La reunión previa entre ambos presidentes, en la Casa Blanca, había sido un festival de gritos, recriminaciones y pases de factura que el ruso Vladímir Putin interpretó como una luz verde para intensificar sus letales ataques contra Ucrania. Esta vez, los voceros de la Casa Blanca definieron el encuentro Trump-Zelenski como “muy productivo”, mientras el ucraniano lo calificó de “muy simbólico” y “potencialmente histórico”. Putin, aunque no viajó a Roma, recibirá el poderoso mensaje fechado en el Vaticano.
El viaje y el encuentro
Doce años antes, Jorge Bergoglio había viajado ligero de equipaje al Vaticano para asistir al cónclave que definiría al sucesor de Benedicto XVI y, sorprendentemente para muchos (incluido él mismo hasta cierto momento), fue consagrado Papa. Nunca más regresó a su patria.Muchos se preguntan cuáles fueron los obstáculos que se interpusieron entre su reiterada voluntad de visitar Argentina y la realización efectiva de ese encuentro. Hubo motivos concretos –desde la larga pandemia hasta sus propias dolencias o la coincidencia con elecciones en los países de su periplo regional programado por la Santa Sede–, pero un argumento recurrente es que Francisco no quería llegar a una Argentina dividida y agriamente enfrentada por la grieta, un país donde sus actos y gestos como líder espiritual universal eran interpretados con mezquinos códigos de facción.
Resulta irónico que sea su muerte la que ahora parezca suscitar la convergencia y el encuentro que él auspició infructuosamente en vida: desde el oficialismo libertario (salvo alguna excepción recalcitrante) hasta el kirchnerismo, pasando por el PRO, los radicales, el peronismo histórico en sus expresiones provincianas y metropolitanas, y otras corrientes del campo liberal, todos cantan loas al Papa del fin del mundo. Muchos coincidieron en los homenajes póstumos. ¿Son apenas reverencias protocolares? Las rencillas dirigenciales persisten, mal disimuladas por el maquillaje. La grieta, por lo demás, se ha pluralizado: ya no solo hay un foso entre dos grandes bandos, sino que los propios bandos cavan trincheras internas para separarse y combatir a aliados recientes. La desagregación cunde.
Las inquietudes de Francisco sobre el presente argentino, que quizás postergaron indefinidamente su regreso, se confirman. Sin embargo, aunque no minimizaba a las dirigencias, miraba más allá de ellas, procurando entender al pueblo llano, a los hombres y mujeres, jóvenes y viejos, que constituyen el tejido vivo de la sociedad. Por eso nunca perdió la esperanza ni permitió que su voluntad se abatiera. En Roma y en el mundo, más allá de los gestos sinceros o interesados de los poderosos, encontró el aliento de quienes no están en la primera fila, sino en el montón.
De la periferia al centro
Hoy muchos afirman que Francisco fue el argentino más importante de la historia. Sería bueno ir más allá de la frase marketinera, de la evaluación superficial referida a su fama secular o de ubicarlo en la tabla de posiciones de los mayores “influencers” del mundo. El Papa argentino expresó, en el vértice de la Iglesia universal, una elaborada voz continental, latinoamericana. Un año y medio atrás, en estas páginas, un artículo sobre la Teología del Pueblo –el refinado pensamiento teológico forjado en el Río de la Plata desde los años 60, del que Bergoglio era una encarnación– subrayaba que el Papa aportaba un insumo significativo a la influencia espiritual del catolicismo en el planeta.Evocando a uno de los principales contribuyentes a esa corriente teológica, el uruguayo Alberto Methol Ferré, comentábamos que “la Iglesia latinoamericana fue, hasta el Concilio Vaticano II (más específicamente, hasta la primera Conferencia Episcopal Latinoamericana, en Medellín, 1968), una iglesia espejo, pero desde entonces, y particularmente desde Puebla 1979 (Segunda Conferencia Episcopal Latinoamericana), comenzó a convertirse en iglesia fuente no solo para Europa, sino para todo el mundo”.
La asunción del Papa argentino profundizó el alejamiento de la Iglesia de la centralidad europea occidental, un proceso iniciado tras la Segunda Guerra Mundial con los movimientos de descolonización. La entronización de Karol Wojtyła –un Papa polaco, el primero no italiano desde 1523– fue un capítulo importante de ese proceso: la Iglesia comenzó a alejarse de la centralidad europea para acercarse a una nueva realidad. Las ideas teológicas rioplatenses –la Teología del Pueblo–, que reivindican la religiosidad popular y la opción preferencial por los pobres, se ofrecieron como alternativa a una Teología del Tercer Mundo hibridada por el análisis sociológico y económico marxista y a la influencia secularizadora predominante en Europa. Francisco encarnó una lectura contemporánea y latinoamericana (desde la periferia) del Concilio Vaticano II, y así encaró su pontificado. La Iglesia asumió una misión auténticamente universal con un conductor surgido de fuera de los centros imperiales: literalmente, del fin del mundo.
Las caras del poliedro
La designación de cardenales durante el papado de Francisco reflejó su intención de fortalecer la presencia “periférica”. Bergoglio fue el Papa que más cardenales no europeos eligió: de los designados por Juan Pablo II, el 55 % eran europeos; Benedicto XVI eligió un 57 % de europeos; Francisco, solo el 40 %. En cambio, un 23 % de los promovidos por Francisco son latinoamericanos, un 17 % asiáticos, un 13 % africanos, un 6 % norteamericanos y un 2 % de Oceanía.¿Cómo continuará ahora ese proceso? Esa es la pregunta por la sucesión de Francisco. La prensa ha informado que, de los 120 cardenales electores (en rigor, hay 133 cardenales con menos de 80 años, pero según normas establecidas desde el papado de Pablo VI, el cónclave no puede exceder los 120, por lo que los últimos 13 designados quedarían fuera), Francisco eligió al 80 %. De ese dato suele concluirse que Bergoglio “armó” el cónclave para garantizar un sucesor fiel. Error.
Aunque es plausible suponer que habrá continuidad, el desafío es determinar cuáles de los temas centrales impulsados por Francisco mantendrán su impulso y cuáles perderán peso. El Papa argentino desconfiaba de la uniformidad: prefería una coralidad en la que confluyeran voces diversas. Con ese criterio promovió cardenales. “El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros –nos informa Evangelii Gaudium–. El modelo es el poliedro… confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad… recoge lo mejor de cada uno”.
El poliedro de Francisco tenía muchas caras, muchos planos importantes. Por citar algunos: quería “una Iglesia pobre para los pobres” y una Iglesia que administrara con transparencia su economía, un objetivo en el que encontró numerosos obstáculos; impulsaba una estructura sinodal para conectar fluidamente las instancias más altas de autoridad eclesial con las más amplias y profundas, fortaleciendo las estructuras locales, potenciando la escucha y participación de las bases católicas y atendiendo las tendencias del mundo; promovía la defensa e integración de los vulnerables y “descartados”, los marginados de la sociedad, los migrantes forzosos; procuraba la atención, comprensión y promoción de las periferias, entendidas en su dimensión geográfica, social y cultural; defendía la casa común, el planeta; abogaba por el acercamiento y apertura a las diversas formas de religiosidad popular; practicaba la misericordia, una conducta no culpógena, dispuesta al perdón y la convivencia; y respetaba las identidades (nacionales, culturales, de género) enmarcadas en una cultura del encuentro y en un universalismo con raíces.
Muchos de los cardenales electores representaron para Francisco alguno de esos planos del poliedro, y él los promovió por sus valores para impulsar esos procesos. Creía que su misión principal era motorizar y encauzar procesos virtuosos en busca de la armonía.
Sin embargo, no todos los cardenales que sostienen la continuidad de alguna de las caras del poliedro apoyan la consolidación de otras. La mayoría de los electores africanos, por ejemplo, respaldan el fortalecimiento de las periferias, pero muchos se resisten con vigor a temas como la bendición de parejas homosexuales, la comunión a los divorciados o la apertura a expresiones de las diversidades sexuales. Entre los bergoglianos etiquetados como más progresistas, algunos adhieren a la idea sinodal, pero la llevan a posiciones anarcolibertarias, mucho más allá de lo que Francisco buscaba.
El cónclave seguramente tomará en cuenta perspectivas de una geopolítica de la Iglesia: los equilibrios y desequilibrios con las potencias mayores y los campos de expansión posible de la acción evangelizadora. En relación con las periferias, es difícil que una continuidad de Francisco emerja nuevamente de América Latina. Si acaso, habría que mirar a Asia, donde Bergoglio dejó una puerta entreabierta: China.
Por cierto, en esa diversidad poliédrica que construyó Francisco, hay campo para que, si el Espíritu Santo no lo impide, operen fuerzas que resistieron tenazmente al Papa del fin del mundo. Esas fuerzas sintieron los golpes que Bergoglio asestó a un sector influyente en la Corte vaticana y en su estructura financiera, y buscaron alianzas externas con sectores que veían en la preocupación de Bergoglio por las periferias étnicas y sociales la conducta de un enemigo. En un período en que corrientes políticas en ascenso en el centro de Occidente rechazan ideológicamente una continuidad fiel al poliedro de Bergoglio, no es imposible que aquellos adversarios interiores lleguen al cónclave apalancados desde afuera.
