En lo que atañe a mi vida privada, hace tiempo aprendí una regla de oro en materia de ataques in personam: No insulta el que quiere sino el que puede. De allí, que en una enorme mayoría de casos, basta con calibrar la densidad moral de quien intenta rebajarnos con palabras y con gestos para experimentar automáticamente esa sensación liberadora que nos proporciona saber que nuestro honor es prácticamente inalcanzable y está muy por encima de cualquier cosa que esta clase de personas pueda decir o hacer.
Un buen político piensa y pensará siempre que el insulto o la burla de que es objeto «viene en el sueldo» (como alguna vez dijo Felipe González. En cambio, los aprendices -aun los que se vanaglorian de cuatro décadas de experiencia en la vida pública- reaccionan repartiendo querellas, denuncias al INADI y medidas cautelares, cual niños a los que se ha arrebatado un chupetín gigante en una dulcería.
De «víctimas republicanas» de este estilo, de elefantes de piel finísima está llena la plaza últimamente. Hace tiempo califiqué a esta casta de susceptibles como la generación de cristal de la política de Salta, para poner de relieve no su transparencia sino su fragilidad.
Son gente que dedica (con suerte) el 15 por cien de su tiempo a resolver los problemas que las leyes le obligan a resolver, y que emplean el tiempo restante en andar esquivando chuzazos y entrando al trapo en cuanta discusión de mostrador se produzca, aunque sea en los recintos legislativos, aunque sea con personajes de muy baja catadura moral.
La democracia funciona muy mal, o directamente no funciona, cuando ese activo imprescindible para la convivencia ciudadana que es el tiempo de los responsables políticos se malgasta en batallas personales, generalmente entabladas entre personas que solo conocen el honor por lo que han leído en algunos folletines.
Nadie puede vivir permanentemente injuriado. Nadie es permanentemente injuriado. Pero hay quienes desean convertir las injurias (las reales y las imaginarias) en un reclamo para acaparar la atención; algunos -además de para victimizarse- las utilizan de hormigón para solidificar los cimientos de una carrera política tardía, estructuralmente débil, con mucha ambición pero con pocas luces.
El insulto en la política es un formidable indicador de la salud de convivencia, pero también lo es la forma en que los insultados reaccionan; el tono y el estilo que emplean son fundamentales para saber qué está pasando en nuestra agitada vida pública. El orgullo herido, la virginidad mancillada, la prosapia degradada, son recursos que acostumbran a poner en escena los supremacistas vernáculos, aquellos que se creen -por nacimiento- superiores a ciertas capas de la población, como policías, abogados jóvenes, legisladores con cuentas pendientes con la justicia, magistrados con poca experiencia y seres «inferiores» en general.
Quién no ha escuchado alguna vez a estos prepotentes maltratar a un agente de Tránsito diciéndole aquello de «¡Usted no sabe quién soy yo!».
Estas «víctimas republicanas» cacarean la igualdad en unos nidos (especialmente los femeninos), pero ponen los huevos de la discriminación, el desprecio, el odio y el clasismo en otros nidos un poco menos expuestos, un poco más machistas, seguros de que los seres humanos normales y corrientes no los descubrirán jamás.