Durante la campaña electoral que precedió a las elecciones que se celebraron el pasado domingo en Salta, algunos fascistoides agitaron el fantasma del fraude electoral advirtiendo que en algún municipio fronterizo de cuyo nombre no vale la pena acordarse, el resultado de los comicios iba a ser «adulterado» por un aluvión de votante bolivianos disfrazados de argentinos.
Aquel aluvión zoológico finalmente no se produjo y las esperanzas de fraude (porque algunos deseaban que lo hubiera) se esfumaron rápidamente.
El gran orgasmo nacionalista se produjo pocas horas después del escrutino, pues, en medio de euforia, el milagro de la regularidad electoral iba a ser atribuido a una alambrada de 200 metros que ni siquiera fue inaugurada y que hoy nos enteramos que no ha conseguido mejor cosa que abrir una «aduana paralela» a escasos dos kilómetros del impenetrable alambre.
Los «argentinos truchos» ya no cruzan de un lado al otro por el camino real, sino que –al contrario que la tropa errante del general Lavalle– «marchan por senderos desconocidos».
Al parecer, para el nacionalismo orgásmico en su versión fronteriza es «argentino trucho» aquel que, habiendo nacido en Bolivia, tiene una partida de nacimiento expedida por el Registro Civil de Salta y porta en su bolsillo trasero un DNI con los colores de la enseña que Belgrano nos legó, cuando triste la patria esclavizada con valor sus vínculos rompió.
Lo curioso es que aquellas partidas de nacimiento dicen que el «argentino trucho» nació en la Argentina, pero hay quien se empeña en «bolivianizar» todo aquello que huela a «bolivianidad» y en romper, así, con una tradición de casi dos siglos; es decir, casi el tiempo que ha transcurrido desde que Cornelio Saavedra (nacido en Bolivia) fundara el porteñísimo Regimento de Patricios, o desde que Juana Azurduy –nacida en Potosí y fallecida en Sucre– combatiera espalda con espalda (o mano-a-baldo) con el General Güemes.
Si ser «trucho» es no haber nacido en el país que te ha dado una partida de nacimiento y un DNI, hoy Europa está llena de cientos de miles de españoles, italianos, portugueses y alemanes «recontratruchos». De gente que llegó a los aeropuertos europeos munida de un pasaporte comunitario, a pesar de haber nacido –ellos, y en muchos casos, también sus padres– en esa bendita tierra que se llama Argentina. Pero ¡guay de que alguien diga de ellos que es un italiano trucho!
Por una lógica muy simple, al «argentino trucho» se le ha de oponer el «argentino genuino», un ser pluscuamperfecto que debería poder distinguirse de los demás por un casillero en su DNI que asegurara, con valor de prueba irrefutable, que disfruta de la apacible continuidad institucional del país desde tiempos inmemoriales y que porta ocho apellidos argentinos. El voto de esta gente debería valer doble.
«Argentinos truchos» son en realidad los que desprecian a sus congéneres y connacionales nacidos fuera; aquellos que discriminan al semejante por su aspecto o por su acento cualquiera se el color de su DNI y que practican la aporofobia transfronteriza de una forma insultante e inhumana.
Son estos –los intolerantes y los supremacistas– los que no tienen un gramo de ADN argentino, pero que viven entre nosotros porque «los otros argentinos», los que no somos xenófobos ni despreciativos, toleramos que vivan junto a nosotros.
