciones, las fronteras, el dinero, las religiones y las instituciones legales. Todas estas «ficciones» se encuentran en entredicho en un mundo hipotéticamente dominado por unas máquinas que no creen en ellas.
Pero, a pesar de cierto pesimismo en el destino de nuestra civilización, pienso que las máquinas, por muy inteligentes que sean, jamás van a creer en lo que nosotros creemos. Y pienso también que una parte de la reducción de las interacciones humanas es buena y que no toda nuestra naturaleza «cooperadora» está en riesgo.
Tengo la esperanza de que seguiremos cooperando; no como antes, seguramente, pero que no dejaremos de hacerlo y no creo que dejemos que las máquinas cooperen entre sí solo para su propio provecho. Si no somos capaces de beneficiarnos de la enorme potencia de las máquinas, rápidamente pondremos límites a su desarrollo.
Sin seres humanos a la vista, a veces mejor
Pienso de este modo porque muchas interacciones sociales que he conocido y practicado a lo largo de mi vida han sido particular o extremadamente incómodas.Pondré algunos ejemplos.
La posibilidad de presentar escritos y de hacer trámites ante la Administración o los tribunales de justicia de forma telemática y a través de un frío interfaz electrónico, me ha liberado del contacto directo -a menudo tenso y desagradable- con funcionarios y magistrados que disfrutan maltratando al ciudadano y se solazan haciéndole más difícil el ejercicio de sus derechos.
Por lo que sea, siempre se me ha hecho difícil comprar en una ferretería o en una óptica, lugares en donde casi siempre he sido atendido (y maltratado) por dependientes que creen que se las saben todas y que intentan por todos los medios a su alcance que los clientes se sientan unos ignorantes, que nunca saben exactamente lo que quieren. Pues bien, Amazon me ha permitido liberarme de ellos, como también me concede la gracia de no tener que hacer colas para pagar los libros que uno compra, ni tener que darme de codazos con otros para hacer la compra del supermercado, sin siquiera tener que interactuar con el repartidor, que amablemente me deja lo que necesito en un buzón inteligente que hay en la planta baja del edificio en el que vivo.
Otras aplicaciones me han ayudado a acabar con las históricas e inacabables discusiones con taxistas aprovechados, con conductores de autobús malencarados y hasta con cajeros de banco con pocas ganas de trabajar. El mismo acto de pagar, que algunos utilizan como argumento de humillación (obligar a alguien a rebuscar billetes en el bolsillo provoca una perversa excitación en algunos) se ha vuelto facilísimo.
Muchas interacciones humanas, además de estas, son complicadas, incómodas y hasta molestas para algunas personas que desearían no tener que lidiar a menudo con semejantes suyos. Y ya no se trata de evitar las discusiones o las humillaciones, que lamentablemente son tan frecuentes en el trato cotidiano. Muchas veces -y dependiendo del día- no nos apetece ni siquiera verle la cara a otros. Y esto también es innegablemente humano, como la sociabilidad.
Felizmente, las nuevas tecnologías nos están permitiendo hacer algunas cosas importantes para nuestra vida «libres de estorbos», al eliminar en gran medida la intermediación humana, aunque en el camino de la expansión de la simplicidad y la eficiencia nuestra humanidad se deje algunas plumas, como veremos sucintamente a continuación.
Cosas buenas y malas
Por ejemplo, la mano de obra robótica está despoblando nuestras fábricas, que cada vez tienen menos trabajadores humanos. Sin embargo, a pesar de ello, las fábricas producen mejor, más rápido, más limpio, más barato. Una fábrica con menos seres humanos también es un lugar en donde hay menos personalidades con las que lidiar, menos horas extras, menos autoridad (jefes, supervisores, vigilantes), menos enfermedades, menos trabajadores explotados y casi todas las consecuencias no queridas de un sistema industrial cuya obsolescencia, sin embargo, algunos se empeñan todavía en defender.Pero el coste social de este modelo de progreso es muy alto; la mayoría de nuestras sociedades encuentra enormes dificultades para pagarlo. El desempleo masivo y la desprotección son los principales problemas que debemos resolver. Por supuesto, nada que no hubiéramos experimentado y resuelto antes, solo con la diferencia de que ahora estos fenómenos ocurren mientras la riqueza se expande sin parar. Producimos hoy lo suficiente para que no haya pobres y sin embargo cada vez los hay más. ¿Podrá la inteligencia artificial resolver por nosotros la ecuación social?
La política y las redes sociales
El gran problema, sin embargo, sigue estando en la política, porque hasta el momento no hemos sido capaces de inventar un sistema que nos sirva para reemplazar, con garantías de equidad y transparencia, al que hemos venido practicando desde finales del siglo XVIII en adelante.Este sistema, como bien intuimos, requiere para su adecuado funcionamiento una intensa interacción real entre los individuos y los grupos. Pero como estas interacciones se han reducido -por mor de la enorme difusión de las relaciones de mercado- estamos expuestos a una política cada vez con menos tolerancia, con una comprensión más deficiente de las diferencias y a una política con más envida, con más antagonismo y con más polarización.
Soy de los que creen que nuestra política ha perdido calidad y que se la ha hecho perder a la democracia, no tanto por la reducción de la interacción humana, sino por el reemplazo del contacto humano directo por el contacto -quizá excesivamente personalizado y fragmentado- a través de las redes sociales.
A estas alturas, ya casi nadie duda de que las redes sociales aumentan significativamente las divisiones de la sociedad y que, en vez de poner en contacto a los grupos diferentes, los enfrentan de una forma hasta ahora poco conocida, y prácticamente obligan a las personas a vivir en burbujas cognitivas. Todo un cóctel explosivo que amenaza las bases mismas de una política que necesita, como mínimo, apertura, diferencias y la formación de opiniones masivas.
No es del todo exacto decir que las redes sociales han limitado nuestras interacciones, pues no cabe dudas de que nos han abierto a otras audiencias. Pero al hacerlo, también nos han encerrado en «comunidades de afines» de las que muchas veces es difícil salir sin ser considerado automáticamente un desertor o un traidor.
Un estudio llevado a cabo por dos científicos sociales (Holly Shakya en la Universidad de California en San Diego y Nicholas Christakis en Yale) ha puesto de manfiesto que las redes sociales son también una fuente de infelicidad, que cuanto más tiempo pasa la gente en Facebook, en Instagram o en Tik-Tok, peor se siente con su vida. Estamos más conectados, sí, pero también más separados y probablemente abocados a una nueva esclavitud que nos hace sentir tristes y envidiosos.
En conclusión
Pienso que debemos dejar de lado el pesimismo y darnos cuenta de que estamos bien preparados para cooperar (tal vez mejor aun que antes) en un contexto de interacciones humanas reducidas; que podemos conseguirlo con la ayuda de las tecnologías y con la mediación de las máquinas, en la gran mayoría de los campos del conocimiento humano, sin arriesgarnos a perder nuestra identidad y, menos, nuestra naturaleza social.Pero así como no creo que debamos detener el progreso por miedo a que lo nuevo nos arranque de nuestra zona de confort, por temor a que las tecnologías nos hagan «menos humanos», también creo que debemos hacer esfuerzos por alumbrar, en un plazo relativamente breve, un modelo de interacciones políticas enteramente nuevo, que sea compatible con las nuevas formas de relacionarnos y de cooperar, que -gracias a las tecnologías- tenemos los seres humanos en otras facetas de la vida, pero que, al mismo tiempo que reafirme la naturaleza social del ser humano, también ponga el debido énfasis en su naturaleza política, que le impulsa a cooperar para hacer posible, precisamente, todas las demás cooperaciones.