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  • La señal horaria permanente
  • J. Armando Caro (1910-1985) era un hombre inquieto, un ser humano del Renacimiento implantado con cierta dificultad en un país que fue moderno en su juventud pero que ya mostraba señales de preocupante decadencia hacia el final de su vida.
J. Armando Caro (1910 -1985)
J. Armando Caro (1910 -1985)

Al contrario de lo que mucha gente supone o puede llegar a suponer, la auténtica pasión de mi padre no era la política -a la que había consagrado toda su vida- sino la radio, que él contribuyó a afianzar como vehículo de progreso y de entendimiento entre seres humanos.



Intentó lo mismo con la política, pero esta le dio más amarguras que alegrías, aun cuando ganó cuanta elección se le puso por delante y alcanzó, sin proponérselo en absoluto, cargos públicos muy importantes, que ejerció con honradez, probidad y dedicación.

La política ni siquiera era su segunda pasión, pues este lugar lo ocupaba la gastronomía, a la que dedicaba largas horas de experimentación con sabores e ingredientes que a todos los que los disfrutábamos nos evocaban a sus más cercanos ancestros italianos, pero que, en el fondo, tenía un sentido inequívocamente universal. Mis amigos me pedían por favor que les avisara cuándo cocinaba mi padre para apuntarse a un almuerzo o una cena inolvidables.

El sueño y el ruido

Pero, en algún momento, mi padre tenía que descansar y, desde luego, dormir.

Puedo asegurar que mi padre no era una persona corriente ni para dormir. Bastaba ver su mesilla de noche, en la que en vez de haber una lámpara, una novela o un vaso de leche tibia, había una fuente de poder con pesados transformadores, relucientes capacitores, resistencias ardientes y una especie de abanico de voltajes que fluían, todos perfectamente calculados, a través de un conector de doce patas. Mi padre las construía desde la nada: mandaba a doblar el aluminio a medida para construir el chasis y a bobinar los transformadores siguiendo criterios muy estrictos. Medía los voltajes resultantes de una forma más bien obsesiva, hasta tal extremo que se llevaba los aparatos a la cama.


Al lado de la fuente de poder, en la mesilla de noche, había un ejemplar de la revista americana QST, «devoted entirely to amateur radio» (dedicada enteramente a la radioafición, como rezaba su logotipo), un libro de Karl Loewenstein y, especialmente, un receptor YAESU, de «banda corrida», que podía recorrer de forma ininterrumpida casi todo el espectro de radiofrecuencias, en amplitud modulada, en frecuencia modulada y en su espacio favorito: la banda lateral única. Mi padre fue el primer radioaficionado argentino en construir un equipo para transmitir en SSB.

Cuando no estaba al frente de su estación de radio (LU1OA), comunicando con aficionados australianos, soviéticos, norteamericanos o neozelandeses, en los idiomas más extraños que uno pueda imaginar, mi padre se dedicaba, como los buenos amateurs, a la escucha y a los DX, que es como los radioaficionados llaman a la recepción y a la comunicación con estaciones a muy larga distancia.

De día y de noche, mi padre sintonizaba radios luxemburguesas, belgas e inglesas que transmitían en Onda Larga, pero la auténtica Onda Larga, aquella cuyas frecuencias están entre los 153 y los 179 kilohertz; es decir, mucho más abajo que las tradicionales radios de Onda Media que conocíamos en Salta, y por la que emitían entonces LRA4 (Radio Nacional) y LV9 (primero Radio Güemes y más tarde Radio Salta).

«Se necesitan antenas enormes», contaba mi padre de aquellas emisoras transocéanicas que llegaban a su receptor con una claridad increíble, a pesar de que la antena con la que estaba equipado su receptor nocturno era un simple alambre que atravesaba el cielo de su habitación, salía por el tiro de una salamandra que tenía para calentarse los días helados del invierno y se internaba en los frondosos árboles que sombreaban por las tardes la llamada «galería de afuera» de mi vieja casa de Cerrillos (que ya no es mía, por supuesto).


Cuando la noche ya había caído y era hora de recogerse y descansar, mi padre, que durante el día recorría con la paciencia y minuciosidad de un entomólogo las frecuencias para escuchas las comunicaciones más extrañas, clavaba el dial en los 10.000 kilohertz. ¿Para qué? Para sintonizar las emisiones de la WWV, desde Fort Collins, en el Estado de Colorado, en el centro-oeste de los Estados Unidos.

La WWV es una estación de radio muy conocida por sus transmisiones de la señal horaria. Un reloj atómico está detrás de ella.




De día, mi padre ponía en hora los relojes de la casa con esa señal, pero de noche, aprovechaba aquella lejana transmisión para dormirse con su ruido, con la particularidad de que en la frecuencia elegida (los 10 Mhz) había mucho «fading» (desvanecimiento) y la señal iba y venía a ritmo más o menos constante. Los tic tacs del reloj atómico eran reemplazados entonces por los ruidos de las descargas estáticas que producían los nubarrones convectivos que se elevaban como estacas en el cielo del Valle de Lerma.

La WWV, que aún existe, transmite en sus frecuencias de 2.5, 5, 10, 15 y 20 MHz. y es operada por el National Institute of Standards and Technology (NIST) de los EE.UU.

Solo se escuchan el tic-tac de los segundos y una serie de tonos continuos e intermitentes, antes de que cada minuto una voz grabada diga en inglés la hora que es. Esa solemne monotonía, mezclada con los ruidos atmosféricos, era la que el espíritu inquieto de mi padre necesitaba para dormir y descansar, como merecía.

Los moradores de la casa estábamos acostumbrados a aquel ritual y habituados al sonido repetitivo y nada atractivo de la WWV. Pero no una cuñada nuestra, recién emparentada, que era la primera vez que pasaba la noche en casa. Fue así que cuando ella intentaba descansar a las 2 de la madrugada, lo despertó a su marido y le dijo: «¡Uy! Pobre tu papá, se durmió con la radio prendida; se la voy a apagar».


En ese momento se escuchó en toda la casa un desgarrador «¡¡¡¡¡Noooooo!!!! Ni se te ocurra». El marido advirtió así a su mujer que si llegaba a apagar aquella radio iba a cometer una barbaridad imperdonable y, si acaso, a provocar un terremoto familiar de imprevisibles consecuencias.

Así fue que la WWV siguió sonando y proporcionando a mi padre por algunos años más una especie de apacible «green noise» para conciliar su esquivo y casi siempre nostálgico sueño. Son ya pocos los que recuerdan, y no sin que se les encoja el corazón, que hasta el día que se marchó de este mundo para siempre, mi padre, dormido, llamaba a su madre y le pedía que lo protegiera.

Y un día llegó que el hombre decidió dormirse para no despertar y regresar así al Renacimiento. Hoy, me lo imagino sintonizando las frecuencias más alocadas y discutiendo de electrónica y de otros temas que él todavía asegura no saber con compañeros de aventuras como Leonardo, como Shakespeare o como Galileo.



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