Pero el presidente de El Salvador, Nayib Bukele ha tomado la delantera y propuesto que las cárceles públicas de aquel país sean alquiladas a los Estados Unidos para que el presidente Donald Trump, a cambio de un buen precio, envíe a las cárceles salvadoreñas a los delincuentes más indeseables del gran país del Norte.
Claro que antes de hacerle a Trump una oferta en este sentido, habría que adecentar un poco la cárcel de Villa Las Rosas (que está bastante venida a menos y que no cumple casi con ningún estándar internacional) y convertirla en una «five star prison», como las que el ladino Bukele está ofreciendo en Centroamérica. Ni al peor de los asesinos norteamericanos se le puede encerrar en la misma celda en la que Chirete Herrera ultimó a fierrazos a su novia adolescente.
Salta podría competir con El Salvador, no tanto con sus «comodidades» como con sus talleres de laborterapia y sus «granjas penales». Muchos condenados por delitos aberrantes en los Estados Unidos que se están tinqueando el coto en Marion, Illinois, o en Rikers Island, o incluso lo que están esperando su ejecución en el corredor de la muerte, podrían experimentar la vertiginosa sensación de robar choclos de las huertas penitenciarias o la no menos edificante experiencia de fabricar juguetes para el Día del Niño. «Corn is the new orange».
Con lo que Trump nos pagaría por Villa Las Rosas podríamos alojar a todos los presos de Salta en hoteles de primera categoría. Así, tendríamos «plena ocupación» todo el año y no solo en temporada alta. Los tradicionales «cambios de guardia» en Mitre 23 podrían ser complementados con «corsos penales» alrededor de la Plaza 9 de Julio.
Sería muy conveniente, pues, que el Ministro de Seguridad y la Ministra de Turismo suscribieran un convenio para hacer realidad esta esperanza y, al mismo tiempo, subieran a TikTok un vídeo de ellos dos cantando a dúo «Guantanamera» y la lacrimógena zamba de José Ríos y Coco Botelli dedicada a la Juana Figueroa.