En estas marchas caminan cientos de personas dolidas e indignadas, junto a los que probablemente son los responsables de tanto dolor y de tanta indignación, que suelen disimularse entre la multitud y que en ocasiones marchan en la primera fila, sujetando las pancartas.
Pero alguna gente memoriosa descubrirá entre la multitud a personajes cuyas familias no sufrieron ni exilio ni desmembramiento hace 50 años, y otros tantos cuyas familias aplaudieron vivamente, entre 1976 y 1983, los excesos criminales de los usurpadores del poder.
Todo ello sin contar con aquellas víctimas legítimas —afortundamente muy minoritarias— que han hecho de su dolor un rentable y perdurable negocio personal, y que de no ser por estas fechas, habrían desaparecido de la historia.
Hay gente —me consta— que no ha hallado mejor forma de lavar su conciencia que saliendo a las calles a homenajear a los mismos que ellos «marcaron» hace años para que fueran suprimidos o desaparecidos, y a execrar a quienes se dedicaban a estas repugnantes tareas, cuando antes no tenían el menor empacho en jalearlos, justificarlos y alentarlos.
Por eso, en un día como el de hoy, en nombre de la misma memoria que obliga a condenar los crímenes y sus autores, no debemos olvidar tampoco a quienes estuvieron junto a los perpetradores, en un discreto segundo plano, y recordar también que muchos de los que hoy no tienen ni siquiera procesos judiciales pendientes se han disfrazado y pretenden hacernos creer que estuvieron «del otro lado de la historia».
El peor insulto a las víctimas no es negar su martirio, sino falsificarse cobardemente después de haberlo propiciado.